Los partidos de inspiración socialista están ante una encrucijada. Tienen que definir su papel para la nueva etapa que Chile está viviendo, y deben hacerlo a partir de su propia historia.

Nuevos desafíos interpelan a todas las corrientes políticas. En especial a la izquierda, que se caracteriza por su inconformismo y la búsqueda de nuevos derroteros. Queda al descubierto que las herramientas culturales que hacían funcionar su forma de pensar están amohosadas. Tanto en el discurso apocalíptico como en el utópico.

Así como en la famosa pieza de Pirandello los personajes buscan un autor que explicite la trama que están representando en la escena, así también pareciera que las fuerzas progresistas estuvieran hoy carentes de un eje conceptual que orientara y diera sentido a sus luchas y justificara el ejercicio del poder frente a una opinión pública que se muestra esquiva, cautivada por el consumo y por liderazgos efímeros y estériles o bien por la promesa del orden perdido o de la epopeya irrealizable, como he dicho otras veces, entre Lot petrificada mirando el pasado e Icaro intentando alcanzar el sol sin alas suficientes.

Los clásicos del socialismo, incluidos Marx y Engels, no delinearon con claridad los contornos de la sociedad socialista. Se limitaron a señalar la necesidad de estatizar los principales medios de producción y de augurar un crecimiento de las fuerzas productivas bajo la conducción política de los partidos de los trabajadores. La experiencia del siglo XX demuestra que este diseñó fracasó. La planificación imperativa no es compatible con la complejidad de la sociedad actual y la globalización. Ni tampoco con la democracia.

El esquema socialdemócrata tradicional -como lo advertía el mismo Giddens– tampoco sirve para alcanzar el apoyo de la mayoría en las sociedades diversificadas actuales, ni para orientar el ejercicio del poder en un mundo global, sacudido por una nueva ola de progreso científico y tecnológico.

La democracia se ha vuelto más compleja en la misma medida en que la sociedad ha incrementado sus vínculos y se ha imbricado en la globalización. Surgen las interrogantes que plantea Daniel Innenarity: “¿tenemos hoy una teoría política a la altura de la complejidad que describen las ciencias más avanzadas?, ¿son capaces nuestras instituciones de gobernar un mundo con una complejidad increíblemente creciente?, ¿puede sobrevivir la democracia a la complejidad del cambio climático, de la inteligencia artificial, los algoritmos y los productos financieros?, ¿o hemos de concluir resignadamente que esa complejidad constituye una verdadera amenaza para la democracia?” Hay que diseñar instituciones que “equilibren participación ciudadana, elecciones libres, juicio de los expertos, soberanía nacional, protección de las minorías, primacía del derecho, autoridades independientes, rendición de cuentas, deliberación y representación”.

Para proyectar el socialismo se requiere hoy un nuevo impulso renovador capaz de redefinir los parámetros que pueden orientar y dar sentido a la acción política.

A una recopilación reciente de sus columnas en el diario Le Monde Tomas Piketty le puso por título “¡Viva el socialismo!” para indicar -según él mismo lo sostiene– que la reacción frente al hiper capitalismo debe ir en la dirección de una nueva forma de socialismo participativo y descentralizado, federal y democrático, ecológico y feminista.

El desafío es lograrlo en medio del fuego cruzado.

Por una parte, la derecha hoy alaba la transición a la democracia y los gobiernos de la Concertación que ayer criticó acerbamente. Pretende apropiarse de una obra de la que fue clara opositora. Es verdad que contribuyó a aprobar muchas leyes. Pero casi siempre lo hizo presionada por la evolución de la sociedad y ante la mirada crítica de la opinión pública. Rara vez tomó la iniciativa de impulsar transformaciones. El propósito consiste en demostrar una supuesta continuidad de un modelo del cual se sienten autores y que habría tenido sus inicios en la etapa final de la dictadura.

Desde el lado opuesto fue tomando cuerpo una crítica frontal a los años de la transición pasando por alto sus logros y haciendo caso omiso de las circunstancias en que tuvo lugar. Se plantea que era posible otro modelo de desarrollo de contornos poco definidos, salvo en lo referente a la diversificación de exportaciones y al incremento de valor agregado a la producción impulsando la ciencia y la tecnología. Pero el foco político y cultural de la crítica es más ambicioso: se busca otro paradigma denunciando la supervivencia de un modelo neoliberal en democracia.

El Frente Amplio lleva en su ADN esta impronta, más allá de las diferencias que existen entre los movimientos que lo componen, y el PC desde el movimiento de protesta social, ha adoptado un enfoque más rupturista desechando su participación en la Nueva Mayoría.

En la embestida estas posiciones se retroalimentan afirmando lo mismo, una para defender el statu quo, la otra para derribarlo.

Pero ha surgido otra crítica aún más radical y variopinta que viene de algunos representantes del movimiento de protesta del 2019, que asumen una actitud de rechazo a todos los partidos políticos y al principio de representatividad. Se definen como independientes. Imaginan una participación ciudadana a partir de movimientos autónomos de la sociedad civil. Se articulan en torno a demandas específicas con un enfoque rupturista. Son los protagonistas del gran rechazo.

No sabemos cómo evolucionarán al participar en la institucionalidad democrática. Algunos proyectan dar origen a una nueva organización política que se ubicaría a la izquierda de la izquierda.

El socialismo -manteniendo su autonomía- debe contribuir a formular un nuevo proyecto político para el país capaz de responder a los desafíos presentes y futuros y de encontrar el apoyo mayoritario de la población. En esa tarea debiera confluir con la DC y con las nuevas fuerzas liberales de avanzada social.

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