Lunes 22 de noviembre. El día después de la primera vuelta. Una nueva semana. Una nueva elección. Dos polos opuestos se disputan el sillón presidencial y los hechos indican que la seguridad debe ser parte del debate. No pasaron ni 24 horas del resultado electoral y el candidato del Frente Social Cristiano era atacado durante una visita a la población José María Caro en la comuna de Lo Espejo. Al día siguiente el representante de Apruebo Dignidad vivía una situación muy distinta en La Pintana. ¿Por qué se agrede a quien apuesta por la seguridad y se recibe con brazos abiertos a quien propone indultar a los que violentamente interrumpieron la normalidad de muchos durante el estallido social? Difícil saberlo.

La Pintana y Lo Espejo registraron el año 2020 una tasa de homicidios mayor a 10 por cada 100.000 habitantes. En simple, algunos dirían que son niveles epidémicos, recurriendo a la metáfora médica tan ad hoc a los tiempos que corren. Junto a ellas, sólo en la Región Metropolitana hay 8 comunas con tasas superiores a 10, llegando incluso a 20 en algunos casos. Si nos vamos más al sur, la situación es aún peor. En el norte la problemática migrante ha demostrado la vulnerabilidad de un sector y su comunidad. Todos dilemas distintos, pero que tienen que ver con una sola noción: la seguridad.

No solemos incluirla en nuestras conversaciones ni acordarnos mucho de ella. Hemos vivido 30 años de gran estabilidad. Pero lo cierto es que cuando esta falta, todo pende de un hilo: no llega la inversión extranjera, los capitales escapan, el desarrollo se estanca y todo lo avanzado en años puede terminar en cuestión de días. Por eso, no debemos olvidarla nunca y cuidarla siempre.

La seguridad, entendida como un entorno libre de peligros, incluye un aspecto subjetivo de percibirnos sin ellos y otro objetivo, que con datos demuestra la ausencia o presencia de amenazas. Esta semana, hemos sido testigos de ambos aspectos: el ataque directo a un líder político y las conversaciones con vecinos que tuvo su contrincante.

Pero si realmente queremos avanzar en esta materia debemos hacernos cargo de ambos aspectos. Construir un relato que apele a la percepción de la población, que considere sus miedos y responda con acciones concretas sus demandas. Percepción y realidad deben encontrarse en un mismo plan, que, mientras entrega soluciones a la comunidad, da esperanzas a esa inversión, capitales y desarrollo que parecen congelarse frente a la inestabilidad.

No podemos hablar de Estado sin referirnos a la seguridad. Esta es una de sus misiones. Debe generar un entorno de estabilidad para el desarrollo y bienestar de su población. Hoy más que nunca esa paz está puesta en jaque. El tráfico de drogas ha avanzado a pasos agigantados, ya lo evidenciaba el Observatorio de Narcotráfico de la Fiscalías hace unos años, somos testigos de delitos más violentos, nuestras fronteras alcanzaron un nivel de porosidad tal que desestabilizan a regiones completas y si quisiéramos referirnos a la situación en la Araucanía, necesitamos muchas más líneas que las permitidas para esta columna.

Así, el mayor desafío para el próximo Presidente de la República será restaurar la estabilidad y devolver esa anhelada seguridad que muchos piden. La tarea no es fácil, nunca lo ha sido. Pero tampoco es imposible. La llave del éxito estará en la capacidad que nuestro futuro líder político tenga para construir un plan con fundaciones sólidas que de manera ordenada avance hacia la consolidación de un entorno seguro. La paz social no se ha perdido. Hoy más que nunca nos estamos acordando de la seguridad. No dejemos pasar la oportunidad, invitémosla al debate, hagámosla parte de la campaña y protagonista del próximo gobierno.

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