Les voy a contar un secreto. No solo la cocina ha sido mi pasión (de hecho, sin ella no podría vivir); hay algo más que me ha quitado el sueño desde siempre y que lo heredé de un sabio, mi tío Casimiro. Hombre erudito y barrigón, él me traspasó el amor por la filosofía a través de sus coloridas historias de los griegos; pasábamos horas en la sobremesa hablando de Platón, Sócrates y Aristóteles. Durante años seguí leyendo sobre el tema y me enamoré de la filosofía política, la cual, sin quererlo, me ha hecho observar con mucha detención la actualidad nacional, en especial, lo que sucede en la Convención Constituyente.

En todos estos años de estudio, aprendí de la importancia de la libertad, la igualdad y la justicia como los valores que sustentan la democracia liberal, que permiten ese orden político que hemos tenido desde los comienzos de nuestra República y que es el modelo común de los países que valoran al individuo. Uno de mis autores contemporáneos favoritos declara que en una democracia liberal deben existir cuatro principios: una república, valores liberales, democracia y una constitución. Mientras lo releía, me acordaba de la chanchera de cuatro patas que tengo en el centro de mi cocina, mesa firme y fiel donde dejo todas mis fuerzas cada vez que preparo un plato.

Como deben imaginar, no solo me puse colorado, sino que además se me tomó el nervio cuando se comenzó a discutir en una de las subcomisiones de la Constituyente la idea de avanzar en la definición de un “Estado Plurinacional”. Para ser sincero, no me sorprendió tanto, ya que la señora Loncon lo adelantó de entradita el día del puntapié inicial de la convención.

El tema lo propusieron los constituyentes de los pueblos originarios: Rosa Catrileo por los mapuche y Luis Jiménez por los aymara. En esta discusión se instaló desde temprano el enredo por el concepto de república, visualizándose las obvias intensiones de rebautizar nuestro país y cambiar su nombre de República de Chile a quién sabe qué diantres.

¡Y esto sí que me enoja, señores! Dejar de lado la palabra república no es solo un tema de concepto, porque con ello, además, socavamos el orden politico de la democracia liberal. Desde chicos nos enseñaron que, si la cosa no es república, es monarquía y por aquí no veo nadie digno al trono. Los únicos aristócratas que me gustan y tengo cerca son los Veintiuno Real. Entenderán entonces que república implica un pueblo soberano y todo lo demás es del siglo pasado.

Solo basta mirar los ejemplos de los bautizazos que tenemos cerca. Tenemos a nuestros vecinos bolivianos, a los cuales Evo Morales les cambió el nombre a Estado Plurinacional de Bolivia y, Hugo Chávez, por su parte, se lució con un rimbombante República Bolivariana de Venezuela. Todas barbaridades que resultaron en un desastre y que contaminaron su historia y su orden democrático a tal punto, que sus habitantes salieron arrancando.

Me puse serio y grave esta semana. Lo sé, es que estoy hasta la tusa… Es que los debates y las propuestas de algunos candidatos y este colmo de la república me sacaron de quicio. ¡Y eso que ni he mencionado la palabra “negacionismo”! Lo he dicho una y otra vez, honorables constituyentes: sean más acertados en los cambios que proponen. Se deben evaluar las consecuencias, de lo contrario, la chanchera se pude caer y todo el esfuerzo por hacer un buen plato, quedará en el suelo junto con los ingredientes.

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