-¿Qué esperamos congregados en el foro?
Es a los bárbaros que hoy llegan.

Constantino Cavafis

1

Recuerdo bien cuando hace algunos años un colega, muy decididamente de izquierdas, me dijo: “no entiendo esa obsesión tuya con las élites y tu tesis de que estaríamos a las puertas de su inevitable renovación, sobre todo de la elite política, cuando en realidad ahí seguirán eternamente los mismos de siempre, o bien, si logramos que se vayan, desaparecerán para siempre”. Puedo imaginar cómo tras el 18-O, con el estallido, mi colega saboreó la victoria. Y hasta hoy está viendo desaparecer los últimos vestigios elitarios de la faz de la sociedad, para dar paso a la espléndida igualdad del pueblo, sin odiosas jerarquías ni privilegios ni abusos.

Sin embargo, la que él llamó generosamente “mi tesis” sigue en pie, a mi entender, y se confirma y renueva cada día.

Hace un año me preguntaba aquí mismo en qué situación se encuentran las elites chilenas. Unos meses después comentaba la cuestión de si las elites solo circulan o pueden suprimirse, inclinándome hacia la tesis tradicional de la sociología; cual es, que el personal de las elites cambia, pero las posiciones de elite permanecen o se recrean, incluso despues de las revoluciones. En sucesivas incursiones, antes y después del estallido, abordé además el tópico de las elites políticas, las elites profesionales del mundo civil y militar, la elite mediática creadora de  opinión pública, llegando incluso a explorar —en medio de un cuadro de rápido desvanecimiento de la vieja elite concertacionista— mi propio lugar en el crepúsculo de un ciclo que inexorablemente va quedando atrás.

Pues bien, aquí estamos. Frente al observador se despliega un gran fresco por donde circulan las nuevas elites que entran y aquellas que, ya cumplido su ciclo, salen y se van. Tiene algo de drama histórico todo esto, como una obra de Shakespeare. Para quienes están en la primera línea de rotación, el asunto es existencial, sea que pertenezcan al ámbito de la política, la economía, las comunicaciones, la religión, el arte, la academia o las profesiones. Han arribado a la tercera o la cuarta edad de cualquiera de esas élites y deben dar paso al futuro. Por el contrario, para quien observa y registra los sucesos del día desde cierta distancia, como hago yo —en calidad de observador comprometido— la visión es fascinante, sobre todo si aquel tráfico humano es mirado con suficiente perspectiva del tiempo.

¿Qué aparece, entonces, en la esfera política, siempre poblada por actores en conflicto, choque de intereses e ideas, partidos y fracciones en competencia, despliegue de liderazgos y maquinaciones del poder? Especialmente ahora, que Chile se encuentra agitado todavía por el remezón del 18-O, con una crisis de gobernabilidad latente, un gobierno débil, movimientos sociales empoderados, fuerzas políticas fragmentadas, fluidas coaliciones de partidos en tren de crearse o desaparecer, y un intenso ciclo electoral por delante. Además, vivimos un momento constituyente  que, a pesar de todo, va abriéndose paso, aunque con principios de legitimidad en pugna; aquel del 18-O versus otro del 15-N. La suma de estos elementos mantiene a la sociedad bajo el peso de grandes interrogantes, con el balance del poder en vilo y con una fuerte incertidumbre frente a sí.

2

Lo primero y más visible de ese panorama es la inaudita aceleración de aquel movimiento que acompaña a la circulación de elites, en particular en la esfera política después del plebiscito de octubre pasado. Anuncia grandes cambios e inestabilidades, un nuevo régimen de fuerzas, despertando —como siempre ocurre en estas circunstancias— esperanzas, ilusiones, cálculos y temores.

Por el lado de las derechas, tras una sucesión de masivas derrotas —de su gobierno y los liderazgos de la coalición, en el plebiscito, la elección de constituyentes y gobernadores regionales y, más al fondo, de su universo de ideas gremialistas, neoliberales, estatal-subsidiarias y de orden católico-conservador—, a partir de las elecciones primarias del sector comienza a imponerse la idea de un completo recambio de su elite política. La situación resulta paradojal: los precandidatos representativos de los tres mayores partidos de “Chile Vamos” fueron derrotados por un cuarto competidor invitado; alguien ajeno a sus ideas, tradiciones, valores aristocrático-burgueses, habitus de clase social, estilo de vida, trayectoria y experiencia vital. Es un revés no solo político sino cultural. Pero, quizá, el comienzo de una segunda oportunidad.

El significado de la situación se asemeja a una oferta pública de adquisición hostil de una alianza política por parte de un líder emprendedor que trae consigo una nueva misión, un plan estratégico y un modelo de negocios para hacerse cargo del futuro de aquella alianza, cuyo personal directivo y plana gerencial permanecen en sus cargos en incómoda posición.

Desde ya resulta evidente que habrá tensiones, forcejeos y contradicciones para ajustar, bajo un mismo techo, a tan dispares personalidades, sensibilidades, grupos, intereses y proyectos. ¿Podrá la UDI redefinir su misión e identidad y reducirse a una corriente dentro de un conglomerado mayor? ¿Logrará RN pasar del estadio de los caudillos y las fracciones para convertirse en el soporte principal de apoyo para un líder que pretende modernizar social, política y culturalmente al sector? Evopoli podría convertirse, quizá, en la principal proveedora de personal tecno-burocrático y profesional —la capa de gestión política— para una emergente configuración de derecha moderna.

Y ahora, ¿qué piensan, dirán y harán las y los nuevos intelectuales de derecha, con sus intentos de reconstrucción histórica de un pensamiento nacional-mesocrático-popular, sus herencias liberales, sus proyectos de un capitalismo humano y con sentido comunitario, y su genuino deseo de participar en la deliberación democrática, justo cuando al frente, en la otra vereda, crece una izquierda que prefiere ‘cancelar’ antes que discutir o conversar?

En fin, si la renovación de la derecha va en serio, supondrá, sin duda, no solo un exhaustivo recambio de la elite del sector, sino además, necesariamente, un ensanchamiento de su estrato intelectual; la formación de una más variada red tecno-profesional sin el lastre estrechamente economicista de aquella que viene a reemplazar, y la creación de una extensa capa de personal voluntario a nivel territorial y local que alimente una vinculación de mutuo reconocimiento con personas y comunidades en la base de la sociedad.

Sobre todo, hará falta una ideología que cemente a la elite, la articule con las organizaciones partidistas y con los organismos de la sociedad civil, y le otorgue al sector, a mediano y largo plazo, influencia, credibilidad y legitimidad que extravió durante la dictadura  y todavía no logra recuperar. Elementos iniciales para todo esto existen. Pero al momento no pasan de ser gérmenes, anuncios, promesas, ensayos,  exploraciones y prototipos. Mientras, permanece la ausencia de una narrativa y solo se escucha el ruido provocado por una proliferación desordenada de voces.

3

Por el lado de las izquierdas, la situación es distinta pues desde ya —en virtud de su peso ampliamente mayoritario que tiene en la Convención Constituyente, más allá de sus múltiples matices y orientaciones de fondo— aparece ocupando posiciones de poder y, por tanto, como miembros de una nueva elite. Digamos así: en este sector, la circulación de entrada y salida comienza a producir renovados entramados de poder.

Por lo mismo, estamos frente a una serie de fenómenos psicológico sociales de interés.

Resulta interesante ver, por ejemplo, cómo los exponentes de movimientos que solo ayer se proclamaban encendidamente antielites —y todavía lo hacen a veces, aunque  con menos aplomo— se convierten en incumbentes (titulares de cargos) y asumen sus nuevas posiciones de poder. Uno podría decir: para nada tímidamente.

Al contrario, con (merecido) orgullo y autoestima; a ratos, con un sentimiento excesivo de la propia importancia, incluso con un cierto sentido autoritatativo (¿autoritario?) de sus roles. Asimismo, con una nítida preferencia por la multiplicación de cargos (vicepresidentes, coordinadores, encargados) y funciones (comisiones, grupos de tarea, asesores, etc.). Y una propensión, demasiado humana por cierto, a celebrar su propio status como culminación de una gesta con profundo significado histórico, cuando no heroico. De allí también, en parte, las reacciones de intolerancia —y una cierta tendencia hacia la ‘cancelación’— frente a quienes no se suman a la ronda de la celebración. Se va creando así un ‘espíritu de cuerpo’ de la naciente elite que, inevitablemente, trae consigo sus propios ritos, estilos, lenguajes, insignias; en breve, una estetización del poder.

Que no se malentienda el punto que busco hacer. No apunta a una especial debilidad humana de las izquierdas por los oropeles del poder, sino a la necesidad que estos tienen de exhibirse y volverse visibles; visibilidad que, sabemos, es parte del poder (soft power, dicen algunos). Del mismo modo, la multiplicación de cargos y funciones aparece como una necesidad de representar a las nuevas elites, su diversidad, y un aprendizaje (imperativo) de las prácticas jerárquicas, parlamentarias, reglamentarias, transaccionales que son la materia de que están hechas las elites. Es, además, una manera—al menos en el plano simbólico—de imponer una cierta horizontalidad de atributos con respecto a aquellos que se supone, por su origen de clase, detentan los saberes del  mando y sus beneficios.

El debate producido sobre las asignaciones individuales para el desempeño de sus funciones, sin duda incómodo para los convencionales, deja traslucir algunas de las  tensiones que generan los ritos de iniciación y pasaje de las neoelites de izquierda. Los dilemas morales abundan. ¿Pueden las funciones de elite justificar ingresos y asignaciones especiales, varias veces superiores al ingreso medio de la población? ¿Es legítimo ponerse de acuerdo con un ‘enemigo de clase’ en materias de contenido ético? ¿Debe otorgarse el mismo derecho de expresión y réplica a alguien con un pasado de ‘cómplice pasivo’ o, peor, defensor ideológico de una dictadura? ¿Hay autoridades ancestrales o tradicionales que deben ser reconocidas y protegidas de cualquiera crítica? ¿Qué banderas, monumentos, memorias, himnos deben acompañar la refundación de un ‘orden jerárquico otro’? En fin, ¿tienen las nuevas elites el derecho a mandar ‘en la cultura’, que —como enseña la sociología— es el último reducto de poder de las viejas elites, su núcleo oculto y tenido por ‘sagrado’, pero también —y al mismo tiempo— el lugar que deben ocupar los nuevos dioses?

4

Puestas en perspectiva, las izquierdas parecen estar en la búsqueda de un centro de gravedad, en torno al cual anclar su legitimidad, su visión de mundo, su narrativa ideológica, sus relatos presidenciales y programas de cambio. ¿Es ese centro el 18-O o el 15-N? ¿La revuelta o el plebiscito? ¿Una asamblea popular soberana o una convención constitucional derivada? ¿La refundación o la reforma? ¿Una ruptura del orden o su transformación? Desde ya la Convención se presenta como una escena de estas interrogantes que, más al fondo, se originan en una lucha por la orientación de las nuevas élites del sector y su peso relativo en la balanza de la hegemonía.

El PC, en particular, creyó hasta la elección primaria poder hacerse fácilmente de ese  centro de gravedad, disponiendo a su derecha del FA como una ‘patrulla juvenil’ y a su izquierda una Lista del Pueblo como sello de legitimidad octubrista. Imaginó así poder contar con su propia coalición del enojo y la rebelión, que lo ponía a la cabeza de un movimiento ascendente de ruptura popular y radicalización del proceso político. Sin embargo, experimentó un resonante traspié con la derrota de Jadue y de toda una bien diseñada estrategia para convertir la Convención, rodeándola y desbordándola, en un incipiente contra-poder que eventualmente podría desembocar en una refundación de la soberanía popular.

Por el contrario, el FA y su triunfante candidato Boric, emergieron mejor posicionados para definir el centro de gravedad de las izquierdas, ocupándolo con sorprendente habilidad y fortuna. Y, sin duda, favorecidos por la ausencia del contendor supuestamente más competitivo, la Unidad Constituyente (remozada ex Nueva Mayoría), convertida a esa altura en una elite política desvaneciente (sin mapa ni brújula política).

5

La Convención aparece por el momento como un espacio de prueba para el  reordenamiento de las élites de izquierda. Poco a poco, los convencionales del FA y afines, independientes no neutrales, de Unidad Constituyente (PS mayormente) y votantes desgajados ocasionalmente de otros grupos, han comenzado a converger, mostrando su potencial de transformarse en un centro aglutinador y de conducción. Empujado por esa corriente de posibilidades, podría ser que el FA pase a encabezar la oposición, desplazando con relativa facilidad a la candidata de centroizquierda y quedando así en posición de disputar la presidencia de la Republica con el candidato centrista de las derechas.

Claro está, falta ver aún cómo evolucionará ese haz de posibilidades. Por el momento el FA es todavía una estructura relativamente frágil, con una marcada impronta de recambio generacional pero sin carisma de gobernabilidad y, sobre todo, sin haber resuelto aún la cuestión del poder dentro de la alianza con el PC. Este no es un asunto puramente táctico, relativo al control y comunicación de la campaña, sino un asunto estratégico sobre cómo asegurar la gobernabilidad democrática del cambio, recrear una alternativa socialdemócrata para la primera mitad del siglo 21, asegurar la pacificación de la sociedad, reimpulsar la economía e instalar el nuevo régimen político nacido de la Convención, garantizando sin vacilaciones el camino institucional. Nada asegura que el FA estará a la altura de estos desafíos.

En el mediano plazo, lo que resta de la presente década, o sea, durante las dos próximas administraciones de gobierno, concluirá el proceso de recambio de las elites políticas en curso, con un plantel de personal renovado prácticamente de forma completa. Se habrán remozado; no desaparecido. Significará, por fin, la entrada del país político al siglo XXI. Y la circulación orgánica de las elites habrá retomado su ritmo más acompasado.

También las posiciones que ocupará dicho personal habrán sido redefinidas por la Constitución: de  la presidencia al parlamento, de los tribunales de justicia al Banco Central, del Estado subsidiario a uno emprendedor, de un sistema centralizado a uno con mayor espacio para las autonomías. Y lo mismo habrá ocurrido con las relaciones de estas nuevas elites con los mundos de las empresas y la academia, la sociedad civil y las iglesias, los medios de comunicación y las redes sociales, la técnica y los expertos.

Todo esto—una gran transformación, en efecto—podría  ocurrir dentro de los cauces  de la institucionalidad; incluso, la refundación de las propias bases de esa institucionalidad. Sin ruptura de continuidad. ¿Por qué no? La democracia es enormemente flexible, si se sabe gobernar el cambio dentro de sus posibilidades y restricciones. No debe pues descartarse esta alternativa, por difícil que aparezca a ratos.

Sin embargo, también podría suceder lo contrario; que los conflictos en torno a la creación de un nuevo orden desborden la institucionalidad y lleven a un quiebre democrático y a un periodo de alta inestabilidad, como el país vivió en otras circunstancias y momentos durante el siglo XX. ¿Por qué no? Claro que podría ocurrir. Todavía estamos en una zona incierta.

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