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Publicado el 06 de junio, 2019

Un poco de Chornóbyl en HBO

Gestor de Desarrollo y Proyectos de Ciudadano Austral Javier Silva

Ucrania es más que Chornóbyl, es un país que hoy busca abrirse al mundo. Hasta hace no muy poco tiempo en la Casa de la Federación de Sindicatos de Ucrania, un edificio de unos 10 pisos ubicado en la Plaza de la Independencia, en Kyiv, se desplegaba una gigantografía en la que se leía en ucraniano e inglés: “La libertad es nuestra religión”.

Javier Silva Gestor de Desarrollo y Proyectos de Ciudadano Austral

El conductor del Uber anda un poco perdido y, como me ha tocado casi siempre en estos días, no habla inglés, por lo que cuesta que entienda las indicaciones de mi ubicación, cerca de la estación Minska (Kyiv, Ucrania). La nieve –que a mi juicio es una verdadera tormenta, pero es porque no estoy acostumbrado a este clima- dificulta todo un poco más. Finalmente me subo al auto y nos vamos a la calle Ivana Ogienka. Aún ni siquiera amanece.

Así comenzó el día que visité la planta nuclear «Vladímir Ílich Lenin», conocida en el mundo como Chernóbyl (Chornóbyl en ucraniano). Libros, blogs, videos en YouTube y hasta una película de zombies he visto sobre la planta y también sobre Prípiat, la ciudad que se construyó exclusivamente para albergar a los trabajadores y que hoy luce abandonada por la evacuación que hubo luego del accidente nuclear.

Hace algunas semanas HBO estrenó una miniserie de 5 capítulos inspirada en el accidente sucedido en 1986 en dicho lugar. Los personajes hablan en inglés, algo muy raro porque en esa época el idioma oficial en dicha zona era el ruso. Hoy, al ser parte del territorio de Ucrania, el idioma es el ucraniano. Eso le resta realismo a la serie.

A pesar de eso y de que sepamos cuál es el desenlace de la historia, con varios personajes que terminarán muertos por la radiación y otros que se suicidarán, es una muy buena producción porque expone en pantalla la inoperancia de los burócratas comunistas de la época y de cómo la ideología socialista socaba el valor del trabajo bien hecho.

Colgado al cuello llevo el contador Geiger amarillo, el que alertará cuando me acerque a algún punto con alta radiación. Marca 0.12 microsievert.

Para quienes hemos leído la obra de la Premio Nóbel de Literatura Svetlana Aleksiévich, sabemos que la primera historia del libro “Voces de Chernóbil” es la misma con la que comienza la serie; acá los productores han puesto el dedo en la llaga y, al igual que la escritora bielorusa, se han centrado en el hombre común soviético.

Hoy usted verá la serie sentado en la comodidad de su hogar, pero es necesario recordar que, si bien la producción tiene elementos de ficción, el telón de fondo en el que ésta se desarrolla es la tragedia de un pueblo, no solo sometido a las vicisitudes de un accidente radioactivo -ya de por sí dramático-, sino también al sufrimiento causado por el comunismo.

En el furgón que me transporta al tour ponen un documental sobre la planta nuclear. No es necesario verlo, ya todo está dicho. En el punto donde comienza la zona de exclusión hay unos kioskos adornados con el logo típico negro y amarillo de la radiación que venden todo tipo de souvenirs. En los parlantes de uno de ellos suena un disco de Elvis Presley. Es una frontera y militares revisan minuciosamente los pasaportes de quienes se aventuran a visitar uno de los lugares más contaminados del mundo.

Colgado al cuello llevo el contador Geiger amarillo, el que alertará cuando me acerque a algún punto con alta radiación. Marca 0.12 microsievert. Viktoria, la guía del grupo, dice que esa cantidad es inofensiva. No soy físico nuclear, ella tampoco, pero le creo.

Las consecuencias aún se sienten en Ucrania, Belarús y otros países de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. A modo de ejemplo, luego del accidente, en Belarús la tasa de enfermedades oncológicas se ha multiplicado por 74.

Luego de pasar por un caserío abandonado y visitar una posta rural y un almacén, llegué a Prípiat, la ciudad en que se ambienta la serie. No soy amante de la fotografía, lo que acá es una virtud. No es necesario tomar fotos; esas se encuentran por miles en internet. El lugar es especial porque es un hito del fracaso del socialismo, porque cientos de miles de personas víctimas del comunismo fueron llevados allá para sacrificarlos. Las consecuencias aún se sienten en Ucrania, Belarús y otros países de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. A modo de ejemplo, luego del accidente, en Belarús la tasa de enfermedades oncológicas se ha multiplicado por 74.

Es la hora de almuerzo, estoy en el monumento que está a la entrada del reactor incendiado, ahí donde ciudadanos inocentes fueron enviados engañados a controlar el incendio y la radiación, muriendo, posteriormente, por la radioactividad. Todo, culpa del estado soviético.

Cinco dólares, unos 3.200 pesos, cuesta el almuerzo en el comedor -con diseño ochentero- de la central nuclear, a unos 500 metros del reactor. Pongo el contador Geiger sobre la comida, para ver si está radioactiva; marca 0.18 microsievert. Todo en niveles normales.

Luego de recorrer los 150 km que separan a Chornóbyl de Kyiv, la capital de Ucrania, estoy de vuelta en la calle Ivana Ogienka, ahora esperando el Uber de regreso al departamento. Miro el celular que marca cero grados Celsius.

Ucrania es más que Chornóbyl, es un país que hoy busca abrirse al mundo. Hasta hace no muy poco tiempo en la Casa de la Federación de Sindicatos de Ucrania, un edificio de unos 10 pisos ubicado en la Plaza de la Independencia, en Kyiv, se desplegaba una gigantografía en la que se leía en ucraniano e inglés: “La libertad es nuestra religión”.  Con esta Ucrania me quedo, con la de Maryna, que con su editorial traduce literatura latinoamericana al ucraniano; o la de Andrei, que en los veranos hace voluntariados en otros países y ya habla seis idiomas; o la de Irene, que promueve el libre mercado tanto dentro como fuera de su país.

Ya en el departamento en Kyiv boto a la basura todo lo usado en el día: los lentes, el celular, la ropa, las zapatillas; solo me quedaré con el pasaporte y me daré una ducha, creyendo que me limpiaré de la radiación recibida durante la jornada. Mientras escribo esto leo unos tuits sobre la serie de HBO, véala.

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