Resulta difícil dejar a nuestra mente escapar de su inquietud por el encantamiento colectivo que vive un grupo tan importante de chilenos tras el triunfo de Gabriel Boric. Ésta se agrava por el espectáculo de la Convención Constitucional, que ha dado una nueva muestra de su gobernabilidad al tener que votar ocho veces y deliberar más de veinticuatro horas, sin ponerse de acuerdo para elegir a un nuevo presidente o presidenta al momento de escribir estas líneas.

Quienes tienen tan altas responsabilidades en el futuro de nuestro país coinciden hasta ahora en un discurso que, simplificando, nos lleva a transitar el camino opuesto al que han emprendido todos los países que han tenido éxito en mejorar la calidad de vida de sus habitantes. La verdad es que, a partir de sus dichos, un análisis racional nos lleva a concluir que la segunda vía chilena al socialismo también terminará mal.

Por eso, en la ansiedad de esperar hasta el 11 de marzo para ver cómo se instalará en definitiva el gobierno de Boric, tratamos de pensar en otra cosa y las noticias internacionales nos traen un caso que nos llama la atención. Se trata de la caída de Elizabeth Holmes, la mujer que deslumbró a Silicon Valley y también a algunos en Wall Street con su empresa Theranos. Una mujer atractiva y joven logró levantar capital para su empresa, un laboratorio de exámenes médicos que revolucionaría el mundo de la medicina. Alejándose del aburrido mundo de los exámenes de sangre, con muestras obtenidas con el consabido método de extracción y procesamiento que todos hemos recorrido más de una vez, Theranos ofrecía una maravilla: un simple pinchazo en el dedo que hacía brotar una gota de sangre bastaba para reemplazar el engorroso procedimiento de exámenes de laboratorio usado hasta ahora para diagnosticar enfermedades por parte de la totalidad de los médicos.

La idea encantó a la prensa, que transformó a Elizabeth Holmes en una heroína. Ella había dejado sus estudios de ingeniería química en la Universidad de Stanford para fundar su empresa el año 2004, lo que llevó a que fuera catalogada como la nueva Steve Jobs. La revista Forbes la incluyó entre las mujeres más ricas de Estados Unidos y la cadena Walgreens cayó en el encantamiento, firmando un contrato para que Theranos realizara exámenes en sus establecimientos en todo el país. Una historia perfecta para desafiar el aburrido y machista mundo de las grandes corporaciones estadounidenses.

Esta historia, no obstante, escondía una oscura trama que se desarrollaba paralelamente. Theranos empezó a tener crecientes problemas para analizar las muestras obtenidas de sus simples pinchazos en el dedo. El problema logístico que enfrentó superaba las capacidades de la empresa. Tuvo que empezar a recurrir a los laboratorios tradicionales para procesar sus muestras; algo así como si Boric y compañía acudieran a los arquitectos de los vilipendiados treinta años repudiados en el “estallido social” para sacar su difícil tarea adelante. Pero ni siquiera eso resultó, pues el método que patentó Theranos no servía para la escala en que pretendió ponerlo en práctica y la empresa empezó a fallar en sus promesas de tiempo de entrega de los resultados de exámenes.

Periodistas que hacen bien su pega, en el Wall Street Journal, empezaron a investigar el año 2015, descubriendo entre otras cosas que Theranos estaba haciendo sus análisis en laboratorios tradicionales. Luego la propia empresa anuló dos años de resultados de sus exámenes de sangre y corrigió miles de ellos. La justicia entró a tallar y concluyó que Theranos inventó y falsificó resultados de exámenes, acusando a Elizabeth Holmes de fraude masivo.

Después de varios años, un jurado ha declarado a Elizabeth Holmes culpable de cuatro cargos de conspiración para defraudar y enfrenta la posibilidad cierta de ir a la cárcel. Concluye así la historia de una idea aparentemente brillante, que venía a reemplazar a un esquema aburrido y lento. La iniciativa fue apoyada acríticamente por la prensa y buena parte de la opinión pública que aplaudieron la voluntad de cambio y el carisma de su autora. Sin embargo, este estupendo relato carecía de sustancia y así embaucó a inversionistas poco reflexivos.

La lección es que no basta un buen relato y tampoco son aconsejables los atajos, sino que es mejor recorrer el camino que aconsejan los expertos. El progreso de la humanidad se logra con el mejoramiento continuo y con la innovación, cuando ésta tiene un sustrato y está dispuesta a someterse a todas las pruebas que así lo demuestren. Al final no hubo caso y no logré desconectarme de los riesgos políticos que vive Chile, pues Theranos y Elizabeth Holmes se encargaron de recordármelos.

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