Poco sabemos de esa lejana ciudad y de Afganistán. Sin embargo, en los últimos días hemos sido bombardeados por las imágenes de un conflicto que nos cuesta entender: las tropas de la OTAN escapando, derrotadas por un movimiento guerrillero extremista islámico -los talibanes- luego de 20 años de ocupación del país. Miles de afganos buscan emigrar atemorizados. No creen en las declaraciones de conciliación de los líderes revolucionarios, que gobernaron el país con mano de hierro.

En el mundo global cuyas comunicaciones no conocen límite ni de tiempo ni de espacio, el drama afgano pone muchas interrogantes.

Una vez más se demuestra la fragilidad de los imperios y la inoperancia de las invasiones militares, aunque sean exitosas en el campo de batalla. Luego de la Segunda Guerra Mundial desaparecieron los dominios coloniales de Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Portugal y otras potencias europeas; en el siglo XIX el continente americano había dado el ejemplo, logrando su independencia de Gran Bretaña, España y Portugal. Afganistán es un buen espejo de esa prepotencia impotente: ahí fueron derrotados los ingleses en el siglo XIX, los soviéticos y ahora los norteamericanos y sus aliados, pese a su abrumadora superioridad técnico-militar.

Los ejemplos anteriores son múltiples: Gran Bretaña en la India, Francia en Indochina y Argelia, EE.UU. en Vietnam, Portugal en Angola y Mozambique. Pero la lección no se aprende. Luego del atentado de las Torres Gemelas, Bush decidió invadir Afganistán y después Irak al margen del Derecho Internacional. Ambas operaciones han resultado un fracaso.

El detonante en los dos casos fueron los atentados terroristas internacionales provocados por grupos yihadistas y el amparo o colaboración que les prestaba el gobierno afgano a sus autores y, supuestamente, el iraquí, al cual además se le acusaba de poseer armas de destrucción masiva. El propósito de Bush -según sus palabras- era construir en esos lugares una democracia ejemplar. Los EE.UU. y sus aliados ganaron fácilmente la guerra, derrocaron a esos gobiernos y han terminado empantanados en un conflicto sin fin en Irak y ahora saliendo a las carreras de Afganistán, con los talibanes de regreso en el poder.

Para aproximarse a entender este complejo escenario deberíamos volver a leer el famoso libro de Samuel Huntington “El choque de civilizaciones”.

Es obvio para cualquiera que los problemas de fondo de la sociedad afgana se han agudizado y que es grande la pérdida de prestigio político y militar de la OTAN. Además, Bin Laden, que efectivamente un tiempo estuvo operando desde Afganistán, fue encontrado en su refugio en Pakistán, país aliado de EE.UU. y que ha tenido un doble juego dejando que parte de su territorio sea usado por los yihadistas.

Para aproximarse a entender este complejo escenario deberíamos volver a leer el famoso libro de Samuel Huntington “El choque de civilizaciones”, donde en 1996 plantea la hipótesis que el mundo post guerra fría estará marcado por el desorden internacional y los roces y conflictos entre las grandes civilizaciones que componen la globalización, en las cuales volverá a tomar un papel preponderante el fenómeno religioso, a veces como ciego fanatismo. Se trata de una contraposición de valores, creencias y pautas de conducta que no ha desaparecido pese a los avances de las visiones compartidas de ciertos principios y problemas. A veces el contraste se produce entre Estados, en otras ocasiones atraviesa los países y se abren paso grupos extremistas o personas que actúan por su cuenta como “lobos solitarios”.

Efectivamente, las zonas más tensas del planeta están en las fronteras de las grandes civilizaciones. Ya no existe una contraposición ideológica bipolar como en el pasado reciente: la economía de mercado es universal. Ha resurgido el interés nacional (America first, decía Trump y otros lo imitaban) que estudia la geopolítica (¿cómo entender de otra manera la anexión de Crimea por Rusia o el expansionismo de Turquía?), pero también ha cobrado una importancia sorprendente el surgimiento de grupos extremistas religiosos violentos dispuestos a dar su vida por un mandato divino.

Este fenómeno es particularmente visible en el Islam, aunque es preciso reconocer de partida que la inmensa mayoría de los musulmanes tienen una visión diferente de la religión. El Islam no conoció un fenómeno como el Renacimiento, en que Maquiavelo separó la política de la esfera de la fe. Los yihadistas atacan en todos los continentes. Incluso en América del Sur, con los atentados a la mutual judía AMIA y a la Embajada de Israel en Buenos Aires. Además, ha vuelto a cobrar fuerza el conflicto entre las dos ramas del Islam -sunitas y chiitas-, que explica en parte las constantes batallas en el Medio Oriente. Y en ambas corrientes existen grupos extremistas amparados o incluso fomentados por algunos gobiernos afines, como Arabia Saudita e Irán.

Se equivocaron todos los que pronosticaban un avance imparable de la secularización y un retroceso de la religión. ¿Dónde está “La sociedad secular” de Harvey Cox, publicada en 1965? Pocas fueron las voces disidentes. Entre ellas Malraux, que advertía que el siglo XXI sería religioso. El problema es que este rebrote religioso ha cobrado a menudo la forma de la intransigencia, la imposición, la violencia y la guerra santa.

Ha hecho bien el Gobierno en sumarse al esfuerzo internacional pro brindar refugio a familias afganas.

Este fenómeno no ha ocurrido en el cristianismo. Tal vez por ser la civilización más afectada por la secularización y, también, porque en su historia carga con la memoria de las guerras de religión que ensangrentaron Europa y que se prolongaron bajo diversas formas hasta la Ilustración, para no hablar del cisma de Oriente, las cruzadas, la persecución de cátaros y albigenses, los enfrentamientos con los musulmanes y la opresión de los judíos. Sin embargo, todo ese bagaje no le impidió a Europa la empresa imperial, el tráfico de esclavos y la conquista de los pueblos colonizados, muchas veces en nombre de la civilización y aun de la religión.

La reacción frente a los conflictos entre civilizaciones tuvo eco en Naciones Unidas que adoptó en el 2007 el programa de Alianza de Civilizaciones. Evidentemente, más allá de las buenas intenciones, la respuesta ha sido débil. También hay que resaltar el esfuerzo del Vaticano por impulsar el diálogo con los no cristianos, especialmente con judíos y musulmanes, las tres religiones monoteístas que provienen de Abraham. La última encíclica del Papa sobre la fraternidad y la amistad entre los pueblos hace especial referencia a los encuentros con importantes líderes religiosos del Islam en Abu Dabi y Egipto.

Para demostrar la importancia de ese mensaje de comprensión y concordia -como argumentación al absurdo- están los perturbadores acontecimientos de Kabul. ¿Cómo terminará la evacuación de los extranjeros y afganos que buscan refugio, sobre todo luego de los atentados en el aeropuerto perpetrados por ISIS, otro grupo extremista rival de los talibanes? ¿Qué países les darán amparo? ¿Cómo se comportará el gobierno talibán, con el cual los países se ven obligados a tratar, aun sin reconocer formalmente su autoridad? ¿Cómo serán las relaciones de los talibanes en el poder con sus vecinos? Con Pakistán ha habido vasos comunicantes; con la India hay una distancia completa; con Irán existe una confrontación religiosa entre sunitas y chiitas; con China y Rusia, donde existen minorías islámicas permeables al discurso extremista.

Afganistán, en el corazón de Asia Central, es en sí mismo un rompecabezas tribal, tensionado entre la modernidad y las tradiciones locales. La producción de opio contribuye a volver más complejo el cuadro. Y mañana pueden ser otras riquezas naturales, como el litio. Parece ser, como en el pasado, el lugar donde chocan los intereses de las potencias y las civilizaciones. ¿Será posible compatibilizar la ley islámica (la sharia) con un orden político y económico que se aproxime a los principios democráticos? Los experimentos en los países islámicos, por lo general, no han sido exitosos.

Una cosa es clara y definitiva, que debe servir de lección: frente al enjambre afgano la solución no es blandir la espada como Alejandro lo hizo rompiendo el nudo gordiano, sino desatarlo con paciencia, talento, comprensión de esa compleja sociedad y con la dosis de astucia que toda exitosa diplomacia requiere. En ese sentido, la retirada de las tropas norteamericanas puede ser un primer paso en la dirección correcta.

Ha hecho bien el Gobierno en sumarse al esfuerzo internacional pro brindar refugio a familias afganas. Por su parte, M. Bachelet ha advertido sobre el peligro de una agudización de las violaciones a los derechos humanos, principalmente de las mujeres. Ha señalado que esa es una línea roja que los talibanes no debieran cruzar.

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