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Publicado el 10 de mayo, 2020

[Reseña] El «misterio» Ibáñez

Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH Cristián Garay

El ascenso de Carlos Ibáñez del Campo al poder no deja de ser asombroso. Hombre poco simpático, forja su carisma en las antípodas del dictador latinoamericano y, sin embargo, se le puede considerar dictador. En esta biografía política, el historiador Enrique Brahm García aborda las paradojas de un personaje que cambia decisivamente la historia nacional.

Cristián Garay Historiador, académico del Instituto de Estudios Avanzados, USACH

Carlos Ibáñez del Campo. El camino al poder de un caudillo revolucionario. Enrique Brahm García. Santiago de Chile, Centro de Estudios Bicentenario, 2019. 455 páginas.

En una cuidada edición, que dispone de un índice onomástico, Enrique Brahm –historiador y académico– publica un relato biográfico y político del ascenso de Carlos Ibáñez del Campo en su primera época. El objeto de su análisis es el ascenso “sorpresivo” entre 1924 y 1932 del entonces joven oficial al poder, como portavoz generacional de los militares jóvenes que manifestaron su descontento frente al parlamentarismo por las aspiraciones de grupos medios y bajos que reclamaban contra la visión de una élite republicana que estaba de espaldas a sus reclamos. No podía ser de otra forma, ya que, como relata Brahm, esto se hizo en rebeldía de la sintonía de los altos mandos, salvo algunas excepciones, con ese grupo dirigente y sus intereses y visiones.

Dicho esto, Brahm consigue un fresco epocal al destinar la parte inicial de su narración a describir los cambios de una época que, tras la Primera Guerra Mundial, desecha el liberalismo clásico y se aviene a concebir formas económicas más proteccionistas (nacionalistas), mayor presencia del Estado (keynesianismo) y formas de paternalismo o de Socialismo de Estado a lo prusiano, que son la respuesta a la amenaza del primer sovietismo, y de corrientes que como el anarquismo o el sindicalismo que  habían puesto en jaque a los Estados pos 1914.

Es una biografía política que se basa en el archivo de la familia Ibáñez junto a una innumerable cantidad de lecturas, memorias y trabajos que el autor ha espigado por varias décadas. Este libro es la coronación, y así cabe considerarlo, de un quehacer centrado en lo que se podría denominar el “misterio” Ibáñez. Este misterio consiste en que los cambios, si bien muy parecidos a los que impulsaba en clave civil Arturo Alessandri Palma, se sustentaban en cierta voluntariedad y conducción que podríamos considerar superficialmente como personalista. Pero es difícil encontrar cuál era el carisma, es decir ese atributo aglutinador de Ibáñez. No era su carácter, hosco y poco comunicativo, pero firme. Su carisma, si cabe la expresión, fue el ascendiente sobre sus compañeros y generaciones más jóvenes de la milicia que, como demuestra Brahm, no obedecían al capricho, sino a una concordancia con los ideales políticos de reforma desde la joven oficialidad.

Para ello Brahm nos traslada a los inicios de un inexperto Carlos Ibáñez llegando a la Escuela Militar, parte de una familia campesina sin mayores padrinos ni contactos con el ambiente militar. Una carrera sin grandes sobresaltos, donde el temple del joven oficial se disciplina y ordena. Un episodio afortunado lo lleva de misión a El Salvador (1903-1909), donde como instructor de su Escuela Politécnica Militar debe afrontar una batalla decisiva, la de Platanar (1906), en la que parece haber tenido gran papel en la victoria. Pasa a ser de un instructor chileno más a un destacado héroe de guerra, que además se enlaza con una dama de la sociedad, de la que años después enviudará.

Y aquí pudo haber concluido la historia, con un matrimonio afortunado y una acomodada situación. Pero no fue así: Ibáñez pide volver a Chile y reiniciar la carrera, ahora con el prestigio de una “guerra de verdad”, con menos sueldo y grado, pero prestigiado entre sus iguales. También confirmado en su diagnóstico crítico acerca de las clases altas en Chile y El Salvador, y su comprensión que se necesitaba el cambio. Brahm indaga no solo en estas preferencias, sino en cuál era el ámbito conceptual en que se movía, y era el modelo del estado intervencionista. También era el hombre que pensaba en la necesidad de cambios sociales, pues había visto las deficiencias del bajo pueblo en los contingentes de conscriptos.

De allí se forja un líder entre una generación de oficiales que, objetivamente, estaba mejor seleccionada e instruida que las precedentes. Un grupo que leía, tenía sus revistas, y que manifestaba reticencia por la situación de los cuarteles y también del país. Resentía de los oficiales de origen civil incorporados en la Guerra Civil del 91, de la relación entre los ascensos y ese poder político, y de los problemas sociales sin resolver, aspecto que comprende el capítulo II del libro.

Como se sabe, Ibáñez fue el articulador, en los hechos, de las demandas del Manifiesto del 11 de septiembre de 1924 de los jóvenes oficiales. Lo demás (el ruido de sables, la salida de Alessandri, el ascenso de Ibáñez) ya es historia. Una que Brahm va enhebrando con sus actos y apoyos políticos –los militares y los tecnócratas–, con las ideas y experiencias contemporáneas, especialmente el primorriverismo en España (también del caudillo salvadoreño Tomás Regalado, a quien conoció), y con su concepción de un Estado con una plataforma industrial y de servicios. En marzo de 1927, manifestó a La Nación “que se consideraría a sí mismo siempre como el gran defensor de los principios que habían motivado la intervención militar” (p. 388).

Él era parte de los “hombres nuevos” que constituían su círculo íntimo de colaboradores y que le separó de la experiencia de los políticos del parlamentarismo. Una singularidad es que creó instituciones, por ejemplo, Carabineros de Chile o la Contraloría General de la República, y no se agotó en el liderazgo caudillista. Siempre en un afán de imponer ciertos estándares de moralidad pública que Brahm transcribe con germánica precisión.

Hombre nada simpático, forja su carisma en las antípodas del dictador latinoamericano, y sin embargo se le puede considerar dictador. Su actividad gubernativa descansa en el carácter remodelador de sus transformaciones económicas e institucionales, y en la impronta de realizador de obras públicas que es común a otros caudillos militares de esa y otras épocas.

La paradoja del “dictador Ibáñez” es que sus cambios fueron en sintonía con las demandas sociales de los civiles. Que siendo él una persona poco intelectual (caracterizado por sus adversarios en forma muy rudimentaria), sus ideas tenían fundamentos sólidos, teniendo un diagnóstico sobre su propia experiencia del país (antes de acceder el poder), y que su búsqueda del poder no se agotaba en una apetencia sin fondo. A la luz de la imagen que surge de Brahm, Ibáñez es el caudillo generacional, que sobre el Ejército forja su destino, y cambia decisivamente la historia nacional. Es el Ibáñez de la primera época que vuelve a ser revisitado, después de unos pocos estudios (Diego Miranda, Crescente Donoso, Harry Scott) de forma creemos bastante definitiva y donde se resuelve esta aparente “sorpresa” de la irrupción de Ibáñez: para Brahm no la había, se forjó una comunidad de intereses y de acción en el seno de una milicia que deseaba otro Chile.

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