El progresismo cultural que impera en los referentes que dicen renovar la política chilena tiende más bien a diluir las diferencias entre ambos lados del espectro y sus respectivas tradiciones políticas.
Publicado el 26.06.2018
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Hace pocos días, Felipe Kast votó a favor del cambio de sexo registral en menores de 14 años en la comisión mixta que revisa el proyecto de identidad de género. El hecho es digno de análisis no sólo por lo delicado del tema en sí ni por las tensiones coyunturales que genera en el oficialismo. Hay un asunto de fondo, que guarda relación con la paradoja involucrada en la votación. Después de todo, fue el propio senador quien acuñó la expresión “los niños primero en la fila”, precisamente en atención a su vulnerabilidad: no hablamos de adultos autónomos, sino de menores que merecen ser tratados como tales. Pero ahora esa elemental distinción se olvidó y lo que importa es acelerar la emancipación, tal como anhelaba el Frente Amplio (FA).

La pregunta es ineludible: ¿se trata de un acercamiento fortuito, o acaso hay puntos de encuentro más profundos entre Evópoli y la nueva izquierda?

El foco de la izquierda hoy son los pretendidos derechos del individuo, comprendidos de modo abstracto, absoluto e ilimitado.

Para responder esta interrogante conviene recordar los énfasis que subraya esa izquierda en la actualidad. En mayo, durante la misma semana en que supimos que más de 40 mil familias chilenas viven en campamentos –el último catastro, de 2011, contabilizó cerca de 28 mil–, Miguel Crispi, otrora fundador de la NAU y ahora diputado de Revolución Democrática, afirmó que “hoy día, la causa más importante de la izquierda es el feminismo”. Que esa sea vista como la principal bandera (y no el drama de los niños sin hogar, la precarización laboral, etc.) es muy sintomático. Por lo demás, tal como denunciara Rafael Gumucio, el feminismo en boga no se caracteriza por su perspectiva de clase. Dicho en simple, a ratos da la impresión de que la paridad en los directorios de empresa es tanto o más apremiante que el drama que vive una mujer pobladora.

Ahora bien, la dificultad tampoco es nueva ni exclusiva de nuestro país. Como advirtiera el filósofo Jean-Claude Michéa, de un tiempo a esta parte (¿1968?) el eje central de la izquierda ya no es tanto la justicia social como la diversidad: la realidad se mira con esos lentes y, por tanto, se fijan otras prioridades. El foco, mal que le pese al Marx de Sobre la cuestión judía, son los pretendidos derechos del individuo, comprendidos de modo abstracto, absoluto e ilimitado.

Ambos –Evópoli y el FA– apuntan en último término a propiciar el más autónomo desenvolvimiento posible de un individuo cuyas elecciones se asumen soberanas, independiente de su edad, fundamentos o efectos.

Pues bien, ese mismo foco –la antropología de la emancipación, la soberanía absoluta e ilimitada del individuo– ha devenido en el principal sello distintivo de Evópoli, tal como confirmó Felipe Kast con su votación de la semana pasada. Es justamente lo que celebró Patricio Fernández después de entrevistar a Hernán Larraín Matte, presidente de aquel partido: “Por momentos cuesta saber en qué se distingue la posición ideológica de Hernán de la de muchos izquierdistas”. Porque si bien los separa (por ahora) el grado de intervención estatal que ambos impulsan, la nueva izquierda y la nueva derecha comparten una visión común sobre el sentido de esa intervención y la vida política en general. Ambos –Evópoli y el FA– apuntan en último término a propiciar el más autónomo desenvolvimiento posible de un individuo cuyas elecciones se asumen soberanas, independiente de su edad, fundamentos o efectos.

Nada de esto es trivial. El progresismo cultural que impera en los referentes que dicen renovar la política chilena tiende más bien a diluir las diferencias entre ambos lados del espectro y sus respectivas tradiciones políticas. Mientras nuestra izquierda se olvida de los más débiles y vulnerables (su prioridad es el género, no los pobres), los autodenominados liberales tienen cada vez más problemas para siquiera mencionar el control que puede ejercer el poder estatal (es, cuando menos, curioso su silencio ante el afán de impedir que la UC ejerza el derecho de asociación), y cada vez menos inconvenientes para favorecer agendas que usualmente habrían considerado constructivistas (como el pretender borrar las consecuencias sociales de la alteridad sexual).

En todo caso, el fenómeno es complejo y de larga data, pues en último término remite al derrotero más amplio que han seguido el liberalismo y la democracia de posguerra. Por lo mismo, no es de extrañar que ya esté captando la atención de mentes lúcidas. Basta ver el revuelo que han causado en el ámbito anglosajón los recientes libros de Patrick Deneen y Ryszard Legutko. Bien harían los nuevos referentes políticos en conocer este tipo de reflexiones. Así quizás tomarían conciencia de qué es aquello que realmente están promoviendo con sus singulares prioridades.

Claudio Alvarado R., director ejecutivo Instituto de Estudios de la Sociedad

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/ AGENCIAUNO