El estallido de violencia de octubre del 2019 y la crisis sanitaria que aún nos mantiene en vilo han destruido más de 2 millones de empleos, los que aún estamos lejos de recuperar. El trabajo no solo es la fuente del sustento familiar, sino que crea lazos de humanidad entre los distintos colaboradores y enriquece a la persona. El trabajo no es una carga que se nos impone, sino una oportunidad para ser plenamente humanos y, para los cristianos, una valiosísima invitación a ser copartícipes de la creación.

La invitación del Papa Francisco a celebrar este año en memoria de San José —quien tuvo la trascendental misión de ser el padre adoptivo de Jesús y esposo de María—, nos lleva a reflexionar respecto del ejemplo para los cristianos que constituye el patrono de los trabajadores. En su Carta Apostólica Patris corde, el Papa Francisco nos dice que es necesario “comprender el significado del trabajo que da dignidad y del que nuestro santo es un patrono ejemplar”. San José, como carpintero en su taller de Nazaret, fue lo que hoy se llamaría un “emprendedor” o un “pequeño empresario”, que sostiene con su trabajo un pequeño negocio que le permite mantener a su familia. Todo ello gracias a su laboriosidad, diligencia, fortaleza, orden, perseverancia, puntualidad, honestidad, etc.

Las condiciones para un buen trabajo empresarial no distan demasiado de lo que, seguramente, San José vivió en su oficio en el taller: entregar los trabajos a tiempo, pagar bien a colaboradores y proveedores, buscar la excelencia del trabajo bien hecho, un comportamiento recto y ético, dar buenos servicios y distribuir la riqueza con justicia en la comunidad. Mirando a San José hoy, valoramos el empuje y creatividad de los emprendedores y empresarios, que son los principales creadores de empleo, y sin los cuales será imposible volver a “echar a andar” el motor de la economía.

Este es nuestro gran desafío: recuperar los empleos perdidos por el “estallido social” de 2019 y por los efectos económico-sociales de la pandemia. Tenemos que utilizar toda la capacidad empresarial para generar empleos. Nos hemos dado cuenta de que la pandemia ha acelerado algunos procesos de sustitución de mano de obra; de que podemos incrementar la productividad porque las restricciones que nos han puesto las cuarentenas no han afectado significativamente los niveles de producción en muchas actividades. Ahí está el desafío: en saber reconvertir empleos, en generar nuevas oportunidades y, por sobre todo, en ayudar a algunos de nuestros colaboradores a reconvertirse —lo que es, probablemente, el mayor desafío que tenemos por delante—.

Tenemos además que enfrentar el reemplazo de miles de empleos por máquinas, proceso acelerado por la pandemia. Esto no es una novedad en la historia de la humanidad, ya que hay múltiples ejemplos, desde la antigüedad hasta nuestros días, de empleos que han quedado obsoletos —ya quedan pocos relojeros, ningún operador de telégrafo ni telefonistas, solo por nombrar algunos trabajos de épocas recientes—. La diferencia es la velocidad del cambio. Lo que antiguamente demoraba una generación, hoy demora un par de años.

Este esfuerzo de empresarios y emprendedores para generar empleos tiene que ir de la mano con políticas públicas que lo favorezcan, y que no lo encarezcan ni lo dificulten. No favorecen a la generación de empleos ayudas del tipo “te doy si estás desempleado y te las quito si te empleas” —como las que se ofrecen siguiendo una focalización mal entendida—. Si la ayuda es similar al salario que se percibe, es difícil que crezca el empleo formal y, por el contrario, se incentiva el trabajo informal, con todas las consecuencias que esto trae a futuro, sin ahorrar para la propia pensión o el seguro de cesantía. En definitiva, Gobierno, empresas, sociedad civil tenemos el desafío (y por qué no decirlo, la obligación) de generar los empleos perdidos en este tiempo de crisis. Le pedimos a San José que nos ayude en esta tarea.

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