A mediados del siglo XIX, Eusebio Lillo pronosticaba la importancia que el Pacífico tendría para Chile. “Y ese mar que tranquilo te baña, te promete futuro esplendor”, escribía el poeta en los versos que se transformarían en nuestro Himno Nacional.

Hoy, en un mundo globalizado, nuestro país se relaciona con el planeta a través de ese mar. Más del 90% del comercio internacional se realiza por el océano. Valparaíso y San Antonio se han transformado en los principales puertos de carga. Con casi 4 millones de kilómetros cuadrados, el territorio marítimo supera en tamaño al terrestre y es escenario de importantes intercambios. Lo bueno y lo malo de la globalización se deslizan a diario entre las olas.

Durante el primer trimestre del 2021 el comercio por vía marítima creció un 23,4%. Una buena noticia. Pero, la otra cara de la moneda nos muestra la vulnerabilidad de la infraestructura portuaria: La “Operación Jalisco” incautó 2 toneladas y 450 kilos de droga que llegó desde México en distintos cargamentos al puerto de San Antonio.

La información sobre los embarques mexicanos en Chile ocupó un importante lugar en los medios de comunicación esta semana. Por supuesto que llama la atención la actividad de México, sobre todo si se considera la envergadura y violencia de sus grandes carteles. Pero, el tamaño de los embarques en San Antonio no debe hacernos olvidar que desde Perú, por mar y a través de Iquique y Arica, también ha llegado droga o ha intentado hacerlo. El Pacífico muestra los beneficios y riesgos de un mundo globalizado.

No hay que pensar en fronteras cerradas, sino que, en fronteras seguras, escribí en este mismo medio hace una semana. La seguridad de nuestros límites sólo permitirá que la apertura de Chile sea sostenible y el país siga avanzando hacia el desarrollo. Los riesgos existen, sí. Imposible negarlo. Y para Chile esos riesgos provienen, en parte, de la amenaza del narcotráfico.

En la frontera todo es más confuso, las dinámicas están íntimamente relacionadas y la respuesta a ellas no es la misma que se daría en una zona urbana. La cooperación es clave para evitar que las amenazas entren al país.

Con destino a Concón se dirigía en junio la lancha pesquera peruana “Teresa”. Cuatro tripulantes del vecino país y un poco más de 123 kilos de droga venían en ella. Interceptada en el mar a la altura de Arica, la Policía Marítima de la Armada en conjunto con la Cuarta Zona Naval, la Fiscalía de Foco de Valparaíso y el OS 7 impidieron que la sustancia llegara a su destino.

Marihuana, pasta base y cocaína no paran de llegar a Chile. La ruta marítima pareciera ser la favorita. La infraestructura portuaria nacional se incorpora a la cadena de distribución de la droga y Chile, junto a Brasil y Colombia, es uno de los principales países de salida. El destino preferido en Europa: Amberes, Bélgica. Pero ¿qué pasa con los otros continentes?

El interés por cruzar el Pacífico es cada vez mayor, sobre todo si se considera que en los mercados australiano y neozelandés el precio por kilo de coca es más alto que en otras latitudes, bordeando los US$300.000. Con esas ganancias, abrir esa ruta oceánica pareciera ser lo lógico.

Con 20 millones de habitantes, Chile no representa un mercado relevante. Sin duda Europa y Asia son más importantes. Pero, la gran costa y diversidad de puertos es un activo para el narco. Por ello, las distintas agencias de control deben asegurar una de las infraestructuras críticas más valiosas: nuestro sistema portuario.

Con trabajo conjunto entre mar y tierra y penas que encarezcan el contrabando, las instituciones deben trabajar en red con una mirada comprehensiva que responda a las dinámicas particulares de cada dimensión del problema. Las drogas las controlamos todos. En solitario ¡imposible!

Deja un comentario

Cancelar la respuesta