Como es usual en gobiernos populistas de izquierda, el principal instrumento para cumplir con las promesas electorales que los llevaron al gobierno es aumentar los impuestos y repartirlos entre los más necesitados. Nada de malo en el objetivo, pero como es habitual, el mecanismo para conseguirlo es mal utilizado. No es casualidad que Karl Marx, el padre del comunismo, sostuviera que: “Solo hay una manera de matar al capitalismo: con impuestos, impuestos y más impuestos.” Y al parecer, sus seguidores en esta estrecha franja de tierra estarían siguiendo sus consejos.

En esta ocasión, sin embargo, no se trata de una propuesta del actual Presidente o del futuro, más bien, un grupo de parlamentarios de oposición han decidido, saltándose el orden constitucional vigente, aumentar los impuestos, aunque ello sea prerrogativa exclusiva del Presidente de la República, vigente desde la Constitución de 1925. 

Lo que votaron estos diputados es gravar tributariamente a los altos patrimonios, o como lo denominan otros en forma más coloquial, a los súper ricos. A pesar de que es un impuesto que “suena” como justo, pocos lo pagan y en el ámbito académico y práctico es bastante cuestionado por su baja efectividad recaudatoria, pero más que nada por el impacto negativo que genera en la inversión, y por ende en el crecimiento económico.

Una parte importante de nuestra clase política se ha doblegado incondicionalmente al populismo en el último tiempo, pues ya son muchos los casos donde la desprolijidad intelectual y el oportunismo electoral parecieran ser los motivos que los representantes poseen para legislar. Es el caso de los retiros de las AFP, incluidas las rentas vitalicias, ya sancionado por inconstitucional, y el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), que ha tenido varios efectos negativos que ha afectado, por supuesto, a los más pobres, o al 80% más vulnerable de los chilenos.

El dólar a $830 en vez de $700, tasas hipotecarias a UF + 5%, en vez de 3% y con plazos no mayores a los 20 años en vez de 30, la inflación en más de 7% anual (aunque esto es también un fenómeno mundial) que obligó al Banco Central a elevar la tasa de política monetaria desde 0.25% en junio de 2021 a 4% en diciembre del mismo año, y muchos creen que en enero la subirá otro 1% adicional.

Dentro de los 38 países miembros de la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico), sólo tres mantienen impuestos a los altos patrimonios, y otros 10 lo han derogado. Otros fuera de la OCDE lo han intentado, y a pesar de que han conseguido recaudar algo, muy inferior a lo previsto, en general lo que sí se consigue es una fuga de capitales al exterior. Este gravamen es expropiatorio, puesto que recae sobre un caudal que ya tributó en el pasado, y que por lo tanto genera un desincentivo a su acumulación, lo que afecta muchas variables financieras, entre ellas a la capacidad de las empresas para levantar capital, aumento en las tasas de interés y el dólar, todas consecuencias que hoy día se aprecian claramente en nuestro país. 

¿Cuándo se darán cuenta los ciudadanos, que con su voto eligen a políticos populistas, cuyo objetivo no es promover leyes que mejoren su calidad de vida, si no que apernarse o acceder al poder?, ¿cuándo entenderán que dotar a los políticos y al Estado, manejado por ellos, de más recursos, no implica mejoras en calidad de vida, salvo para los más cercanos al poder, como lo prueban las experiencias de varios países donde el control y reducción del gasto fiscal y del poder político han sido las recetas probadamente exitosas para el bienestar de la población más vulnerable?

El ejemplo más obvio es el norte y sur de Europa. Los primeros gozan de una calidad de vida muy superior a la de los segundos, a pesar de que el capital cultural, económico y social son parecidos. La diferencia la hacen las personas.

No hay que desincentivar la creación de riqueza y el emprendimiento con impuestos. Winston Churchill decía que “muchos miran al empresario como el lobo que hay que abatir; otros lo miran como la vaca que hay que ordeñar y muy pocos lo miran como el caballo que tira el carro”. El PC, el Frente Amplio y algunos otros, tratan de convencernos de que el Estado y los burócratas que lo manejan pueden proveer el bienestar que anhelamos. Como ha sido la tónica desde el siglo pasado, estos ilustrados de la igualdad están dispuestos a hacer nuevamente el experimento en Chile, probadamente fracasado en donde se ha aplicado, y creen que en esta ocasión serán exitosos sólo porque ellos lo comandarán.   

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