Lo peor de esta dialéctica es que conduce al doble estándar y a justificar la dictadura cuando coincide con los ideales propios y a condenarla sólo cuando los contradice. La lección para un demócrata y liberal es simple: no hay buenas dictaduras.
Publicado el 07.10.2014
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La izquierda, qué duda cabe, es maestra en el rescate, articulación e instalación de la memoria social con propósitos políticos. Esto constituye una misión legítima en toda sociedad democrática, y es a la vez útil y necesario para la política. Esto es positivo para un país en la medida en que los demás sectores también brinden similar atención al ejercicio. Al final, una sociedad es lo que ella recuerda de sí misma, la forma en que interpreta el presente y el modo en que plantea sus tareas de futuro y define su horizonte utópico. Por lo tanto, sólo queda admirar este talento de la izquierda. El problema es que –para quienes no concordamos con ella- presenta una arista inquietante: la izquierda exhibe además gran sabiduría para manejar la desmemoria sectorial y nacional con los mismos fines. Me atrevo a afirmar que la izquierda sabe recordar y olvidar la historia con idéntica destreza, y creo que esa es uno de los motivos por los cuales logra conservar su unidad en la diversidad en Chile.

El año 2013 representó gráficamente lo que planteo: en la fase final del gobierno de Sebastián Piñera, y en el marco de los 40 años del derrocamiento y suicidio de Salvador Allende, la izquierda logró instalar con gran potencia en la agenda nacional la memoria sobre la dictadura de Augusto Pinochet. De pronto pareció que esa etapa había terminado pocos meses antes, así de presente y vigente estaba. Esto le permitió a la izquierda una ofensiva mediática sin precedentes en nuestra historia, mucho más intensa que la que desplegó en el trigésimo aniversario del “11”, cuando gobernaba la Concertación, y por eso me resulta difícil comprender en toda su magnitud ese ejercicio de la memoria del 2013 desvinculado de las elecciones presidencial y parlamentaria. Y lo subrayo para anticiparme a la crítica estalinista: es legítimo y conveniente para un país democrático no olvidar lo que es vivir en dictadura.

Lo interesante de ese cultivo de la memoria el año pasado no fue que trajera al presente el régimen de Pinochet, sino que al mismo tiempo soslayara por completo la profunda división nacional que existía al 11 de setiembre de 1973, cuando la izquierda, minoritaria, impulsaba su proyecto socialista revolucionario y se enfrentaba a la oposición, mayoritaria, de la derecha y la Democracia Cristiana, las que defendían la democracia parlamentaria y la economía de mercado. Este exitoso manejo de la historia, agregado a la incidencia en la cultura y los medios, llevó incluso a atemorizados parlamentarios demócrata cristianos a subrayar que hubo dirigentes aislados del partido que condenaron el golpe, y prefirieron olvidar que la DC formó férrea alianza con la derecha para oponerse al socialismo de Allende.

Este ejercicio sesgado de la memoria –que se expresa en forma material en el Museo de la Memoria- transmitió a la ciudadanía un mensaje humanitario igualmente sesgado: al ahondar en la dictadura militar, profundizó en la imprescindible condena a la violación de derechos humanos para que no se repita en Chile, pero al disimular la profunda división y polarización que sufrió el país a partir de 1970 por la acción radical de la Unidad Popular, no subrayó algo también esencial: la importancia crucial del diálogo y el consenso para realizar cambios drásticos en un país. Por eso cosechamos hoy una realidad indesmentible: todos coinciden en afirmar que nada justifica la violación de derechos humanos, pero no en propugnar la importancia del diálogo y la tolerancia, y por ello vemos que hoy gozan de influencia los espíritus refundacionales y retroexcavadores. Esa memoria selectiva fracasó en algo básico y cuyas consecuencias sufrimos: la necesaria vinculación entre el respeto a los derechos humanos y la defensa de una sociedad democrática basada en el diálogo y el consenso, donde nadie sobra ni posee la verdad absoluta, y donde el adversario político no es descalificado ni catalogado de enemigo.

El 2014 es un año importante para quienes cultivan holísticamente la memoria con fines de pedagogía democrática, y por eso debiéramos aprovecharlo para dirigir la mirada hacia algunas fechas conmemorativas de significación mundial. Entre estas fechas se encuentran: la celebración en Cuba, el 2 de enero, de los 55 años de la instauración de la dictadura de los hermanos Castro; la caída del Telón de Acero, el 11 de setiembre de 1989, en Hungría; la reunificación de Alemania, el 3 de octubre, dividida tras el aplastamiento del nazismo; y la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, causada por la movilización pacífica del pueblo contra el régimen comunista de Honecker, que supuestamente representaba al pueblo. Todas estas fechas tienen un significado profundo para Chile precisamente porque se conectan con el proyecto tópico que dividió de modo fatal a Chile bajo la Unidad Popular, y por ello es importante reflexionar francamente sobre el fracaso del socialismo, el estatismo, la falta de libertad y democracia.

Si el 2013 fue un año potente para cultivar la memoria nacional del “nunca más” para formar y consolidar una sociedad democrática, este 2014 también lo es por los mismos motivos. Cultivar la memoria nacional sin ser secuestrado por ella, constituye una tarea permanente de todo ciudadano democrático y tolerante. Vimos este año a varios de los políticos chilenos que suelen hacer profundas genuflexiones ante la sola mención del tema derechos humanos, estrechar con efusividad, emoción y la voz quebrada las manos del general Raúl Castro, dictador de Cuba por derecho sanguíneo, justificar el envío de felicitaciones al tirano genocida de Corea del Norte, y justificar a Nicolás Maduro. Los vimos asimismo guardar silencio frente a la conmemoración del fin del Telón de Acero y la reunificación alemana.

Supongo que emplearán nuevamente su prodigiosa desmemoria el nueve de noviembre próximo, cuando se cumplan 25 años de la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de los socialismos reales. Lo peor de la dialéctica entre memoria y desmemoria es que conduce al doble estándar y a justificar la dictadura cuando coincide con los ideales propios y a condenarla sólo cuando los contradice. La lección para un demócrata y liberal es simple: no hay buenas dictaduras. Todas merecen nuestro rechazo y condena.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: HANS SCOTT /  AGENCIAUNO

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