La sexta potencia mundial tiene el desafío de proyectarse al mundo, ser líder en la región de América Latina.
Publicado el 30.10.2014
Comparte:

Dilma Rousseff fue reelecta con el 51,64% de los votos después de una campaña calificada como compleja, de alta hostilidad entre los candidatos, incierta en los resultados y que tuvo al retador Aécio Neves varias veces en la pole position de las preferencias. A no dudar, el triunfo de la mandataria brasileña estuvo muy marcado por el apoyo de sectores populares que valoran el exitoso ataque frontal que ha sacado a más de 40 millones de brasileños de la pobreza y a las políticas sociales impulsadas desde el gobierno de Lula, un actor fundamental en su irrestricto apoyo a Dilma.

Sin embargo, la estrecha victoria deja en evidencia carencias y problemas que se le atribuyen a su gestión. La economía se encuentra en tela de juicio por inversores, mercados y por una población desencantada por falta de oportunidades y estancamiento en sus aspiraciones de vivir mejor. Grandes mayorías sienten que no reciben los efectos benéficos de un país que, si bien tuvo un fuerte alza en su PIB en los años anteriores, se ha estancado en su crecimiento que, según proyecciones, en 2014 sería de 0,3% y que al 2015 no superaría el 2%, a lo que se une una baja significativa en los niveles de competitividad. El recién publicado ranking de facilidad para hacer negocios en Latinoamérica sitúa a Brasil en el puesto 120, muy por detrás de Colombia en el 34, Perú 35, México 39 y Chile 41. Lo anterior es un signo evidente de una política proteccionista, con estancamiento de las políticas públicas orientadas a dinamizar y abrir la economía.

Las debilidades que se le atribuyen a la gestión de la Presidenta electa no terminan allí. La de mayor impacto negativo se vincula con carencias en los servicios de seguridad, salud y educación. Sin embargo, la más grave pareciera ser la irrupción con fuerza y sin tregua de hechos de corrupción significativos vinculados a los sectores y partidos en el poder.

Un proceso electoral con una problemática tan compleja en lo político, económico y social, nuevamente llevó a que los temas internacionales no ocuparan un lugar central en el debate y las propuestas que se dieron a conocer. Ello abre espacios para especular acerca de la nueva era en política exterior que el gobierno 2.0 de Rousseff llevará adelante.

En el período que termina, Brasil no fue un actor presente, influyente ni exitoso en las relaciones, tanto a nivel regional como mundial. Analistas concuerdan que para Dilma este tema no se encuentra en la prioridad de sus objetivos. Es un hecho que se ha ido apagando el brillo internacional que Brasil tuvo durante los gobiernos de Cardoso y Lula. Expertos señalan que el poderoso y eficiente Itamaraty ha perdido posiciones por el surgimiento de actores que disputan poder en las decisiones de política exterior, e incluso ha sufrido reducciones presupuestarias unidas a una personalidad de la Presidenta que por diversas razones ha limitado mucho su presencia en países con vínculos estratégicos.

Desde esa perspectiva, pareciera que la sexta potencia mundial tiene el desafío de proyectarse al mundo, ser líder en la región de América Latina y, simultáneamente, constituirse como un actor vital. Son tres objetivos que deberían verse como complementarios. El avance y logro en cada uno retroalimentaría a los otros. Sin embargo, la resolución de esa ecuación tiene a la fecha varios puntos débiles que en este segundo gobierno de Rousseff deberían ser enfrentados.

A la fecha, Brasil apuesta al mundo y su vínculo prioritario son los BRICS. En esa dimensión, un estudio del índice de capacidades mundiales (CINC) establece que Brasil, en la participación del poder mundial, creció desde un 1,25% en 1950 a un 2,4% actualmente, mientras que en el poder sudamericano lo hizo desde un 36% a un 50%. Parece claro que la pretensión de ser actor vital mundial va más lenta que la de nivel regional, donde estudios indican que en los próximos 50 años Brasil tendrá 2/3 del poder regional y sólo 4% del poder mundial. Si el gigante regional desea una presencia global mayor deberá ampliar sus vínculos con un EE.UU., del cual se ha alejado, y con Asia Pacífico, donde sus relaciones son débiles.

La situación en lo regional tampoco se encuentra en su mejor momento. Sus proyectos estrella, el MERCOSUR y la UNASUR, no han logrado ser los ejes de una verdadera y profunda integración  regional. Las rigideces de MERCOSUR han estancado su desarrollo y, de mantenerse, pocos proyectos exitosos se derivarán de iniciativas que, sin ser aún fallidas, presentan serias debilidades que le impiden alcanzar sus objetivos, unidas a una diversidad de actores con visiones contrapuestas. A su vez, UNASUR no logra consolidarse salvo en acciones puntuales que ha fortalecido democracias en la región, sin embargo, su agenda en temas de seguridad y políticas realmente no tiene hitos relevantes. Adicionalmente, los socios privilegiados de Brasil en la región, o al menos aquellos que más vistosamente aparecen como tales -como Venezuela y Argentina-, presentan debilidades crónicas comparados con otros países exitosos, pero cuyos vínculos con Brasil se han deteriorado o al menos mantenido con formalidades y sin profundidad, como Colombia, México, Perú y Chile. La nueva etapa llama a Brasil a dinamizar y ampliar sus vínculos con la región en forma más pragmática, lo que le ayudaría a proyectarse con mayor solidez al mundo.

En estos desafíos de política exterior de Brasil en su nueva etapa, orientados a que ocupe el justo lugar de potencia que está llamado a cumplir, Chile puede ser un socio estratégico. Pienso que debe haber voluntad recíproca para definirlo y hacerlo, lo que se ha mantenido en las declaraciones, pero no en los hechos. Definido aquello, nuestro país debería generar las condiciones para que la Alianza del Pacífico logre interesar a Brasil, que lejos de verla como antagónica, pasara a visualizara como elemento coadyuvante y complementario con el MERCOSUR. También Chile es un actor vital para colaborar a Brasil con su cultura y conocimiento del Asia Pacífico, donde ese país tiene grandes carencias en una región que es pivote del crecimiento mundial, lo cual le debería resultar atractivo. Finalmente Chile, cuyo primer destino de sus inversiones es Brasil, debería aspirar a que ese país destrabara barreras, lo que permitiría un nuevo dinamismo en una relación benéfica para ambos.

 

Juan Emilio Cheyre, Director Centro de Estudios Internacionales UC.

 

 

FOTO:RAUL ZAMORA/AGENCIAUNO