Junto a diez mujeres chilenas tuvimos el privilegio de vivir “Fostering Philantropy and Investing for Impact”, un viaje organizado por el Departamento de Estado de Estados Unidos, a través de su embajada en Chile. Se trata del principal programa de intercambio profesional que ellos realizan mundialmente, denominado Programa de Liderazgos para visitantes internacionales, y su objetivo es ayudar a que diversos temas crezcan y se posicionen en base a la experiencia de ellos. En el caso de la filantropía, el objetivo fue conocer e incorporar en su narrativa  los objetivos de desarrollo sustentable, más conocidos como ODS.

 

Hay varias reflexiones que compartir: el camino recorrido por Estados Unidos desde Benjamín Franklin y John D. Rockefeller, junto a una cultura que desde sus bases educa en donar para cambiar la sociedad y disminuir los diferentes problemas sociales, sumados a los expeditos beneficios tributarios, llevan a preguntarse qué es mejor para el desarrollo de la filantropía en un país: que el Estado se haga cargo de todo o que dé espacios al mundo privado para hacer sus propios aportes, ya sean con tiempo, con dinero o con trabajo.

 

Aterrizamos de vuelta en Chile precisamente la semana en que el gobierno lanzó Compromiso País, un programa en el cual entregó a los privados, públicos y del tercer sector 16 desafíos muy importantes para Chile, “provocando” la articulación y el trabajo conjunto entre autoridades, empresarios, fundaciones, y otros. Una iniciativa esperanzadora que además coincidió con ejemplos que pudimos conocer en Estados Unidos, y cuyo proceso y efecto se conoce como “collective impact”. Es el caso de FSG, una ONG norteamericana con 20 años de experiencia guiando empresas y fundaciones líderes en el conocimiento profundo de cómo crear impacto social. Lo más significativo es la mirada sistémica que le imprimen a los casos. No persiguen solucionar rápidamente los problemas sociales, sino profundamente. Es decir, desde sus raíces y tomando en cuenta los más diversos factores que la impactan; una visión integral e integrada, con una participación del estado y de los privados, y con un ente ejecutor que haga de columna vertebral y asegure el proceso. Ese “backbone” debe ser neutral, creíble, ejecutivo y saber priorizar… no necesita ser un técnico, sino un gran relacionador, un sólido puente y un eficiente ejecutor.

 

El cambio social a gran escala requiere de una amplia coordinación multisectorial y eso parte por dar el salto cultural y considerar la filantropía no como caridad, sino como una inversión social estratégica. Una distinción que hizo ya en 1861 Concepción Arenal; si se puede hablar de filantropía contemporánea, quizás es momento de ir más lejos, y buscar convertirse en un agente de transformación permanente, donde vale tanto el tiempo, como el trabajo y el dinero que se invierte.

 

Chile tiene todo para una filantropía sólida si además consideramos los ODS, que se inspiran en la frase “sin dejar a nadie atrás”. Esto habla de los valores, pero también del desafío. Tenemos además una gran capacidad para mover capital social y financiero, conocimiento y recursos. Debemos pensar en todo lo que es posible cuando dirigimos toda nuestra atención e intención, con honestidad y coraje, colaboración y sistema…a un objetivo común.