Si un terremoto grado 8.4 no nos tumbó, no nos van a tumbar ni un gobierno inefectivo propenso a cometer errores ni los pesimistas pájaros de mal agüero que parecen más interesados en destruir que en seguir construyendo.
Publicado el 18.09.2015
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Se equivocan aquellos que creen que la estabilidad de Chile y el camino al desarrollo por el que hemos avanzado desde la recuperación de la democracia están en riesgo. Si un terremoto grado 8.4 no nos derribó, difícilmente la institucionalidad democrática se va a caer por los errores no forzados de un gobierno. Como el terremoto del 16 de septiembre, un mal gobierno dejará dolorosas secuelas. Pero el país seguirá avanzando en el sendero de un desarrollo más inclusivo y democrático después que este gobierno deje el poder en marzo de 2018.

Ningún chileno que haya estado fuera del país el pasado miércoles puede no haberse sentido orgulloso cuando los extranjeros preguntaban por el desastre que un terremoto grado 8.4 debe haber causado. Que sólo haya habido 10 muertos y que la infraestructura haya resistido tan bien es un motivo de justificable orgulloso nacionalista. Chile es el país que entre todos hemos construido con bases sólidas.

Es cierto que hay problemas y desafíos complejos. La desigualdad es vergonzante. La falta de oportunidades, la cancha dispareja, los abusos, el pituto y el amiguismo son males que persisten en nuestra sociedad. El hecho de que el gobierno actual haya olvidado que un vigoroso crecimiento es condición necesaria para mejorar la distribución nos ha hecho perder dos valiosos años en el camino al desarrollo.

Pero Chile nunca estuvo mejor posicionado para enfrentar los desafíos del crecimiento. Los nostálgicos del pasado (aquel lejano, pre 1973, o de las décadas concertacionistas) son víctimas del síndrome de que toda era pasada fue mejor. La evidencia, no obstante, demuestra fehacientemente que Chile nunca tuvo un nivel de desarrollo superior, respecto al resto de América Latina y del mundo, que el que gozamos hoy. Nunca estuvimos más cerca de alcanzar el desarrollo y nunca un porcentaje tan alto de chilenos fue partícipe de los beneficios del progreso.

Los fatalistas se equivocan tanto en su diagnóstico de la situación actual como en sus propuestas para el futuro. Chile no necesita retroexcavadoras. Tampoco necesitamos de agoreros de la mala fortuna que, apuntando al gobierno, digan que nunca tan pocos han causado tanto daño a tanta gente en tan poco tiempo. Los chilenos pueden estar descontentos con el gobierno, pueden sentir que gozan de poca protección contra el abuso, pueden desear que haya un estado más grande que proteja sus derechos. Pero las personas mayoritariamente quieren arreglar la casa en que vivimos, no botarla. Además, los chilenos no comparten el pesimismo sobre el futuro del país que predican aquellos que creen que un mal gobierno de Bachelet pavimentará el retorno de la Alianza, con Sebastián Piñera, a la cabeza en 2017.

El terremoto del 16 de septiembre nos recordó nuestra vulnerabilidad geográfica. Aunque resistimos bien, hay mucho espacio para mejorar. Es cierto que los problemas de Chile son más profundos que el terremoto. El país ha dejado de crecer y las condiciones internacionales hacen que sea difícil volver a crecer a las tasas a las que nos acostumbramos con el boom del cobre. El gobierno emprendió un camino ambicioso de reformas, pero elevó demasiado las expectativas y no supo conducir bien el proceso. La Moneda está ahora sobrepasada, los vientos soplan en contra y la habilidad política no abunda en el gobierno.

En los próximos días, el gobierno deberá presentar su proyecto de ley de presupuesto para 2016. Todavía no se conoce el mecanismo a través del cual el gobierno buscará dar gratuidad en la educación superior a un porcentaje indeterminado de alumnos en un grupo indeterminado de universidades. Bachelet deberá hacerse cargo de su compromiso con el inicio de un proceso constituyente este mes. La ley laboral presenta cada día más oposiciones. Sigue en aumento la presión para que el gobierno envíe un nuevo proyecto que se haga cargo de corregir las falencias de la reforma tributaria aprobada en 2014.

Complicado por las promesas excesivas que la propia Presidenta realizó, el gobierno enfrenta fuerte fuego amigo. Después de una provocadora visita a La Moneda en ausencia de la Presidenta Bachelet, el ex Presidente Lagos complementó sus críticas al gobierno al comentar, en una entrevista a El Mercurio, que en la calle la gente le pedía que el volviera a poner orden al país. Con ese tipo de aliados, la Presidenta Bachelet no tiene ni tiempo para preocuparse de las legítimas críticas de sus adversarios.

Con todo, como nos recordó el sismo del 16 de septiembre, Chile es un país construido sobre sólidas bases. Hay mucho espacio para mejorar, muchas falencias que corregir y muchos errores políticos no forzados que traerán costos. Pero el país no está al borde de una crisis institucional ni vamos camino a la destrucción. Si un terremoto grado 8.4 no nos tumbó, no nos van a tumbar ni un gobierno inefectivo propenso a cometer errores ni los pesimistas pájaros de mal agüero que parecen más interesados en destruir que en seguir construyendo.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y Académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

 

FOTO:HERNAN CONTRERAS/AGENCIAUNO

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