La decadencia progresiva de Chile a partir del Bachelet II obedece a razones variadas y profundas que desearíamos poder analizar en próximas reflexiones. No obstante, lo que ya es demasiado evidente es que lo ocurrido en este periodo, y particularmente en los últimos cinco años, dejará lecciones de muy duraderos alcances en los planos políticos, sociales, económicos y espirituales. En esta ocasión quiero referirme a una de ellas, que es la lección sublime de la humildad.

Por muchos decenios, nosotros los chilenos incurrimos en la soberbia de creernos superiores a nuestro entorno, a lo menos en el plano educacional y en el avance civilizador. Invitaban a ello ciertas características que, objetivamente, nos diferenciaban del destino común de la mayoría de nuestros hermanos países latinoamericanos. La estabilidad institucional, la cohesión interior, el patriotismo difundido, la civilidad de nuestros gobiernos, la disciplina social, etc., eran en verdad signos distintivos y de los cuales era fácil enorgullecerse justificadamente. Durante ese largo periodo de autocomplacencia, al que ayudaban las frecuentes loas externas del mundo más desarrollado y culturalmente avanzado, los chilenos nos olvidamos de la más elemental y reiterada verdad de toda la historia humana: que la civilización y el progreso son mucho más una disposición interna que una consecuencia material y externa. En esa borrachera de autoexaltación, nos olvidamos del elemental adagio que dice que, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. 

En los últimos años, bastó la progresiva pérdida de nivel educacional, de la gobernabilidad cívica, de la disciplina económica y social para que quedara al desnudo nuestra realidad de país culturalmente subdesarrollado, de pueblo a medio mestizar, de pobladas desacostumbradas a pensar, más contenidas que convencidas, para que el edificio aparentemente sólido y bien construido comenzara a desmoronarse.

Ahora, tal vez con un poco más de atraso que otros, estamos a punto de iniciar la aventura populista que ya siembra de estados fallidos a nuestra desdichada región que adolece de la misma inmadurez nuestra, solo que en términos menos disimulados. Nos aprontamos a iniciar el efecto demoledor del populismo, aunque tenemos a la vista sus trágicas consecuencias y albergamos grandes números de hermanos que han escapado trabajosamente de sus propios derrumbes nacionales, de modo que los nuestros tendrán que caminar mucho más para encontrar los asilos que ellos buscaron entre nosotros.

Es especialmente penoso sentir la obligación de expresar estas certezas en momentos en que, como el que recién despierta de un sueño químicamente inducido, espera un futuro mejor que solo su ansiedad justifica porque todas las realidades que lo rodean muestran uno más bien siniestro. A una semana de una elección presidencial, todavía vivimos la luna de miel de las buenas intenciones, de las promesas de colaboración, de esos tranquilizadores slogans que nunca le faltan a un nuevo gobierno, como aquel de “gobernaré con los mejores y para todos los chilenos”, que son expresiones que todos los mandatarios recién electos vocean mientras trabajan en la parcelación de la administración publica entre amigos, parientes, partidarios y secuaces. Por lo anterior es que sé que esta reflexión va contra la corriente y es probablemente inoportuna. Pero eso no quita que sea necesaria.

Los ejemplos de las últimas décadas nos muestran que los procesos populistas pueden catalogarse en dos categorías: los que se inician con muchos recursos en manos de previsores estados, y los que se inician en ya avanzada pobreza. Como el populismo es esencialmente un chorro de dadivas gratuitas para los que ayudaron en la conquista del poder, cuando se inicia con grandes recursos puede llegar a consolidarse y a eternizarse en el gobierno, como ocurrió en la Argentina de Perón y en la Venezuela de Chávez. Pero cuando el populismo se inicia con recursos escasos y un estado económicamente agotado, el régimen no tiene otra forma de sostenerse que la violenta radicalización, como ahora está ocurriendo en la Venezuela de Maduro o la Nicaragua de Ortega. Ese es el verdadero peligro en que se encuentra Chile en este momento.

Quiero creer que en nuestro país quedan fuerzas para impedir este triste destino, pero debo reconocer que ese es más un deseo que una convicción, porque lo lógico es esperar lo contrario.

En verdad, quisiera dormirme cada noche escuchando aquello de que Chile es una copia feliz del edén, pero todo lo que escucho es el reiterado adagio que pregona “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.

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