El mero reemplazo de un gobernante es la panacea refuerza la peligrosa y ciertamente populista idea de que hay algunos iluminados que pueden resolverlo todo.
Publicado el 23.01.2016
Comparte:

Ante el errático y deficiente desempeño del actual gobierno de Michelle Bachelet, los tiempos de campaña presidencial parecen haberse adelantado. Varios ya comienzan a perfilar a potenciales candidatos que serían aptos para superar el contexto actual. En ese sentido, retorna la idea, tan propia de nuestro presidencialismo exacerbado, de que quien esté sentado en La Moneda cambiará los destinos del país.

Lo que obvia la fantasía personalista del caudillo salvador -la misma que llevó a Bachelet a su segundo gobierno- es que el problema político central es el poder. Porque lo que importa no es quién gobierna, sino qué instituciones nos protegen de aquellos que ejercen la autoridad, sobre todo si se presumen los redentores del país o los paladines de la justicia social.

El error frecuente a la hora de discutir quiénes deben gobernar es presumir que aquel que aspira a gobernante -sobre todo el de preferencia- está lleno de virtudes y se encuentra libre de los vicios que conlleva el ejercicio del poder. Bajo esa lógica, la mayoría de las personas -sin importar su posición ideológica o política- adopta una actitud casi religiosa frente a sus líderes, atribuyéndoles todas las cualidades posibles, incluso las que no tienen realmente. En otras palabras, creen que los problemas y vicios de la política se resuelven simplemente cambiando personas. Lo cierto es que, como advertía el filósofo liberal Karl Popper: “El principio del conductor o líder no reemplaza los problemas institucionales por problemas de personas, sino que crea, tan sólo, nuevos problemas institucionales”.

Creer que el mero reemplazo de un gobernante es la panacea refuerza la peligrosa y ciertamente populista idea de que hay algunos iluminados que pueden resolverlo todo. Además, obvia lo que parece convertirse en tendencia generalizada y transversal en Chile: la extensión de la injerencia estatal en cada ámbito de nuestra vida social y personal. Aquello, como advierte Popper, elimina “el problema del control institucional de los gobernantes y del equilibrio institucional de sus facultades. El mayor interés se desplaza, así, de las instituciones hacia las personas, de modo que el problema más urgente es el de seleccionar a los jefes naturales y adiestrarlos para el mando”. El caldo de cultivo para el caudillismo.

Para quienes -al igual que Popper- no creemos en filósofos reyes, ni el gobierno de los iluminados, ni en grupos, clases o razas infalibles para ejercer el poder político, la pregunta importante no es quién debe gobernar.

La pregunta importante es: ¿Qué instituciones políticas promovemos con el fin de evitar que los gobernantes ambiciosos e ineptos puedan ocasionarnos demasiado daño a través del poder del Estado? Esta es sin duda la pregunta más trascendente que deberíamos comenzar a hacernos.

 

Jorge Gómez A., director de Investigación de FPP.

 

FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO