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Publicado el 10 de mayo, 2020

[Reseña] La misión de Vladimir Putin

Periodista Juan Ignacio Brito

El misterio que rodea al presidente ruso es develado en la biografía escrita por el periodista norteamericano Steven Lee Myers. En El nuevo zar, Myers describe la trayectoria de Putin y muestra su implacable determinación para conseguir –cueste lo que cueste— que Rusia recupere la grandeza perdida.

Juan Ignacio Brito Periodista

El nuevo zar. Steven Lee Myers. Ediciones Península. 584 páginas.

Como quizás ningún otro líder en la escena mundial, Vladimir Putin parece incombustible. Su figura está presente desde que en 1999 saltó al primer plano desde una relativa oscuridad tras ser designado primer ministro. A partir de entonces, Putin ha reubicado a su país en el rol de superpotencia que perdió con la caída de la Unión Soviética. Lo ha hecho desafiando a un Occidente del que desconfía y creando a su alrededor el tipo de régimen autoritario unipersonal que los rusos han conocido tan bien a lo largo de su historia. El renacimiento de Rusia y su deriva autoritaria están indisolublemente unidos al hombre que ha regido los destinos del país durante los últimos 20 años y que, si todo resulta como él lo ha planeado, continuará en el poder al menos hasta 2034. “Existe Rusia y existe Putin. Si no hay Putin, no hay Rusia”, resumió apropiadamente en 2014 Vyacheslav Volodin, uno de los colaboradores más cercanos del mandatario.

Dados el protagonismo de Putin en la historia rusa reciente y el hecho de que él mismo ha cultivado el secreto en torno a su persona, parece obligatorio mirar al hombre y su trayectoria. Eso es lo que hace con aplomo el periodista norteamericano Steven Lee Myers en El nuevo zar. Gracias a su condición de corresponsal de The New York Times en Moscú durante más de siete años, el autor parece especialmente apto para escribir la biografía de Putin.

Desde el comienzo, Myers muestra a su protagonista como un representante de las contradicciones que ha debido soportar Rusia. Hijo de un comunista convencido, Putin nació en 1952 en un Leningrado todavía herido por la destrucción causada durante la Segunda Guerra Mundial. Su madre y su abuela materna, en cambio, eran fieles de la Iglesia Ortodoxa Rusa y bautizaron en secreto al pequeño Vladimir, quien años más tarde sorprendería a sus compañeros del KGB al declararse creyente.

“Camarada Platov”

Putin recorrió sin sobresaltos la trayectoria de un niño soviético de la Guerra Fría y a los 15 años se inscribió en el Komsomol, la rama juvenil del Partido Comunista. Su capacidad y disciplina personal le facilitaron entrar a la prestigiosa Universidad Estatal de Leningrado, donde comenzó a estudiar leyes y practicaba deportes, especialmente el judo. Cuando cursaba cuarto año, recibió un llamado telefónico de un hombre que no se presentó y le hizo una propuesta: “Necesito hablar contigo acerca de tu carrera”. Le ofreció ingresar a la KGB, el organismo de inteligencia soviético. Putin no lo dudó: dejó de lado un puesto en el Ministerio de Transportes y en 1975 se unió.

Aunque inicialmente trabajó en labores de contrainteligencia, Putin aspiraba llegar a ser espía. Dio un paso en ese sentido cuando fue transferido al Primer Directorado, encargado de la inteligencia exterior. Después de años de tedioso trabajo en Leningrado, en 1984 fue enviado a Moscú, donde estudiaría para irse destinado al extranjero. Un año antes se había casado con Lyudmila Shkrebneva, una ex aeromoza de Aeroflot a quien conoció en 1980, con la cual tendría dos hijas.

Luego de rendir sus exámenes en la escuela de espías, Putin fue enviado en 1985 a Dresden, en la antigua República Democrática Alemana, donde usaría su chapa (“camarada Platov”), aunque sus compañeros lo seguirían llamando por su sobrenombre: “Pequeño Volodia”. Era una destinación de segundo nivel, pero él estaba feliz, porque finalmente hacía realidad su sueño. En 1987 fue ascendido a teniente coronel y se convirtió en el subjefe de la oficina de la KGB en Dresden.

La URSS atravesaba por momentos tumultuosos. Mijaíl Gorbachov impulsaba reformas y el sistema se desmoronaba. Myers indica que, como “devoto oficial de un imperio moribundo”, Putin observaba con desazón la decadencia soviética y favorecía la introducción de cambios urgentes. Nada pudo hacer, en todo caso, para evitar el desenlace. Cuando cayó el Muro de Berlín, su actuación se limitó a sortear con valentía el asalto de su oficina por manifestantes alemanes indignados, a los cuales disuadió personalmente, blufeando con el uso de una fuerza de la que no disponía. El episodio convenció a Putin, según Myers, de que “su carrera en la KGB estaba llegando a su fin” y de que se avecinaba un doloroso período de postración nacional para Rusia.

De vuelta en su país y todavía en la KGB, Putin dio un paso que transformaría su vida: comenzó a trabajar para Anatoly Sobchak, el reformista alcalde de Leningrado. “Formaban una pareja curiosa”, escribe Myers. “Diferían en edad, temperamento y filosofía. Sobchak era extravagante y carismático; Putin, reservado, inherentemente desconfiado y amante del secreto. No compartía la hostilidad de Sobchak hacia la Unión Soviética, pero aun así sirvió a su nuevo jefe con la misma lealtad que había mostrado a sus jefes de la KGB”. En 1991, cuando los antiguos comunistas organizaron un golpe para derrocar a Gorbachov, Putin se alineó con Sobchak y los reformistas. Renunció al KGB y unió su futuro al de su nuevo protector. Cuando la URSS desapareció en diciembre de ese año, Putin estaba del lado vencedor. Sin embargo, afirma Myers, “no compartía la euforia que sentían muchos rusos”. Confesó a un amigo que la disolución de la URSS fue uno de los momentos más difíciles de su vida: “Me destruyó”.

Bajo el alero de Sobchak, Putin se convirtió en un hábil y silencioso operador político. Trabajólico y leal, se ganó la confianza de su jefe, escalando posiciones hasta llegar a ser el segundo en la alcaldía de Leningrado. Cultivó una fama de honestidad y eficiencia que le fue muy útil cuando Sobchak cayó en desgracia y fue aniquilado políticamente. Desempleado y sin conexiones políticas, Putin se preparó para lo peor. Pero fue llamado a Moscú y empezó a trabajar en el Kremlin. Ascendió rápido y en marzo de 1997 recibió un encargo complejo: debía luchar contra la corrupción en un país cuyo sistema estaba siendo corroído desde adentro por turbios vínculos entre los empresarios “oligarcas” que se habían hecho con los despojos del Estado soviético y una clase política venal que se ofrecía sin escrúpulos al mejor postor. Su nueva posición lo llevó a recorrer el país y a conocer el monstruo cara a cara. “Descubrió la extensión del fracaso en casi todo nivel del gobierno ruso; cómo su autoridad era ignorada, sus recursos malgastados por gobernadores y otros funcionarios que conspiraban con nuevos empresarios para robar lo más que pudieran”, señala Myers. Lo que vio lo dejó indignado.

La descomposición rusa se intensificó en el segundo mandato de Boris Yeltsin, un líder cada vez más acorralado e incapaz de dirigir al país, que solo era sostenido por el apoyo de los “oligarcas” que se aprovechaban de su debilidad. El país enfrentaba una rebelión de la guerrilla musulmana de Chechenia. En 1998 la economía se derrumbó y el país entró de nuevo en crisis, obligado a pedir ayuda a un Occidente que no paraba de humillar a la antes orgullosa superpotencia eslava, expandiendo la Unión Europea y la OTAN hacia la frontera misma de la ex URSS. Un desesperado Yeltsin recurrió a Putin, a quien casi no conocía, nombrándolo director del FSB, el organismo de inteligencia sucesor de la KGB. “He vuelto al lugar donde empecé”, le dijo Putin a Lyudmila al contarle acerca de su designación.

Una oferta irresistible

Yeltsin, debilitado y con la salud deteriorada, parecía tener solo un interés: evitar ser procesado por corrupción. Mientras, el país se hundía a su alrededor: el rublo fue devaluado, la crisis empeoraba en Chechenia y Yugoslavia, aliado ruso, era bombardeado por la OTAN. Peor aún, a fines de 1999 se celebrarían elecciones parlamentarias y, al año siguiente, presidenciales.

Acorralado e impopular, el presidente convocó a Putin a su dacha en las afueras de Moscú: “He tomado una decisión, Vladimir Vladimírovich, y me gustaría ofrecerte el puesto de primer ministro”. Putin dudó, pero aceptó. “Trabajaré donde usted me asigne”, respondió. Pero Yeltsin tenía algo más en mente. “¿Y en el puesto más alto?”. La propuesta sorprendió a Putin, quien quedó de pensarlo. Yeltsin acababa de ofrecerle convertirse en su sucesor.

El 9 de agosto de 1999, cuatro días después de la cita con Yeltsin, Putin asumió como primer ministro. Tenía 46 años y una “misión histórica”, afirma Myers: acabar con la guerra en Chechenia, una humillación que hería el alma rusa y ponía en peligro la subsistencia del Estado. “Si no le ponemos término inmediato, Rusia va a dejar de existir”, recordó más tarde haber pensado.  Muy pocos creían que podría tener éxito. Para casi todos, “Putin era visto como una figura transicional que pronto sería desplazada”, apunta Myers.

Se equivocaban. Putin jugó sus cartas: ordenó invadir Chechenia y someter a los rebeldes. La élite rusa pensó que era un disparate. El público, en cambio, estaba harto de los “bandidos chechenos” y apoyó la operación, que resultó exitosa e hizo imprevistamente popular al primer ministro. Yeltsin ya no tuvo dudas: el 14 de diciembre lo llamó y le repitió la oferta de agosto. Putin aceptó. El 31 de diciembre, Yeltsin anunció su dimisión. “Rusia debería entrar en el nuevo milenio con nuevos políticos, nuevas caras, nueva gente que sea inteligente, fuerte y llena de energía”, dijo. Putin reunía esas características. Según Myers, “parecía representar una fuerza política nueva e independiente. (…) En la basura de la política rusa, era el único que parecía no manchado por las intrigas de oligarcas y políticos que habían consumido a Rusia en los últimos ocho años”. Estaba decidido a mostrar que las cosas habían cambiado. En su primer acto como presidente, viajó a Chechenia a condecorar a los soldados que allí combatían. ¿Su objetivo? “Restaurar el honor y la dignidad de Rusia”, según declaró a los medios.

Tras ganar con facilidad las elecciones presidenciales de marzo de 2000, se lanzó de cabeza a la tarea, marcando un contraste con la pasividad del último período de Yeltsin. Desde el inicio, actuó con mano de hierro: prefirió sacrificar a los 118 tripulantes del submarino Kursk, que se hundió en el mar de Barents, antes que permitir la humillación de recibir ayuda de Occidente y arriesgar la revelación de secretos militares; intervino medios críticos a su gestión, especialmente la TV; persiguió a los oligarcas y los obligó a exiliarse; envió a prisión y aplastó al único que se atrevió a enfrentarlo, Mijaíl Jodorkovsky, quien pasó una década encarcelado en Siberia; conocedor del valor estratégico de los recursos naturales (en 1995 había escrito un informe al respecto), renacionalizó la industria del gas y el petróleo; no dio cuartel a los terroristas chechenos que  tomaron rehenes en un teatro en Moscú (2002) y una escuela en Beslán (2004), con asaltos que dejaron centenares de civiles muertos; restauró los símbolos soviéticos de grandeza, como la bandera roja del Ejército y la letra del himno nacional; cuando Occidente defraudó su confianza, se alejó y promovió el interés nacional ruso, ya fuera invadiendo Georgia en 2008, cerrando la llave del gas a Europa en 2009 o lanzándose sobre Crimea y Ucrania en 2014 (según Myers, el presidente ha llegado a la convicción de que Occidente quiere subyugar a Rusia); su gobierno probablemente estuvo detrás de los asesinatos del ex espía Alexandr Litvinenko en Londres (2006), la periodista Anna Politkovskaya (2006) y el político liberal Boris Nemtsov (2015). En el camino, cambió la constitución para tener más atribuciones; se rodeó de un grupo de incondicionales y empresarios a los que ha beneficiado con descaro en los negocios públicos (los “oligarcas de Putin”); promovió el culto a su personalidad, dejándose fotografiar como “macho alfa” con el torso desnudo mientras cazaba osos en Siberia y montaba a caballo; se divorció de Lyudmila y se emparejó con la atractiva ex gimnasta olímpica Alina Kabayeva, 20 años menor que él; creó una estratagema electoral, instalando por un período en el Kremlin a su primer ministro, Dmitri Medvedev, para luego recuperar la presidencia en 2012 y no soltarla más.

El héroe ruso

Putin heredó de Yeltsin un país desmoralizado y en ruinas, consumido por la crisis económica, la corrupción, la humillación internacional y la falta de autoridad. “Rusia está en el medio de uno de los períodos más difíciles de su historia. Por primera vez en los últimos 200 a 300 años, enfrenta la amenaza real de caer hasta convertirse en un país de segundo o tercer orden en el mundo”, había escrito en diciembre de 1999, pocos días antes de convertirse en presidente. El antídoto que vislumbró consistía en restaurar la autoridad del Estado para recuperar el propósito nacional extraviado: “Rusia necesita un poder estatal fuerte y debe tenerlo”. Más tarde complementaría la idea con un concepto tan decidor como contradictorio. Lo que el país necesitaba, afirmó, era una “dictadura de la ley”.

A lo largo de dos décadas en el poder, Putin se ha reafirmado en su convicción inicial de que todo se reducía a un problema clave: Rusia se había convertido en un país frágil y eso suponía una amenaza para la seguridad nacional. Como él mismo advirtió en un discurso televisado luego de la tragedia de Beslán, Rusia no puede darse el lujo de ser débil, “porque los débiles son derrotados”. Su larguísimo gobierno ha estado cruzado por el implacable afán por devolver a Rusia la grandeza perdida luego de la “catástrofe geopolítica” que significó, según sus palabras, la caída de la URSS. Lo que Putin aspira a recuperar a cualquier costo para su país es el mito de la “tercera Roma” esbozado en la Edad Media y al que han apuntado todos los grandes líderes rusos.

No cabe duda de que Putin se considera a sí mismo como un restaurador de esa tradición. En su mente, su destino aparece íntimamente ligado al de Rusia. Hay quienes, como el novelista opositor Vladimir Sorokin, advierten en ello un sino trágico, pues provoca que “todos sus miedos, pasiones, debilidades y complejos se conviertan en política de Estado”. Putin, por supuesto, prefiere entenderlo de otra manera. A él le gusta verse como el héroe ruso que alguna vez describió Iván Ilyin, un filósofo/místico al que ha citado y en el que busca inspiración. Desde su exilio en Suiza –era un ruso blanco— Ilyin definió en 1925 un ideal cuasi sagrado con el cual Putin se identifica: “Un héroe que carga en sus hombros el peso de su nación, de sus infortunios, su lucha, su búsqueda, y, habiéndola tomado, vence. Vence solo por hacerlo, mostrando a todos el camino hacia la salvación. Y su victoria se convierte en un ejemplo y faro, un logro y el llamado, la fuente de la victoria y el comienzo de la misma para todo aquel conectado en el todo con él por el amor patriótico. Por eso es que permanece para su pueblo como una fuente viva de ánimo y alegría, y su nombre suena como la victoria”.

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