Es cada vez más recurrente escuchar que, con este precio del cobre cerca de su récord histórico, y con la caída en el precio del petróleo, muy lejos de su máximo histórico, el dólar debería costar mucho menos, esto es algo cerca de los $650 pesos y no de los $770 que se cotiza en la actualidad. ¿Por qué el termómetro más importante de nuestra economía está tan desacoplado de las variables económicas tradicionales?

El problema es que las variables tradicionales que influían en la determinación del dólar -productividad y diferencial de tasas de interés entre Estados Unidos y Chile- no son las únicas que influyen en su valorización. Ahora hay que sumar el escenario político y económico. En efecto, la nueva variable que influye en la determinación del tipo de cambio, o dólar, es el constante aumento del endeudamiento del Estado (economía) o la falta de compromiso de la autoridad con la austeridad fiscal (política), cosa que en los últimos 30 años siempre estuvo presente.  A tal punto que durante el primer gobierno de Bachelet se acumularon reservas extranjeras por más de US$20 mil millones de dólares.

A pesar de que el abandono de la austeridad fiscal no es algo nuevo, sí lo es que casi todo el espectro político haya decidido abrazar dicha causa. Antiguamente cuando los políticos eran parcial, irregular e ilegalmente financiados por empresas, el famoso raspado de la olla era un incentivo poderoso hacia los solicitantes de éstas a mantener la cordura fiscal, pues de lo contrario no había recursos. Hoy, el raspado de la olla se le solicita al público o sus votantes, con lo cual es a ellos a quienes responden. Una de las externalidades negativas del actual sistema de financiamiento de la política es que ha propiciado un aumento notorio del populismo, tanto en la derecha como en la izquierda, algo que no cambiará de la noche a la mañana.

Este desenfreno fiscal de la clase política, que reniega de la focalización del gasto, desprecia la austeridad, ignora el esfuerzo como herramienta de superación y humilla a quien sostiene una posición diferente, tiene como resultado un aumento de la deuda fiscal a niveles que comienzan a ser preocupantes. Lo anterior, amén de gastarse la totalidad de los fondos externos de reserva que existían en el Fondo de Estabilización Económica y Social (FEES) por US$14 mil millones. En efecto, la gran pregunta es qué hará el próximo Gobierno para cortar el exceso de gasto del Estado, cómo detendrá a quienes en los últimos meses se han dedicado a estimular el parasitismo social y a azuzar a otros para ganar elecciones ofreciendo la plata de los demás.

Al ritmo que vamos, los políticos terminarán sobre endeudando este país, y ahí vendrán los tiempos difíciles para los más necesitados, y por eso el mercado, cuando hace sus apuestas del dólar, sí incorpora el frenesí por aumentar el gasto vía endeudamiento de nuestra clase política. Pero no le echemos la culpa del alza en el valor del dólar sólo a los políticos, pues somos nosotros quienes los elegimos para que nos representen, así es que es nuestra responsabilidad. La ilusión maniquea de que Moya paga los gastos o los excesos de éstos es un engaño, pues en definitiva quienes pagaremos la cuenta del despilfarro fiscal seremos nosotros.

La próxima vez que concurra a votar acuérdese de Solón, poeta, reformador político, legislador y estadista ateniense, considerado uno de los Siete Sabios de Grecia, quien sostuvo: “La austeridad es una de las grandes virtudes de un pueblo inteligente”. Así es que cuando tenga que expresar su preferencia en la papeleta de votación, acuérdese de que se la debe otorgar al político austero. Si no lo hace, quiere decir que no es inteligente y usted será responsable de que, como consecuencia del proceder imprudente y frenético de nuestros representantes, el dólar se empine por sobre los mil pesos.

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