Algunos hablan de un pacto electoral entre el Partido Republicano y Chile Vamos -coalición a la que muchos le han cambiado el nombre por “Chile Fuimos”-. Los objetivos centrales serían evitar un triunfo de Provoste o Boric y aumentar la representación parlamentaria, además de un largo etcétera de cálculos menores si se comparan con las grandes jugadas que se han dado en el ajedrez político actual. Para hacernos una idea de lo que implica un acuerdo de la índole que se propone es necesario un análisis de los alfiles, peones y reyes.

Comencemos por los alfiles que Patricio Navia nos dice “susurran cada vez más fuerte” sobre la necesidad de fortalecer el elenco legislativo de la derecha. Rechazar o aprobar su postura requiere entender no sólo en qué piensan, sino, además, cómo piensan. Digamos que “los susurrantes” tienen razón cuando afirman que la división de fuerzas de la derecha tendrá un costo en el número de escaños, lo que en un régimen democrático es sustancial dado que en la toma de decisiones no triunfa el mejor argumento, sino el mayor número de votos. También aciertan en indicar que un posible gobierno de Sichel sería un fracaso sin un Congreso que lo apoye e, incluso, que podría ponerse en peligro su paso a segunda vuelta si JAK compite. Hasta aquí, lo que piensan. Ahora analicemos cómo piensan.

En el campo, cuando en el nido de la gallina ponedora queda un huevo que no desarrolla embrión, se habla de un huevo “huero”. Este vacío es el que, me parece, afecta la forma como piensa la parte de la derecha que analizamos. Lo primero que ellos no ven es que los cálculos menores no sirven para influir en el acuerdo social que legitima el orden establecido. Fue por el avance irrefrenable de las ideas de izquierda y la toma de posiciones en puestos de influencia pública -desde periodistas a profesores y académicos- que el malestar del 18 de octubre fue resignificado como una demanda por una nueva Constitución. Sabemos que nadie salió a la calle gritando por un cambio de modelo que la ciudadanía había respaldado hacía poco en las elecciones presidenciales. En breve el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución fue un triunfo mediático de la izquierda en su batalla cultural. Es cierto que el gobierno de turno colaboró para salvar el pescuezo. Pero el rol de la prensa, la captura de las aulas y la imposición de un inmoralismo mediático vestido con falsos ropajes de dignidad, fueron el caldo de cultivo propicio para iniciar las transformaciones que nos conducen al descalabro económico, político, social e institucional. Interesante es constatar que se trata de una minoría muy movilizada dispuesta al uso de la violencia física en las calles y simbólica desde los organismos internacionales que no encuentran límites en una institucionalidad capturada por sus compinches. De ahí que el argumento del mayor número de escaños para demandar un pacto en la derecha, sea huero. Y es que, hoy por hoy, lo que pesa es la capacidad de movilizar recursos mediáticos desde el victimismo y la extorsión emocional, no la cantidad de parlamentarios de derecha que, para rematar han jugado, en su gran mayoría, a favor de la izquierda.

Mientras la derecha no vea el bosque -me refiero a la batalla cultural que la izquierda avanza casi sin resistencias- seguirá esgrimiendo argumentos hueros, vaciados de las ideas y los principios de los que depende la libertad y la protección de los derechos individuales. ¿De qué nos sirve elegir a personas que votan con la izquierda? ¿Hasta cuándo la miopía? Existe un gran número de parlamentarios que ha participado activamente de la destrucción de la República. Todos ellos guardan incómodo silencio ante la vergonzosa actuación de los constituyentes. No se sabe si su mutismo se debe a los efectos narcóticos del autoengaño o a que perdieron toda capacidad de entendimiento. Pero lo cierto es que el piso mínimo para iniciar conversaciones que sirvan a la reconstrucción del sector requiere de un mea culpa público de la derecha del Apruebo y de un compromiso de parte de cúpulas de la UDI, RN y Evópoli a llevar candidatos dispuestos a defender la institucionalidad, la libertad y el mercado. Las probabilidades son nimias, puesto que todo eso suena demasiado neoliberal a los oídos de quienes han sido derrotados interiormente por las ideas de la izquierda.

La derrota interior de la que hablo se observa fácilmente en la UDI cuando su candidato nos habla de “ser más pobres, pero más felices” (fórmula para alcanzar la “dicha celeste” inventada por Cristina Fernández). Lo mismo sucede en RN con Desbordes. Además, en ambos partidos nos encontramos con diputados y senadores que adhieren a la moda estilo “ossandones”, cuyo traje está hecho a la medida del FA o del PS. El caso de Evópoli es aún más difícil porque parte importante de la cúpula partidaria parece estar gobernada por una nueva categoría de jugadores. Se trata de los GCCU, <<Gente Cuica con Culpa>>, cuya identidad de alma es mucho más cercana al FA y a los autoflagelantes de la ex Concertación que a sus pares de derecha.

Así las cosas, resulta absurdo hablar de un pacto entre quienes defienden la libertad y aquellos que, muchas veces sin querer, avanzan el proyecto de la izquierda. Hemos visto que entre sus jugadores hay tres grupos. Los estrategas de argumentos hueros que, creen, basta con la aplicación de matemáticas básicas. El problema es que dejan fuera de la ecuación los elementos simbólicos en cuyo marco se juegan la victoria y la derrota política. El segundo grupo lo conforman los etiquetados de derecha que juegan a favor de la extrema izquierda y cuentan con el apoyo de las maquinarias partidistas que no están dispuestas a sacrificarlos, porque se trata de incumbentes con profundas redes de apoyo en sus distritos. El tercer grupo de jugadores es la Gente Cuica con Culpa cuya derrota interior es evidente. Frente a los tres grupos están los execrados no solo por la izquierda sino por los peones, alfiles y reyes del mismo sector que hoy clama “generosidad”. Este grupo lo habitan quienes resisten a los embates de la izquierda globalista, totalitaria y corporativista, que no transan sus principios cuando dialogan con los jugadores de otros bandos. Por eso los llaman extremos. Y si ser extremo es defender la libertad de cada individuo frente al poder omnímodo de un Estado que nos obliga a encerrarnos a las 10 pm, pero es incapaz de poner freno a la pérdida de territorio en manos del narcoterrorismo, entonces, ellos dicen: “a mucha honra”. Nada ganarían estos jugadores con un pacto que les haría pagar el precio de la dictadura sanitaria impuesta para recuperar el orden público. Incluso podemos decir que hay un millón y medio de votos esperándolos de la PYME que, habiendo sido siempre de derecha, no fue a votar en las últimas elecciones en castigo por el despliegue dictatorial de un gobierno escondido bajo las polleras médicas.

Sólo queda decir que un pacto donde cada quien se pierde a sí mismo va a contribuir al derrumbe de nuestro país. De ahí que, en lugar de hacer cálculos en torno a “transacas” dañinas, lo más razonable es que cada quien revise su participación en el equipo que habita y, en caso de no haber sufrido una derrota interior, siga los pasos que le conduzcan a su verdadero lugar de pertenencia.

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