El 18 de octubre del 2019 se reveló una rabia en Chile que pocos imaginaron. Más de un millón de personas marchó por las calles enarbolando reivindicaciones tales como mejores pensiones, mejor salud, no más discriminación, equidad de género, equidad de oportunidades y recuperación del espacio público. Pero por sobre todo, se reveló la necesidad de ser de una vez por todas vistos, considerados y visibilizados.

En marzo del 2020 comienza otra crisis, la de la pandemia. La marginalidad, pobreza y desigualdad se hizo mucho más patente al entrar a asistir con alimentos y enseres a cités y viviendas en que personas viven en condiciones insalubres, inseguras y hacinadas.

Es cierto que los últimos 30 años hemos crecido como nunca antes, que se ha disminuido la pobreza en forma sustancial, y ha mejorado la educación, la salud y las viviendas. Pero también es cierto que la marginalidad sigue estando ahí, y muchas veces aún pero que antes por el crecimiento del narcotráfico, la contaminación, la delincuencia, la distancia, la diferencia y abuso entre los que tienen más y lo que tienen menos.

No debemos olvidar que la pobreza es un concepto relativo; si todos viviéramos en una choza nadie se sentiría pobre ni marginal. Es la diferencia la que cala el alma, sobre todo cuando esa diferencia merma no sólo el bienestar material, sino que además la dignidad y pertenencia.

Los últimos 30 años tuvieron dos ejes centrales, que fueron recuperar la democracia enjuiciando la dictadura; y recuperar el crecimiento disminuyendo radicalmente la pobreza. Los próximos años tenemos que sanar las heridas y reconstruir Chile, lo que tiene dos nuevos grandes desafíos. El primero es acabar con la marginalidad en todos sus aspectos, que significa que cada chileno sea visto, considerado, visibilizado, respetado y plenamente inserto en la economía y sociedad. El segundo es reformar nuestro modelo socioeconómico para abrazar el nuevo concepto de crecimiento, que es sustentable, justo, universal, inteligente, permite avanzar a todos y no deja a nadie atrás.

Lograr estos cambios no es tarea fácil, y requiere de un líder que reúna dos elementos fundamentales: el primero es haber vivenciado la marginalidad, que va mucho más allá de visitar poblaciones, leer cifras y articular discursos. El segundo, la capacidad de lograr los cambios. En mi opinión, el líder que reúne estas condiciones es Sebastián Sichel, quien ha demostrado con su historia que sí se puede.

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