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Publicado el 10 de mayo, 2020

[Reseña] Frágiles, emocionales y moralistas

Periodista Juan Ignacio Brito

Si se toma en serio la hipótesis de que el quiebre generacional es una de las causas principales del estallido del 18 de octubre, entonces parece obligatoria la lectura de La transformación de la mente moderna, de Jonathan Haidt y Greg Lukianoff. Aunque el texto examina la situación que enfrentan las universidades norteamericanas, resulta sencillo extrapolar sus contenidos a nuestra realidad, pues en los jóvenes chilenos son reconocibles muchos de los rasgos que los autores mencionan a lo largo de las 437 páginas del libro. Por lo mismo, este debería ser leído también con atención por los educadores, pues ayuda a entender mejor las motivaciones de una generación que es difícil de abordar en el aula.

Juan Ignacio Brito Periodista

La transformación de la mente moderna. Jonathan Haidt y Greg Lukianoff. Editorial Deusto.

Los autores enfocan su mirada sobre lo que denominan la iGen, el grupo que creció con internet y acceso a las redes sociales y que acá llamamos la “generación Z” o “centennials”. Según Jean Twenge, psicóloga de la Universidad Estatal de San Diego, esta comprende a los nacidos a partir de 1995, es decir, a la cohorte que actualmente asiste a la educación superior o acaba de egresar de ella y que sigue a la de los “millennials” (generación Y). Haidt, psicólogo social, y Lukianoff, presidente de una ONG que promueve la libertad de expresión en los campus universitarios, señalan que muchos miembros de la iGen han desarrollado “hábitos mentales comúnmente presentes en personas que padecen ansiedad y depresión”, sienten “temor o ira (ante) las palabras, libros y oradores” controversiales, exageran el peligro, reaccionan emocionalmente, juzgan sin matices, e incorporan “una serie de distorsiones cognitivas”. En definitiva, “piensan de manera distorsionada, lo cual eleva su probabilidad de volverse frágiles, sufrir ansiedad y sentirse heridos fácilmente”.

Ambiente enrarecido

Son estas las razones que han conducido a un ambiente enrarecido en muchas universidades estadounidenses, donde los oradores polémicos son vetados y funados; los clásicos son eliminados de las bibliografías por misóginos, imperialistas, sexistas, etc.; los profesores deben cuidar sus conductas y sus palabras; y los reclamos de los alumnos son atendidos con presteza y obsecuencia por las autoridades. Los estudiantes se quejan de “microagresiones”, solicitan y obtienen “espacios seguros” y los docentes deben pronunciar “alertas de detonante” cuando tocan un tema que puedaresultar sensible o traumático para algún estudiante.

El significado de palabras como “trauma” ha ido sufriendo lo que los autores llaman un “desplazamiento conceptual”, desde lo físico y objetivo a lo emocional y subjetivo. Lo mismo ocurre con términos como abuso, violencia, maltrato y daño. Ahora el criterio que rige para declararlos de manera incuestionable es sentirlos y valorarlos como tales. Basta que un joven afirme sentirse traumatizado, abusado, violentado, maltratado o dañado, para que así se le considere.

El frontal rechazo de la iGen a cualquier situación que le provoque un grado de incomodidad se debe, según los autores, a la sobreprotección bienintencionada que ha recibido de sus padres y educadores, la cual “podría acabar causando más mal que bien” al preparar deficientemente a los adolescentes para las contrariedades y desafíos de la vida adulta. Las razones de esta sobreprotección se encuentran en el profundo arraigo que han conseguido tres falacias o “ideas falsas” en la mentalidad de los jóvenes Z.

Haidt y Lukianoff sostienen que los jóvenes de hoy han crecido escuchando que son frágiles, que “lo que no te mata te hace más débil”. Les han repetido una y otra vez que “los fracasos, los insultos y las experiencias provocarán un daño duradero que es perjudicial en sí mismo”. Ignorando la realidad de que los seres humanos somos por naturaleza “antifrágiles” y que “necesitamos desafíos físicos y mentales y estresores para no deteriorarnos”, padres y educadores han construido alrededor de los jóvenes Z una “cultura de la ultraseguridad” que evita exponerlos a riesgos.

La segunda falsedad que denuncian los autores es la idea de que lo que importa para comprender la realidad son las emociones, lo que se siente, y no la razón. En la iGen prevalece el pensamiento emocional. Sus miembros basan su interpretación y conocimiento del entorno en lo que perciben sus sentimientos. En lugar de pensar, “sienten”.

Por último, la tercera falsedad es la exacerbación entre los jóvenes Z de la inclinación tribal que naturalmente poseen todas las personas, lo cual hace que exhiban poca tolerancia ante las visiones distintas y tiendan a juzgar sobre la base de criterios de exclusión (“nosotros contra ellos”) y absolutos (las cosas son blancas o negras, sin grises).

La combinación de estas tres falsedades puede terminar dando origen a una mezcla tóxica que explica las demandas de los estudiantes a sus universidades y el clima que se ha ido imponiendo en estas. No es extraño que una generación que se autopercibe como frágil, piensa emocionalmente y juzga con beatería moral tenga poca paciencia y resista incluso con violencia toda propuesta u opinión que considera peligrosa para su bienestar.

Intimidación y violencia

Las tres falsedades expuestas por Haidt y Lukianoff se han venido manifestando de forma visible durante los últimos años en los campus universitarios norteamericanos, donde ocurren episodios muy graves de violencia e intimidación que no encuentran una respuesta decidida de parte de las autoridades de los planteles afectados. Como consecuencia, se ha ido imponiendo un clima de autocensura, matonaje, caza de brujas, funas y retractaciones forzosas que reduce la libertad de los académicos y estudiantes y actúa en sentido contrario de lo que se espera de la enseñanza universitaria. Porque, como decía Hannnah Holborn Gray, ex rectora de la U. de Chicago, “la intención de la educación no debería hacer sentir cómoda a la gente; su propósito es hacerla pensar”.

El objetivo planteado por Gray se ve amenazado por la claudicación ante la generación Z que denuncian Haidt y Lukianoff. Estos postulan una solución en dos partes para acabar con este fenómeno. Primero, “preparar al niño para el camino y no el camino para el niño”, mostrándole desde chico que el bien y el mal habitan en el corazón de todos, limitando su uso de pantallas, promoviendo el voluntariado juvenil y, sobre todo, apoyando a quienes resisten las tres falsedades. Luego, reforzar en las universidades la búsqueda de la verdad como labor prioritaria, para que sume conocimiento y lo transmitan a sus estudiantes sin temores ni cortapisas.

Los autores advierten que la mayoría de los rectores y autoridades universitarias en EE.UU., así como la mayor parte de los alumnos, reconocen que el clima que se ha instalado en los campus es nocivo y que sería mejor para todos que las cosas fueran normales. El problema es que no se atreven a imponerse a una minoría ruidosa y radical. Las instituciones que primero lo hagan, profetizan Haidt y Lukianoff, captarán a los mejores postulantes y serán las preferidas por los padres responsables. Ellas estarán en condiciones de educar mejor a la generación siguiente, para que “sus miembros sean más fuertes, más ricos, más virtuosos e incluso más seguros”. Darán así cumplimiento a la máxima pronunciada en 1750 por Benjamin Franklin, al fundar lo que más tarde sería la Universidad de Pensilvania: “Nada es más importante para el bienestar común que formar y entrenar a los jóvenes en la sabiduría y la virtud. Los hombres sabios y buenos son la fortaleza de un Estado, mucho más que la riqueza y las armas”.

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