I

Las alternativas presidenciales están, por primera vez, prontas en el punto de partida para arrancar la competencia por el voto del 21 de noviembre próximo. Hay dos grupos de candidatos.

Por un lado, un grupo de contendientes principales, que expresan organizaciones y movimientos colectivos y se aproximan a la esfera política con una visión programática que trasciende a su propio carisma personal. Está compuesto por cinco competidores que, según el orden alfabético, son: Ancalao (Lista del Pueblo), Boric (Apruebo Dignidad, alianza del FA, el PC y asociados), J.A. Kast (Partido Republicano), Provoste (Unidad Constituyente, ahora Nuevo Pacto Social, ex Nueva Mayoría y grupos incorporados recientemente) y Sichel (Chile Podemos +, ex Chile Vamos y grupos que se suman a esta candidatura).

Por otro lado aparece un grupo secundario y variopinto de candidatos que responden a su propio deseo de figurar en tal rol, entre ellos tres que ya lo han intentado antes, (Artés, Parisi y Enríquez-Ominami), uno de ellos varias veces (ME-O), y un cuarto que busca probar suerte en el mercado electoral por primera vez (Lorenzini). Se caracterizan por no tener el respaldo de alguna dinámica social o electoral de importancia, descansando más bien en su propia iniciativa individual y figuración previa a través de los medios de comunicación. Por cierto, su impronta mediática y marca personal podrían acarrearles un número significativo de votos en la primera vuelta —¿10% o más en conjunto?— desordenando los resultados de la competencia principal. Pero, aún así, no parecen ofrecer alternativas de gobernabilidad sino que representan emprendimientos individuales de posicionamiento de marca en el mercado de las preferencias populares.

Dicho en breve, hay un nutrido elenco de personas que se sienten llamadas por el alto destino de la presidencia, pero las escogidas para disputar los dos primeros lugares en la elección del 21-N son pocas. En principio, se reducen a aquellas cinco mencionadas inicialmente, aunque en realidad solo tres de ellas —Boric, Provoste y Sichel— parecen tener posibilidades de entrar al balotaje del 19 de diciembre de 2021. Las otras dos candidaturas, encabezadas por Ancalao y Kast, no son inofensivas, sin embargo; ostentan una cuota de poder suficiente para dañar a sus competidores más próximos, es decir, Boric y Sichel (como ocurre también con ME-O en el caso de Provoste).

Ninguna de las cinco figuras cabezas de serie son nuevas en la escena; a pesar de pertenecer a una generación intermedia, entre 35 años (Boric) y 55 años (Kast), todas  poseen una trayectoria política conocida, han ocupado cargos partidarios y pertenecen, por tanto, a la clase política, dentro de la cual han construido redes y se han desplazado por lugares y posiciones mientras construían su liderazgo.

Interesantemente, ninguna exhibe un liderazgo que haya sido sujeto todavía a duras pruebas de conducción, crisis y construcción de equipos. Sin duda, como dirigentes han debido tomar decisiones, administrar conflictos, asumir riesgos y, unos más que otros, han sorteado las pruebas y salido airosos. Mas, en el plano público, a la escala que aquí interesa —la presidencia de la República— ninguno ha tenido desempeños que permitan reconocerlos como líderes nacionales o conductores políticos con algún carisma extraordinario.

De cualquier forma, es común que quienes aspiran a esta elevada magistratura carezcan de características especiales; más bien, tienen un recorrido y una variable popularidad, o han tenido la suerte de aparecer como la mujer o el hombre precisos en el momento preciso, o acceden a la presidencia más por el peso de las fuerzas que los apoyan que por propia virtud; más por las circunstancias, en fin, que por una poderosa personalidad.

II

Una característica común en el caso de los cinco candidatos del elenco principal es que concurren a esta competencia con estructuras políticas de apoyo relativamente débiles, al final de un ciclo político que aún no termina por completo, mientras empieza uno nuevo que aún no se define.

En ambos extremos de la escena, los candidatos Ancalao y Kast aparecen como manifestaciones de un rechazo —rechazo al sistema existente uno, el otro a lo que su mundo percibe como un inminente desorden— antes que con propuestas de futuro que (por ahora) pudiesen ser una opción efectiva de gobernabilidad.

La Lista del Pueblo, una creación reciente que se reclama como portadora del espíritu del estallido del 18-O —una revuelta supuestamente nacida de las rabias y resentimientos contra el capitalismo neoliberal, la democracia mentirosa y una transición de 30 años desde una dictadura abierta a otra encubierta— refleja un estado de ánimo más que un proyecto. Es un movimiento de cabecillas populares, postulados locales, intenso repudio a instituciones y élites, con una argamasa ideológica populista, de izquierda, autoritaria y con vocación sectaria, como ha ido volviéndose aparente durante los pocos meses de su existencia. Como propuesta de futuro es poco lo que cabe esperar, por lo mismo, de este extremo del escenario.

Su presencia como actor relevante se limita por ahora a la Convención Constituyente donde, a su vez, su poder es dependiente de la conducción táctica que le ofrece el PC y del voto de los representantes de los pueblos originarios que, por ahora, se alinean tras la Lista del Pueblo. Ésta carece, sin embargo, de consistencia propia y ha experimentado varios desprendimientos. Para los pueblos originarios es un aliado que progresivamente pierde capacidad de incidir en las decisiones mayoritarias de la Convención, arriesgando con aislarlos. Y para las izquierdas se transforma a ratos en un socio incómodo con sus arrestos autoritarios, dificultad para tolerar las libertades de expresión y crítica, y su completa ausencia de valoración del pluralismo democrático.

Al lado opuesto del escenario, la figura de Kast y su partido es cualquier cosa menos una novedad política, aún dentro del enrarecido ambiente de la derecha. En efecto, ¿qué representan? Primero que todo, un rechazo ante la ‘falta de carácter’ de la coalición gubernamental (UDI, RN, Evopoli). Repudian el abandono (traición) de ciertos valores del que acusan a Chile Vamos y al gobierno Piñera; valores de autoridad, tradición, seguridad, jerarquía, obediencia, privatismo, patriotismo, nacionalismo y castigo del delito. En fin, acusan a su sector de haber vuelto la espalda a un orden —entre gremialista, jerárquico, mercantil y conservador— que Pinochet y la dictadura habían heredado a sus seguidores.

En este sentido, es una extrema derecha bien distinta de las derechas extremas europeas, igualmente antiliberal que aquellas, pero sin el mismo foco en un nacionalismo popular fascistoide y anti-inmigrantes. Se parece más a un rechazo de la deriva experimentada por los partidos de la derecha post-Pinochetista, especialmente la sensación de que la UDI se habría convertido en un partido pragmático, de cargos y caudillos, sin pureza ideológica y dispuesto a transar principios para preservar poder. En fin, la ‘nueva derecha’ soñada desde este extremo es un anacronismo; un deseo de volver atrás al tiempo de los vetos, del orden excluyente y de la estratificación basada en los privilegios de la riqueza, el honor y una Constitución a cuya muerte asistimos.

III

Por su lado, las tres candidaturas centrales —Boris, Provoste, Sichel— tienen tras de sí mayor densidad de dinámicas político-culturales pero, igualmente, exhiben debilidades y tensiones estructurales que saltan a la vista.

Provoste, que acaba de ser ungida como candidata tras un derrotero de errores, fracasos y confusas operaciones por parte de su alianza de apoyo, nace bajo el signo negativo de esa trayectoria. Su propio partido de base, el PDC, no termina por asentarse; carece de coherencia ideológica, tiene una dirección interina, sus corrientes internas se han atomizado, sus vínculos con lo demás partidos y grupos de la coalición son flojos y cambiantes. Su candidata, hasta pocos meses, no era Provoste sino Rincón. Su eje histórico con el PS se dañó hace rato. Este último partido viene dando tumbos y se halla desprovisto de conducción. El PPD y el PR muestran escaso arrastre y carecen de una perspectiva de crecimiento. No sorprende pues que en medio de esta situación vuelva, una vez más, a renacer la conversación sobre la construcción de un ‘polo progresista’ —socialista democrático, se llama ahora—, el cual se postula sin la compañía de la DC, justo cuando la candidata presidencial del conglomerado es DC.

De modo tal que la centro-izquierda, o sea, la ex Nueva Mayoría, ahora con algunos agregados como el partido Ciudadano y la plataforma Nuevo Trato, pero ya sin el partido PROgresista que se desembarcó la noche de la boda, tiene una candidata que pertenece a un partido relativamente endeble, dentro de un conglomerado que acaba de cambiar por enésima vez de nombre (de Unidad Constituyente a Nuevo Pacto Social) y en el cual predominan difusas ideas socialdemócratas, una identidad (concertacionista) borrosa que los propios miembros de la alianza se encargaron de arruinar, y un programa de gobierno que por el momento no se distingue mayormente del de Boric y el FA.

A su turno, Sichel, cuya trayectoria viene desplazándose desde el centro-estilo-antigua-Concertación hacia un posible centro-estilo-nueva-derecha, debe conducir ahora una alianza —recién renombrada también—, pero que mantiene sus viejos estandartes algo deshilachados.

RN, tras su derrota con Desbordes en la primaria, no parece haber salido aún del asombro de su bajísima performance y busca reencontrar un lugar donde pararse. Su delgada capa ideológica se perforó hace rato y no parece haber reemergido aún una confluencia entre las diversas pulsiones que acompañan su lejano pasado, como nacionalismo, social cristianismo, social emprendurismo, liberalismo social,  conservadurismo valórico y, más recientemente, un cierto meritocratismo mesocrático.

Por su lado, la UDI lo ha perdido casi todo en rápida sucesión: su estamento directivo original (los coroneles), líderes capaces de disputar la presidencia (Lavin fue el único y acaba de despedirse), su proyecto de raíz popular, el gremialismo apolítico (sepultado por treinta años de parlamentarismo, ahora ya sin poder de veto), el neoliberalismo como emanación del libre mercado, las virtudes conservadoras de un catolicismo moral (que se esfumó). Hoy es, más bien, una sombra del partido que fue y debe conducirse (y reconstruirse) bajo la dirección de un candidato que tiene escasa afinidad con lo que la UDI históricamente fue o podría ser en el presente.

EVOPOLI, que nació y se ha desarrollado hasta aquí como un intento de renovación de la derecha ‘desde dentro’, partiendo por la renovación generacional, no ha logrado —hasta ahora— cumplir su designio. Permanece todavía, como mostró la elección primaria de la derecha, en un margen demasiado delgado como para irradiar una influencia renovadora. Tampoco ha aportado suficientemente a un nuevo cuadro directivo de la derecha,  el que ahora se halla ante la posibilidad de renovarse ‘desde arriba’, en virtud de los equipos que irá definiendo el candidato Sichel. Como sea, él tiene por delante una compleja ecuación que resolver: debe dotar de competitividad a una derecha cuyas ventajas competitivas han disminuido fuertemente y cuya capacidad de crecimiento, sobre todo la productividad de sus ideas,  aparece claramente debilitada en el actual panorama de confusión ideológica.

Boric, por último, mantiene una suerte de pole position simbólica en el escenario presidencial, pero con una estructura de apoyo cuyo andamiaje muestra desequilibrios importantes. En efecto, dentro de la alianza que lo apoya, el candidato pertenece a la agrupación más débil del FA, cuyo eje gira en torno a RD. A la vez, el FA es el eslabón orgánico más débil al interior de esa alianza, cuyo centro de gravedad  está, orgánicamente hablando, en el PC. Doble debilidad, por tanto, de Boric que, a su corta experiencia política, suma una organización propia leve dentro de un Frente todavía emergente y con un socio, el PC, más fuerte en organización pero menos atractivo electoralmente, según reveló la elección primaria.

De modo que tampoco resulta fácil la tarea para el candidato frente-amplista. El PC, después de la sorpresiva derrota de su candidato frente a Boric en la primaria, decidió abrazarse estrechamente a él, haciéndose presente en la conducción estratégica, las vocerías comunicacionales y, sobre todo, el trabajo programático. Todo esto, que debería reforzar la plataforma todavía relativamente débil del FA —con excepción del segmento de technopols, académicos y expertos en gestión de conocimientos, donde el FA y Boric poseen interesantes redes— sin embargo podría al final dañar la imagen de novedad, frescura, apertura, convicción democrática, flexibilidad y sentido no sectario que Boric ha ido construyendo exitosamente para si. 

IV

En suma, el análisis muestra que la carrera presidencial se halla no solo abierta, como suele decirse, en el sentido de que sus resultados son inciertos y dependerán en gran medida del comportamiento de los candidatos y sus fuerzas de apoyo, sino que se desenvolverá, además, sobre el trasfondo de un enorme dinamismo político.

Una nueva generación está haciéndose cargo de la conducción política del país, en todos los niveles y posiciones de mando, próximamente también de la presidencia de la República. Todo esto en un contexto de crisis social, económica e institucional y mientras se desarrolla el proceso conducente a una nueva Constitución.

Los candidatos, mayores y menores, principales y secundarios, navegarán en estas difíciles condiciones. Aquellos del grupo con mayores posibilidades de llegar al balotaje final, tendrán  que ordenar, ante todo, el mapa ideológico y el derrotero de sus propias coaliciones políticas, a riesgo de quedar liberados a su propia suerte.

En seguida, tendrán que formular propuestas —no programas de 300 páginas, deleite solo de technopols— las cuales, mediante cuatro o cinco ideas-fuerza,  muestren que poseen una clara comprensión de dónde y cómo se encuentra el país y cuáles son las soluciones que es posible impulsar en medio de las restricciones políticas y económicas que enfrentará el nuevo gobierno a partir de marzo de 2022.

Tercero, deberán conducir campañas que exhiban su liderazgo, manejo de equipos e ideas, comunicación realista de esperanzas y capacidad de convocar lealtades y apoyo entre los electores. La demagogia, por el contrario, haría aún más difícil la administración de las restricciones futuras, al desencadenar una espiral de expectativas.

Por último, a través de la combinación de esos factores —orden interno, propuestas, liderazgo, movilización de voluntades— los candidatos necesitan transmitir una promesa de gobernabilidad que reúna tras de sí una amplia mayoría. Es lo más difícil, sin duda, si se piensa que hasta hoy los principales candidatos aún no logran una efectiva gobernabilidad de sus propias fuerzas de apoyo.

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