Chile no quiere más excusas, ni acuerdos, ni defensas aclanadas de un grupo de ministros o políticos, o empresarios que se defienden entre sí y se cubren las espaldas.
Publicado el 28.04.2015
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No cabe duda de que hoy nos enfrentamos a una gran fragmentación de nuestra sociedad, la que en gran medida tratamos de justificar con el hecho de que Chile cambió y esto es lo que genera un mayor empoderamiento de la ciudadanía.

Yo prefiero sumarme a la tesis de que esto se debe a que se ha venido haciendo caso omiso a síntomas que venían asomándose hace ya décadas en nuestro país. Mientras reducíamos la pobreza, la brecha entre ricos y pobres se incrementaba llegando a ser una de las peores del planeta, siendo además reconocidos como un país con altos niveles de discriminación que hace sentir a las personas que no son parte de un proyecto país y, por cierto, con bajos índices de confianza entre cada uno de nosotros.

Pero al igual que una enfermedad, donde uno puede encontrar argumentos de por qué se generó, generalmente ésta se vincula con antecedentes que vienen con uno. Lo que hoy vive nuestro país refuerza y comprueba esta idea: nuestra enfermedad, nuestra crisis, nuestro síntoma ha estado con nosotros siempre, y la hemos ignorado y nos encontramos frente a la necesidad de una gran cirugía.

Tomando lo anterior como un ejemplo, no puedo dejar de mencionar la declaración de la Presidenta Michelle Bachelet en la que reconoce: “No supe condenar con fuerza y a tiempo los modos éticamente imprudentes de hacer negocios”. Y, por otro lado, un discurso repetitivo tanto del mundo político como empresarial en el que se asume que hace ya tiempo se venían usando modos no éticos de hacer empresa y política, y que no solo tiene que ver con el traspaso de recursos para campañas, sino con un modo que se riñe con la ética de mínimos de la convivencia social sobre la que se sustenta una democracia sólida y, por cierto, justa e igualitaria. Lo dicho anteriormente son algunos de los síntomas de nuestra enfermedad de país.

Pareciera que el estado de oscurantismo acomodó a muchos durante años, por lo cual las promesas de cambio y propuestas de los sectores que han llevado a esta tensión de convivencia social aparecen poco creíbles y, por qué no decirlo, de una inteligencia muy por debajo del promedio que cualquiera espera de sus líderes políticos y empresariales.

Lo dicho anteriormente me lleva a concluir que Chile estos últimos años ha sido liderado por un gran grupo de la clase política inmadura, inculta y encerrada en el oscurantismo que ha caracterizado al país, y si esto se acompaña además de una clase empresarial que ha mantenido estilos también patronales y medievales de hacer empresa –y absolutamente alejados del modo de aquellas que hoy son líderes en lo que es la empresa sustentable del siglo XXI-, definitivamente nos lleva a la crisis y enfermedad en la que hoy nos encontramos.

Se hace inevitable también mencionar la declaración de hace unos días del ex Presidente Sebastián Piñera, quien nos da lecciones de amistad al decir que visitará a su mentado amigo Carlos Alberto Délano. Y argumentando, a modo de defensa, que fue Presidente de una fundación, lo que al parecer lo exime del robo que viene haciendo durante años a Chile por su evasión de impuestos, entre otros.

Escenas y expresiones como éstas generan un malestar en la gran mayoría de los chilenos, que me atrevo a decir son una bomba de tiempo, llevándonos a un estado de rabia acumulada y a una preocupante falta de confianza entre todos los ciudadanos.

¿Qué nos ocurrió? Creo que definitivamente perdimos la decencia del respeto de los derechos sociales de construcción de una sociedad, que son los que dan los cimientos para una democracia estable y que evoluciona hacia el desarrollo.

Hoy no me cabe duda de que estamos muy lejos del soñado desarrollo al que llegaríamos más pronto que tarde y que definiríamos por un número per cápita, según lo que se nos anunciaba. No teníamos, ni tenemos, las bases para lograrlo, ya que mientras exista un modo de hacer negocios y política tan por debajo de los niveles éticos que ligaban Aristóteles y Adam Smith hace décadas, y Chile no mire y aprenda realmente del significado del desarrollo que se implementa en los países que sí lo ostentaban, no nos moveremos un milímetro de donde estamos.

La transformación, el cambio, es profundo. Es de convicciones y valores personales, es de ser capaz de condenar al hijo, al amigo, al político, al designado en un gobierno cuando éste ha cometido un error que daña a nuestra sociedad. Es ser consecuentes y coherentes con valores que se sustentan en las bases éticas de los derechos de las personas. Es un humanismo donde lo que prima es la decencia ética que cada uno debe tener para enfrentar la falta de algunos.

Chile no quiere más excusas, ni acuerdos, ni defensas aclanadas de un grupo de ministros o políticos, o empresarios que se defienden entre sí y se cubren las espaldas, de manera cobarde, escondiendo y negando la falta, excusándose en los otros o argumentando definitivamente lo que no se sostiene ni por un par de días.

Este es un país de un doble estándar que da escalofríos y por sobre todo hipócrita. Y lo que digo es una verdad que pocos se atreven a decir de frente, porque es preferible quedarse en silencio y moverse en este entramado de hipocresía de los poderes de nuestro país, mientras existen millones de chilenos que observan este teatro del ridículo. Sin embargo, debo decir que pocos se salvan o nos salvamos si somos radicalmente honestos, ya que gran parte de la ciudadanía de este país juega al pillo cuando puede con distintos niveles de influencia e impacto, lo que también es un doble estándar.

Conclusión: nadie está libre. Este es un país de una desconfianza estremecedora, doble estándar y poco honesto, es decir, carece de una cultura cívica que nos permita construir con bases sólidas.

La solución, creo, es encontrar líderes de todos los sectores y ciudadanos que decidan y asuman la decencia por la humanidad y convivencia social como la base moral y ética de su comportamiento. Pero por sobre todo necesitamos personas con coraje y valentía. Requerimos de una jefa de Estado y de líderes políticos y empresariales con estas características y la fuerza para salvar a una sociedad, como la que han demostrado líderes como Mandela y Gandhi, entre otros.

Creo que un gran número de personas de este país se cansó de la mediocridad de muchos, por lo tanto se requiere el ímpetu, la convicción y, sobre todo, una nueva batería de valores y prácticas que puedan mantenernos unidos a todos cuando las instituciones en que vivimos se fragmentan. Aquí es donde se requiere la pasión del artista, del revolucionario, del innovador para crear este nuevo paradigma de convivencia que requiere Chile para saltar el precipicio de la incultura del subdesarrollo que nos separa, y llegar así a la cultura y virtuosidad de la decencia de una democracia justa, y de todos y todas.

 

Soledad Teixidó, Presidenta Ejecutiva PROhumana.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO