Hoy, en Chile, toda la dialéctica política pareciera construirse a partir de cuatro conceptos que comienzan con la letra R. Cada uno, con distintas luces y sombras, proyecta un dispar escenario sobre el futuro. ¿Qué devenir le espera a nuestro país? Todo depende de cuál de estas cuatro erres impere sobre las otras.

La primera R es la de Revolución. Es el llamado a quemar las instituciones (no sólo en sentido figurativo) y a terminar con las tradiciones bajo las cuales se ha sentado la República, llamado que si bien ha tomado mayor fuerza en los últimos años, se venía fraguando de forma silenciosa desde hace mucho tiempo. No olvidemos que Roxana Miranda, candidata presidencial de 2013, dijo en algún debate que la Nueva Constitución debía tener faltas de ortografía, porque así escribe el pueblo. Hoy no estamos muy lejos de eso.

Hoy la Revolución está representada por el PC y la Lista del Pueblo. Si bien el PC quedó fuera de competencia, por puros errores forzados de su candidato, y la LDP presentará una candidatura que —no podemos escupir al cielo— debería ser testimonial, la verdad es que la Revolución va ganando la batalla cultural. No gobernará desde La Moneda, pero es altamente probable que, a menos de que haya un golpe de timón, siga gobernando en la calle.

Una segunda R, mucho más cool y por ello más peligrosa, es la de Refundación. Es la erre que busca deconstruir el pasado, es decir, hacer todo de nuevo, mejorado, siguiendo la buena estrella de la eterna promesa de los pueblos elegidos.

Actualmente, en el proceso constitucional en marcha, es común escuchar que se deben refundar las policías, los tribunales, el Banco Central y un largo etcétera. Detrás de ello está el frenesí del “octubre chileno” de 2019, que comenzó por internar refundar la Plaza Italia en honor a la “dignidad” (de todos, menos de los vecinos y locatarios de aquel barrio). Por eso, es lógico que los exponentes de la Refundación estén concentrados en las candidaturas del progresismo, tanto la de Boric como las de la Unidad Constituyente, las que, como buenos refundadores, han terminado por repudiar toda herencia recibida del Tata Concertación y Mamá Nueva Mayoría.

El problema de esta segunda erre es que es un slogan que puede costar demasiado caro; la Refundación suena atractiva, pero lo nuevo no es garantía de lo mejor. Al contrario, es mucho más sensato construir sobre lo ya conocido, considerando las generaciones que nos han precedido. No hay peor pretensión que creer que la historia comenzó ahora.

En contraposición a ello aparece la tercera R, la de Reformismo. Es el marco conceptual que está impulsando Sebastián Sichel, y de hecho, así ha quedado plasmado en un documento llamado “Una cultura reformista para el Chile del siglo XXI”. En él, se puede leer que Chile está viviendo transformaciones sociales profundas, y la única forma de hacer frente a ellas es con una sana estrategia de reformas sólidas, contundentes, pero con responsabilidad y de forma gradual.

Lo que el Reformismo tiene de mesura, le falta en épica. Nada más sexy que fundar algo o deconstruirlo. Sin embargo, lo que está en juego es algo demasiado importante como para dejarse llevar por lo fascinante; hoy estamos caminando sobre hielo delgado y si no actuamos con responsabilidad, podemos terminar lamentando el derribamiento de instituciones que nos demoramos décadas en construir, y apenas algunos meses en arruinar.

Pero falta, todavía, la cuarta R, la que termina siendo casi tan peligrosa como las primeras. Se trata del Reposo. Esta es la idea de creer que todo está bien, y que no es necesario hacer cambios profundos. Que los problemas sociales son exageraciones, y que mientras haya plata, todo lo demás es secundario. Esta postura, que parcialmente ha sido comandada por la candidatura de José Antonio Kast (JAK es bastante reformista en algunos puntos, pero en otros es completamente estoico), le hace un flaco favor a la noción de progreso, pues no entiende la lógica del poder. Se llega al poder para gobernar, y se gobierna para hacer cambios. Conquistar La Moneda para mantener un status quo es un despropósito pues, además de atentar contra la fuerza innovadora que debiera tener cualquier colectividad política, puede sentar las bases para que después venga la Revolución. O al menos la Refundación.

Chile vive hoy momentos de amplia tensión, y es ingenuo pensar que se acabarán tras las elecciones de noviembre y diciembre. Por ello, debemos ser muy cautos para pensar qué camino tomaremos. La cuatro erres se basan en diversos valores y principios y llevan, irremediablemente, a distintos escenarios. Al final del día, en el silencio de la urna, cada ciudadano deberá pensar qué tipo de Chile quiere dejarle a sus hijos: uno revolucionado, uno refundado, uno reformado o uno, finalmente, reposado.

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