La votación sobre Brexit está cargada de significado en el mundo actual para la visión de la libertad. Por el bien de Inglaterra, Europa y el mundo es de esperar que sea un punto de inflexión para promover el orden en libertad y diversidad, y aplacar por un tiempo las ínfulas de los iluminados de Bruselas.
Publicado el 13.04.2016
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El 23 de junio Gran Bretaña votará si acepta los cambios que sobre su manera de participación en la Unión Europea negoció Cameron, u opta por abandonar este bloque. La campaña formal empieza el 15 de abril. En las últimas encuestas telefónicas el voto por la permanencia en la unión lideraba todavía en un 7%. Pero dado el fracaso de las encuestas en la última elección -cuando los conservadores ganaron en una forma que nadie esperaba- existen pocos encuestadores que se aventuren a hacer pronósticos que puedan defender con seguridad. Parece, sin embargo, que la diferencia entre ambas posiciones hoy sería menor, y será el bando que se sienta más motivado por expresarse el que tendrá una ventaja marginal.

El campo de los conservadores está dividido. El primer ministro pidió un voto afirmativo; sin embargo dentro de su partido las opiniones se han polarizado e influyentes miembros están haciendo campaña por el no. Las cifras indican que de los miembros del gabinete 17 favorecen a la permanencia versus cinco que optarían por un no, 45 ministros estarían a favor contra 11 pro salida, mientras que de los parlamentarios sin cargo (backbenchers) sólo 134 votarían por permanecer en la UE contra 143 a favor del Brexit (Britain Exit of the EU). El conservador era el “Partido Europeo” en Gran Bretaña. Hoy, en cambio, los tories más conspicuos se proclaman euroescépticos. Las voces más potentes son los sospechosos de siempre: Bill Cash, John Redwood, Peter Bone, Steve Baker, además del archifamoso alcalde de Londres, Boris Johnson.

El contenido de las negociaciones entre Gran Bretaña y la Unión Europea que obtuviera Cameron para entrar en vigencia si los británicos votaran por permanecer en la Unión Europea, incluyen cambios en distintas políticas:

  • Nuevo cálculo de los beneficios por hijo de inmigrante que permanece en su país de origen, para reflejar el costo de vida en esos países.
  • Limitación de los beneficios a los inmigrantes durante los primeros cuatro años en el país.
  • Posibilidad de mantener la libra y reembolso de cada peso gastado en rescate de los países de la eurozona.
  • Salvaguardas para la industria de servicios financieros de Londres, evitando que le impongan regulaciones de la eurozona.
  • Compromiso explícito que Gran Bretaña no sería parte de una unión “aún más cercana” con otros estados miembros.
  • “Tarjeta roja” para los parlamentarios nacionales: se hará más fácil a los gobiernos bloquear legislación no querida. Si el 55% de los parlamentarios nacionales de la Unión Europea objetan una ley, deberá ser repensada.
  • Fortalecimiento del mercado interno y mejores regulaciones, incluyendo reducción del costo burocrático en pos de una mayor competitividad.
  • Denegación de los derechos de libre movimiento a los nacionales de un país fuera de la unión europea que se casen con uno de la Unión Europea, para atacar los matrimonios por conveniencia. Nuevos poderes para excluir a personas que se crea presentan riesgos para la seguridad aun cuando no tengan antecedentes previos.

Ni bien se conocieron los términos de las negociaciones que se plebiscitarían, el mediático alcalde de Londres Boris Johnson indicó con firmeza y claridad que en esas condiciones recomendaba votar por el no.

El excéntrico británico de 51 años y padre de seis hijos se convirtió en el centro de gran interés mediático cuando, luego de mucha demora en responder a la especulación popular sobre su posición en Brexit, el 21 de febrero pasado anunciara públicamente a una multitud de reporteros que lo esperaban fuera de su hogar que apoyaba esta campaña, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, otorgándole así un alto perfil. Rotuló los miedos de David Cameron en la materia como “muy exagerados”.

Claramente no son los puntos del intercambio negociado por Cameron los que harían a un liberal apoyar o no la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. Ya en el pasado han existido instancias en las que las decisiones populares han alterado el curso de la Unión Europea. El 29 de Mayo y el 1 de Junio del 2005 Francia y Holanda respectivamente realizaron un referéndum para establecer una constitución europea en el que el 55% de los franceses y el 62% de los holandeses votaron un lapidario “no” a una norma supranacional del estilo. La misma Gran Bretaña optó en 1997 quedar fuera de la moneda común, el euro, decisión que en perspectiva parece haber sido hasta ahora, y en especial por lo vivido después del 2008, acertada. El pronóstico que ello aislaría y dejaría fuera de la integración financiera y de comercio al Reino Unido no ha sido certero. En el hecho la existencia de la libra como moneda independiente le ha otorgado flexibilidad para una recuperación más rápida, lo que desde luego también beneficia a Europa y al mundo.

La situación parece ahora, sin embargo, más dramática. Se trata de que podría dejar la Unión Europea una de las economías más grandes del bloque, con un PIB de 3.000 billones y 65 millones de personas. Probablemente con el fin de crear más dramatismo y presionar a los votantes, la burocracia europea ha indicado que su decisión es a todo o nada. Que no existe la posibilidad que un país tan importante exprese su visión negativa sobre lo que hoy existe y luego se pueda revisar el proceso y cambiar de rumbo. Pero es posible que de ganar el no la separación sea real y que ello obligue a la Unión Europea a replantear esta posición maniquea, abriendo las negociaciones para una reinserción británica en condiciones más aceptables para este pueblo.

Una comunidad sin Gran Bretaña es muy distinta a la actual. Quizás Francia se vea más influyente frente al resto de la Unión Europea, pero enfrentará a una Alemania demasiado dominante. Los problemas actuales sobre el movimiento de personas podrían exacerbarse y la salida del Reino Unido motivaría a otros a decisiones unilaterales, como por lo demás ya lo hemos visto con sucesivos cierres de fronteras. El incentivo para negociar una nueva condición sería entonces grande.

Pero por el momento seguiremos nuestro análisis en el entendido que un voto contra la permanencia en la UE, llevaría a las Islas Británicas a retirarse de la Unión. Continuar en la Europa común pareciera ser, a primera vista, la opción obvia para un libertario. ¿No significa lo contrario, acaso, menos libre comercio y menos movilidad de factores, ambos símbolos de quienes defendemos la libertad? ¿No es por ello que un grupo muy relevante de grandes empresas, a pocos días del llamado a plebiscito y a través de la opinión personal de sus ejecutivos principales salió a respaldar la permanencia en la unión? En una carta publicada en el Times de Londres, el 16 de febrero pasado, casi 200 líderes empresariales instaron a los británicos a votar por seguir dentro de la UE en el próximo referéndum. Los firmantes incluyeron ejecutivos de empresas tan gigantes como BP, Credit Suisse, BT, Vodafone, HSBC, Asda, Marks & Spencer, Airbus, AstraZeneca, BAE Systems y Ryanair. El párrafo clave, en la carta firmada por 198 empresarios, incluyendo a los jefes de las 36 FTSE 100, leía: “Las empresas necesitan acceso irrestricto a un mercado europeo de 500 millones de personas para poder continuar creciendo, invirtiendo y creando empleos. Creemos que dejar la Unión Europea frenará la inversión, amenazará los empleos, y pondrá la economía en riesgo. Gran Bretaña será más fuerte y estará más segura y mejor permaneciendo dentro de la Unión Europea”.

La respuesta no es tan obvia como parece. Los orígenes de la Unión Europea se remontan a la entidad supranacional de este ámbito en fundada en 1951 con la firma del Tratado de París, la entonces llamada Comunidad Europea del Carbón y del Acero – o CECA – que regulaba estos sectores económicos en los estados miembros. Fue el antecedente directo de la Europa de los Seis: Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos. Desde su fundación en 1951 la CECA fue decisiva para la historia de la integración europea.

Los otros dos antecedentes de la actual Unión Europea lo constituyeron en la firma del Tratado de Roma de 1957, la EURATOM o Comunidad Europea de la Energía Atómica y el tratado Mercado Común Europeo, que dieran origen a la Comunidad Económica Europea. El objetivo de la CEE era lograr la integración económica incluyendo un mercado común y la unión aduanera entre los seis miembros fundadores mencionados. En 1965, mediante el Tratado de Bruselas, la CEE se fusionó junto con la Comunidad Europea del Carbón y del Acero y la Comunidad Europea de la Energía Atómica.

Con la entrada en vigor del Tratado de Maastricht en 1993, la CEE pasó a llamarse Comunidad Europea para reflejar ya no solo su carácter económico, sino también político. La Comunidad Europea existió como tal hasta que fue abolida por el Tratado de Lisboa de 2009, que incorporó las instituciones de la CE al marco más amplio de la Unión Europea, pasando ésta a “sustituir y suceder a la Comunidad Europea”.

En los orígenes estas uniones comerciales hablaban de una Europa empezando a sanar las heridas provocadas por la 2da Guerra Mundial. De alguna manera se trataba de evitar el conocido adagio de Frédéric Bastiat: “Si los bienes no cruzan las fronteras, lo harán los soldados”.

Este largo proceso de integración, que partiera en lo económico para culminar en lo político y social llevó a la creación hoy de una economía de 28 países, con 509 millones de habitantes y un PIB de usd 19 billones y una cápita de 34.500 dólares. Su propósito no es solo económico sino también político. Evitar las enemistades y conflictos bélicos que plagaron al continente durante decenas de siglos y especialmente en el siglo XX.

¿Si todo es tan obvio, qué podemos dudar siquiera que el pueblo inglés debiera votar afirmativamente para permanecer en la Unión? Para entender la duda que aqueja al Reino Unido, y a esta altura al mundo occidental, basta considerar que muchas naciones se han integrado a la economía mundial o entre ellas después de ser enemigos irreconciliables y se han beneficiado del progreso y la libertad que ello implica sin que se uniera a un ejercicio político para uniformar aceleradamente culturas y realidades por siglos separadas. Margaret Thatcher ya había predicho que una unión europea de estas características terminaría en lágrimas. Describió al impulso de crear una súper estado europeo como “quizás la mayor tontería de la era moderna”. La difunta Primer Ministro conocía las lecciones del pasado: cuando los políticos tratan de imponer grandes diseños sobre personas con diferentes historias, lenguajes y lealtades culturales, el edificio tambalea y colapsa. Alguna vez una devota pro europea, Thatcher comenzó a preocuparse a finales de 1980 que los grandes proyectos emergentes de Bruselas, como el esfuerzo de crear una moneda europea única, centralizarían el poder y crearía una vasta burocracia.

Los problemas de la Unión Europea no son difíciles de ver. La moneda única ayuda a explicar por qué la economía europea permanece en zona de calma ecuatorial mucho después que se iniciara la recuperación de los Estados Unidos. El surgimiento de China y los mercados emergentes inevitablemente significa que la porción de comercio mundial de las economías desarrolladas decrece, pero la porción de la UE declina dos veces más rápido que la de los Estados Unidos. El desempleo juvenil sigue firme en 49% en Grecia, 46% en España y 38% en Italia, y millones de vidas jóvenes nunca se recuperarán completamente de esta tasa de desempleo extendida. Estas debilidades económicas han llevado al frente a los partidos extremistas, como el radical de izquierda Podemos en España y Syriza en Grecia, o los partidos nacionalistas de derecha de Polonia y Hungría.

Pero la campaña para mantener al Reino Unido en la Unión Europea todavía tiene algunas cartas para jugar. El equipo pro UE buscará explotar el natural conservadurismo de los votantes británicos. Seguramente veremos el mismo tipo de campaña de miedo que ayudó a que Escocia permaneciera en el Reino Unido durante el referéndum sobre su independencia en el 2014. Habrá advertencias sobre que Brexit excluiría al Reino Unido de mercados europeos clave, y sugerencias sobre que la ciudad de Londres, el centro financiero y económico tan importante para la economía británica, perderá mercado. Con la economía mundial experimentando incertidumbre, muchos bretones indecisos podrían pensar que este no es tiempo de sumar en esa causa. Las prolongadas negociaciones post divorcio de la UE que seguirían a un Brexit también están siendo resaltadas. Por un período que bien podría durar dos años, muchas empresas transnacionales podrían decidir suspender decisiones de inversión hasta que saber qué tipo de acceso tendrá el Reino Unido a los mercados de la UE. Gran Bretaña tiene un déficit comercial sustancial con el resto de Europa, por lo que los partidarios de Brexit argumentan que la industria automotriz alemana, los hoteleros españoles y los bodegueros franceses que tanto se benefician del comercio con el Reino Unido ayudarán a asegurar un buen acuerdo de comercio libre con la Britania si eligiera irse, pero a pesar de ello es inevitable un período de marcada incertidumbre.

Otro peligro, y que veremos agitar como bandera en la campaña que se iniciará la semana próxima, es que Escocia podría reconsiderar su pertenencia al Reino Unido luego de Brexit. Los inquietos escoceses son mucho menos euroescépticos que los ingleses y podrían votar permanecer en la UE aún si el Reino Unido como un todo vota por  su salida. Nicola Sturgeon, el primer ministro separatista de Escocia, ya ha sugerido que podría realizar una segunda votación sobre la independencia bajo un Brexit, levantando la posibilidad que el reino Unido podría separarse si Gran Bretaña vota por su salida del acuerdo continental. Y finalmente el drama que genera la política migratoria de la comunidad y el peligro latente de los ataques como los sufridos en París y Bruselas, tendrán sin duda una influencia no despreciable en el referendum.

Todos estos riesgos son ciertos. Pero también lo son los riesgos de permanecer en una Unión Europea políticamente disfuncional y económicamente decaída. Existen fuertes argumentos económicos para una independencia británica y un caso práctico cierto para creer que una Europa de culturas políticas tan diferentes no puede funcionar. Pero la razón real por la que los votantes británicos deberían apoyar Brexit es porque quieren tener para su país lo que Estados Unidos, Australia, Suiza, Canadá, Japón y otras naciones libres tienen: auto determinación.

Gran Bretaña es un poder marchito hoy. No puede detener a 430 millones de otros europeos que quieren entrar a su territorio. Está sobre regulada por las normas de las cortes europeas. No puede firmar sus propios acuerdos de comercio. Un 65% de sus leyes desde 1993 portan la impronta de la UE. Cuando el presidente Barack Obama llamó a Cameron para manifestarle su apoyo a un Reino Unido fuerte en una UE fuerte, estaba recomendando algo que los americanos no aceptarían para ellos mismos: fronteras abiertas con México, una Corte Suprema mexico-canado-americana para decidir cuestiones de derechos humanos o una agencia ambiental panamericana para regular la política de pesca. Como un miembro de la UE, el Reino Unido tiene que soportar las equivalentes de estas políticas.

Gran Bretaña fue pro europea desde los ´50 a los ´80, cuando la Europa continental crecía a tasas dobles y triples de las del Reino Unido. Desde el lanzamiento del euro, sin embargo, la UE ha sido el entrenador rezagado de la economía global, cómodo, pero superado por Estados Unidos y los BRIC´s, con toda la energía económica emocionante proveniente de Silicon Valley, Singapur, Apple, Samsung y cualquier cosa made-in-China.

El gran miedo del equipo pro Europa es que Brexit inicie una serie de eventos que zambullan al continente en los años oscuros del pasado. Pero estos miedos están sobre exagerados. NATO y el despliegue de 250.000 tropas americanas en la Alemania Occidental durante la Guerra Fría fueron las bases reales de la estabilidad de la Europa post guerra. No fue la Unión Europea la que ayudó a asegurar el orden, la paz y la prosperidad sino el acuerdo de la CECA y su paralela Comunidad Económica Europea. Ambos cuerpos hicieron posible el sueño del comercio libre, que desde el siglo XIX se estaba persiguiendo.

Japón no debió formar parte de ningún nuevo país para recuperarse después de la guerra e integrarse al mundo. Simultáneamente ha mantenido homogeneidad cultural vista casi como excesiva pero libremente elegida por ellos. Que Japón intentara hacer un nuevo Pearl Harbour es tan inimaginable como que Alemania invadiera Polonia como lo hiciera en Septiembre de 1939.

La realidad es que para integrarse entre países -mientras sigan las fronteras geopolíticas dominando las decisiones económicas- se pueden tener dos perspectivas. Una nace de la visión de Locke, de carácter contractualista y evolutiva que lleva a privilegiar a los individuos, respetando al máximo sus acuerdos voluntarios y permitiendo alternativas de pactos comerciales distintos allí donde sea posible. Inglaterra, y especialmente su antigua colonia los Estados Unidos, han ejemplificado esta opción. Para los ingleses que deberán votar en Junio próximo no es irrelevante que fue ese camino el que les dio la fortaleza para ganar la guerra y derrotar al totalitarismo en Europa. La otra deviene del pensamiento de Rousseau, y es la que con un dejo constructivista partidario de un proceso dirigido por líderes iluminados, crea aceleradamente un nuevo contrato social y de paso cumple con transformar al hombre. De sus raíces modestas pero muy potentes en el pacto de la CECA, la Unión Europea ha evolucionado hacia un dirigismo constructivista y a una superestructura burocrática cada vez más autosuficiente y desconectada de los intereses y visiones de los diversos pueblos que pretenden moldear.

El pueblo inglés tendría las mismas buenas razones que lo llevaron a mantener la libra inglesa -que nunca, ni en los peores momentos sufrió las vicisitudes de hiperinflación del marco alemán– para preservar y dar preeminencia a su sistema jurídico que tiene siglos de evolución exitosa por sobre un derecho e instituciones vertebradas en apenas las dos últimas décadas por políticos europeos autorreferentes y con interés de grupo.

Con la convicción de que la movilidad de bienes, capitales y personas es perfectamente posible sin tener que unificar a fuerzas culturales milenarias, un libertario podría doblar la apuesta que hoy le presentan las autoridades de la Unión Europea por el “todo o nada” y votar no. Después de un tiempo de incertidumbre lo único razonable es que se llegue a un nuevo derrotero de integración preservando las libertades e individualidades y los acuerdos colectivos, que será mejor que el estatus actual. La prepotencia con que la burocracia europea trata a quienes no han querido ser miembros pero pertenecen al espacio europeo, como Suiza o Noruega, no le sería posible sin Inglaterra.

Es poco probable que la Unión Europea dé el primer paso de su reforma. Ello repudiaría el trabajo de esta generación de políticos europeos y la de sus predecesores también. Es por esto que Gran Bretaña debería elegir la independencia en el próximo referéndum. Brexit podría significar el shock que Europa necesita para iniciar una reforma seria. Ni la crisis inmigratoria ni la prolongada agonía económica causada por la moneda única han provocado las reformas que necesita; sin embargo ver a Europa perder a su economía de más rápido crecimiento podría resultar su gota proverbial. Pero aún si un Brexit no noqueara a la Unión Europea podría alentar a otros estados miembros a liberarse por sí mismos.

Sí, por dos o tres años una Europa post Brexit estaría llena de baches. Pero el trastorno temporario valdrá la pena si transforma al continente, de un conjunto de infelices inquilinos de un superestado a vecinos vigorosos, cooperando donde se necesita pero donde no, operando como naciones libres.

La votación sobre Brexit está cargada de significado en el mundo actual para la visión de la libertad. Por el bien de Inglaterra, Europa y el mundo es de esperar que sea un punto de inflexión para promover el orden en libertad y diversidad, y aplacar por un tiempo las ínfulas de los iluminados de Bruselas, aferrados a su visión constructivista y omnipotente de lo que deben ser las sociedades y los hombres que las habitan.