A mediados del siglo XX el sociólogo canadiense Marshall McLuhan hablaba del hombre digital y la aldea global para referirse a la hiperconexión que traían las nuevas tecnologías.

Lo cierto es que, si bien McLuhan muere a principios de los años 80, sus planteamientos no parecen ser ajenos al mundo en el que vivimos hoy. La tecnología es parte de nuestro relacionamiento diario y se integra plenamente en todas nuestras tareas. Google se ha transformado en un verbo y para pedir comida usamos nuestros celulares.

Rastreos de embarques a través de GPS, pagos mediante internet y entregas a domicilio sin contacto podrían describir la situación que miles de personas viven a diario al encargar sus compras de supermercado. Pero lo cierto es que también representa un proceso de digitalización del narcotráfico que se aceleró con la pandemia del Coronavirus.

La web, más bien la Dark Web, se ha transformado en el principal canal de intercambio de bienes y servicios ilegales. Las transacciones por droga en la web oscura pasaron de 80 millones de dólares en el período 2011-2017 a 315 millones en 2017-2020. Los pagos con criptomonedas aumentaron y el lavado de activos se volvió digital.

El narcotráfico, al igual que otros mercados, sufrió con el corte de la cadena de distribución y producción. Tuvo que adaptarse rápidamente.

El mar y el ciberespacio empezaron a ocupar un importante lugar en el negocio. Chile no fue la excepción. Mientras grandes envíos de droga comenzaron a llegar por mar a nuestros puertos, la venta de este tipo de sustancias a través de aplicaciones llamó la atención de las policías. Mediante apps como Grindrs y Rappi, los repartidores de delivery, además de mercancía, entregaban sicotrópicos.

La tecnología pareciera estar al servicio de todos. ¿Qué hay de malo en eso? Nada. Los avances tecnológicos han sido una importante herramienta para el desarrollo de la humanidad. El descubrimiento del fuego y la invención de la rueda mejoraron ostensiblemente la vida de nuestros antepasados. Para qué hablar del teléfono y el código morse. El problema no está en la tecnología en sí, sino más bien en el uso que se le da.

Acostumbrados a entender que el estado debía asegurar el mar, aire y tierra, mirábamos las amenazas desde el punto de vista de la Defensa o la Seguridad. Sin embargo, los desafíos transnacionales nos han demostrado cómo ambas se relacionan, interactúan y evolucionan. Al mar, aire y tierra se suma un nuevo dominio: el ciberespacio. El narco, el mejor ejemplo de ello.

El comercio virtual de drogas no es nuevo, hace años que se venía observando esta tendencia. La adaptación del narco al mundo digital era un paso obligado en un planeta globalizado e integrado tecnológicamente. El Covid-19 sólo vino a agilizar esa transición, y lo hizo de tal manera que para el año 2021 el comercio de la droga ya se había recuperado.

Las bandas dedicadas al narcotráfico presentan desafíos múltiples al estado. Ingresan sus productos a través de sus fronteras, los venden y lavan el dinero gracias a las bondades del ciberespacio. ¿Cómo combatimos una amenaza plenamente integrada con la globalización? La respuesta, tecnología e inteligencia.

Así como el narco aprovecha los beneficios de la globalización, el estado también debe hacerlo. No sin antes incorporar una visión que apunte a un sistema nacional de combate contra el narcotráfico que integre la flexibilidad al trabajo de todas las agencias del estado. La tecnología e inteligencia son herramientas para un trabajo preciso. Una mirada integradora y flexible, la clave para enfrentar una amenaza que avanza más rápido que las respuestas para combatirla.

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