La Convención Constitucional ha entrado en tierra derecha. Las comisiones están discutiendo las propuestas que contendría la nueva constitución que se va a proponer al país, ya han votado algunas y el pleno tendrá que conocerlas y votar para decidir si forman parte del texto que se someterá a plebiscito. Setentaisiete iniciativas populares de norma alcanzaron más de quince mil firmas, superando el umbral para que los convencionales decidan si incluirán algunas en su proyecto en un proceso de participación popular que involucró a más de 900 mil personas. Más de 60.000 de ellas dieron su apoyo a la iniciativa más popular: Con mi plata NO, que superó largamente a las demás. Veremos qué destino da la convención.

La etapa de redacción de la propuesta constitucional se desarrollará junto con el inicio del gobierno de Gabriel Boric, un período de mucha buena onda para la nueva administración, como lo indican las encuestas de opinión y también la cobertura de varios medios de comunicación, que en una rápida transición transformaron a Chile desde el infierno en que reinaban la desigualdad y el hambre a un país del primer mundo en que las noticias giran en torno al perro del presidente electo y su preferencia por la mayonesa casera.

En medio de este ambiente la centroderecha debe discutir sobre la utilidad de establecer acuerdos parciales en la Convención, como el que se hizo con el Partido Comunista sobre el régimen presidencial para preservar el presidencialismo, o bien dejar testimonio de las posiciones propias sin entrar en negociaciones. No es una decisión fácil, pues se tiene la percepción que los meses que vienen, con el ambiente que hemos descrito, consolidarán en las mayorías la sensación de que hay que aprobar de todos modos una nueva constitución y es muy difícil que se imponga la opción de rechazo. La falta de profundidad de la discusión pública contribuye a ello y tengo la impresión que una inmensa mayoría de los chilenos, mayor a cualquier otra, no leerá siquiera el texto antes de emitir su voto.

Hay sólo una cuestión que puede cambiar esto: que la composición extremista de la convención lleve a que se proponga un mamarracho (no soy el primero en usar ese término para referirse a lo que puede emanar de la convención). Las cosas que hemos escuchado en la última semana hacen que Patricio Fernández se declare desolado por el rumbo que han tomado las cosas; Agustín Squella también ha sido crítico. Convencionales que afirman que Dios viola los derechos humanos; que Chile no es una nación sino trece; que se debe controlar desde el Estado a los medios de comunicación para que digan la verdad; que debe haber sistemas de justicia independientes para distintas identidades no sujetas a la tutela de un poder judicial autónomo; y que deben nacionalizarse (expropiarse) las empresas mineras, hacen pensar que no es descartable que el texto sea, en definitiva, tan dañino para nuestra convivencia como país que una mayoría rechace la nueva constitución.

Pero tampoco es tan fácil dar por hecho que ese ambiente “terraplanista” prevalecerá, especialmente si hay convencionales de izquierda que se niegan a aceptar propuestas insensatas y enfatizan que el pleno de la convención aún no aprueba las propuestas de las comisiones. Hay, también, otros interesados en esconder, tras consignas fáciles y buena onda, normas constitucionales muy dañinas para el país. 

De modo que una estrategia adecuada parece ser discutir en el fondo cada una de las materias y enfatizar la oposición a aquellas que son contrarias al sentido común de la población. Ello no significa descartar a priori la opción del rechazo, pues las mayorías de la convención han dado muestras de una desubicación espacial tal que pudiera llevar a que ese camino sea inevitable para quienes desean vivir en un país razonable. La manera de juntar fuerzas para esa alternativa puede ser convencer a los dudosos que el camino propuesto es insensato y ello pasa por dar la mayor visibilidad posible a las propuestas carentes de sentido o derechamente dañinas para Chile. No hay que confiar en el rechazo como única alternativa, así como tampoco confiarse en que la regla de los dos tercios arreglará el mamarracho que puede surgir desde las comisiones. El poder de las “funas” es muy fuerte en la convención y tanto en la derecha como la izquierda hay gente muy sensible a ellas. 

Lo que no parece razonable es entregar anticipadamente, sin discusión siquiera, instituciones como el bicameralismo que contribuyen al equilibrio de poderes. Tampoco debilitar tanto al Senado hasta convertirlo en un elemento decorativo, pues tras el equilibrio de poderes hay una cuestión de principios. Lo que corresponde ahora, a mi juicio, es entrar en todas las discusiones de fondo. Adelantar el debate y con esa estrategia lograr demostrar la desmesura de algunas propuestas y así moderar el texto que se proponga por el pleno de la convención. Si esa moderación finalmente no se produce, habrá que jugársela derechamente por el rechazo, pero la discusión pública de las normas empieza ya.

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2 Comentarios

  1. Ahora se ve mas claro que antes lo grave que fue entregar la Constitución, además fue entregada ¿a cambio de qué? ¿de la paz social? No se detuvieron un solo minuto las jornadas de destrucción, barricadas, saqueos, incendios. Es un poco tarde para preguntárselo sin embargo ¿valió la pena? entregar la Constitución fue entregar el país entero, sus instituciones, sus certezas, sus posibilidades futuras, su convivencia. ¡¡No valió la pena!! el Presidente terminó su mandato y le entregará el poder a un representante de la misma ultra izquierda que manda en la Convención. ¡¡Un desastre!!

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