La lógica que subyace al socialismo siempre es la del conflicto: del empresario contra el trabajador, del hombre contra la mujer, del indígena contra el blanco, del país desarrollado contra el subdesarrollado, etc.
Publicado el 28.11.2014
Comparte:

El comunismo, explicó Jean Francois Revel, quien fuera socialista en su juventud, es una ideología criminógena. Todos los crímenes cometidos en los así llamados “socialismos reales” fueron la consecuencia inevitable de la filosofía marxista. La idea de que el hombre vive engañado, producto de una falsa conciencia, derivada a su vez de estructuras de clase y producción que sustentan el capitalismo, es uno de los soportes del carácter criminal del comunismo. Pues si usted no sabe lo que es mejor para usted y es esclavo de una falsa consciencia que solo el líder revolucionario puede detectar, entonces este debe hacerlo libre incluso en contra de su propia voluntad. Y si usted se resiste debe ser eliminado para que pueda cumplirse con el bien mayor que es liberar al “hombre” de un aparato que lo oprime.

La libertad, para el socialista, se consigue solo a través de la violencia y en un orden en que no exista capitalismo, es decir, en que no exista propiedad privada, la que es considerada el origen de todos los males. En última instancia la lógica que subyace al socialismo siempre es la del conflicto: del empresario contra el trabajador, del hombre contra la mujer, del indígena contra el blanco, del país desarrollado contra el subdesarrollado, etc. Por lo mismo un país en que las ideas socialistas en sus diversas versiones se instalan como principio rector del orden social solo puede avanzar por el camino del conflicto, la violencia y las retroexcavadoras.

En ese país siempre existirá una justificación oblicua de la violencia. Si un grupo de sindicalistas se toman y destruyen una empresa está bien porque el empresario no pagaba sueldos “dignos”, si una pareja de ancianos es asesinada en su casa por terroristas es por la “injusticia histórica” cometida en contra de minorías indígenas, si se producen saqueos y destrucción de propiedad privada es en respuesta a la “violencia institucionalizada”. En el caso de regímenes socialistas como el de la Alemania oriental, de la cual se declara agradecida la presidenta Bachelet, los asesinatos estaban a la orden del día por parte de agentes de la dictadura comunista.

Esto nos lleva a un segundo aspecto que es crucial para entender el socialismo como religión. En general, y salvo notables excepciones, quienes fueron marxistas jamás dejan de serlo en un sentido genuino. Sienten simpatía y aprecio por los proyectos totalitarios y genocidas de quienes quisieron construir el paraíso sobre la tierra y no les importa ser abiertamente inconsecuentes en defender derechos humanos para unos y no para otros. Los desaparecidos, torturados y asesinados por parte de socialistas no les generan siquiera la suficiente incomodidad como para condenar abiertamente a un régimen que tiene su simpatía ideológica. Fidel Castro y sus muertos o Erich Honecker y los suyos están en perfecta armonía con su visión del mundo. Es interesante notar que este escandaloso doble estándar es ampliamente tolerado por la sociedad civil y líderes de opinión. Es como si la promesa de la igualdad estuviera tan inscrita en nuestro ADN que la mayoría considera más tolerable los asesinatos en nombre de la ideología igualitaria que por cualquier otra razón. Refiriéndose a este punto en un interesante artículo el profesor de Princeton y filósofo Peter Singer se preguntó por qué Hitler era menos tolerado que Stalin, si ambos eran criminales de igual calaña. Según Singer, una probable explicación para esta ambigüedad era precisamente que el comunismo se acerca a nuestros impulsos más nobles de igualdad y superación de la pobreza. Sin embargo el mismo Singer declara no tener una respuesta satisfactoria a este enigma. Tal vez esta tenga que ver con el hecho de que el socialismo marxista ha recibido una masiva legitimación comunicacional a todo nivel, lo cual afortunadamente no ocurrió con su derivado el socialismo nacionalista. Lo que está claro es que queda pendiente lograr esa legitimidad con la única doctrina auténticamente humanista: el liberalismo.