Hay quienes pretenden que este domingo 18 de octubre se celebre el aniversario del levantamiento del 18 de octubre de 2019. ¿Por qué tendríamos que celebrar, me pregunto, cuando lo ocurrido hace un año fue un intento violento, destructivo, antidemocrático, de derrocar al gobierno democráticamente elegido del Presidente Piñera?

La izquierda es muy hábil en inventar slogans. «No son treinta pesos, son treinta años», lo que se viralizó rápidamente, sin ser contrarrestado. Luego de las evasiones, se tomaron el metro, cortaron su circulación, incendiaron estaciones y vagones, dañaron su infraestructura y paralizaron la ciudad. Y no solo eso, quemaron y saquearon edificios, supermercados, tiendas, pequeños almacenes, bibliotecas, universidades. Atacaron comisarías, cuarteles y fuerzas especiales. Todo lo que se cruzaba por delante, había que destruirlo.

Lo triste de todo esto es que se pretendió confundir un levantamiento subversivo, que  intentaba un golpe institucional, con lo que se denominó el “estallido social”, después de la multitudinaria marcha pacífica. No olvidemos que la acusación constitucional contra el Presidente falló por solo cuatro votos y que el PC y el FA le pidieron abiertamente la renuncia, cuatro días después del 18-O.

Y el 12 de noviembre, el día más violento de todos, la suerte de la Constitución quedó sellada. Pero no fue una petición popular la que le puso la lápida, sino la izquierda, que aprovechó la oportunidad de hacerlo, al ver un gobierno debilitado, sin ideas ni menos soluciones a los problemas de violencia pública, que alentaron desde el llamado a la desobediencia civil en adelante, y que tanto daño causó.

Ese es el contexto que nos llevó a la incertidumbre en que estamos. La violencia ha retornado, y en una semana tenemos que concurrir a las urnas, donde estaremos decidiendo el futuro del país. Hasta el momento, solo sabemos que hay que votar si se aprueba o rechaza que se escriba una nueva constitución y por quién. Pero de contenido, ni una palabra, generando infinitas dudas.

Si gana el Apruebo, estaremos camino a dos años de incertidumbre, comenzando por no saber si los parlamentarios o el Presidente que elijamos en noviembre 2021, tendrán las mismas facultades de hoy, porque podría cambiar el régimen de gobierno. Tampoco tendremos certeza si el derecho de propiedad se va a mantener, o si el TC y el Consejo de Defensa del Estado subsistirán y así variados temas que habrían de discutirse y aprobarse por los 2/3 de los votos. Pero si no se aprueban, no hay ninguna seguridad sobre su destino.

La incertidumbre tendrá un costo enorme para el país. Baste decir que hace dos días, Fitch comunicó la rebaja de la nota soberana de Chile desde A a A-, lo que en términos simples significa que somos más riesgosos como país y la consecuencia directa es que endeudarnos nos costará más caro, por lo que tendremos que pagar intereses mayores por una deuda que se encamina al 50% del PIB en 2024. Y el dólar traspasó la barrera de los $800. Fitch destacó lo siguiente: “El posible proceso de reescritura de la Constitución y una serie de elecciones durante los próximos dos años plantean incertidumbres que podrían frenar las perspectivas de inversión y recuperación económica y aumentar las presiones para un mayor gasto fiscal”.

La decisión personal sobre que camino queremos para Chile debemos expresarla el próximo domingo. Lo que está en juego es demasiado importante para dejarlo al arbitrio de la abstención. Póngase la mascarilla, lleve alcohol, su lápiz a pasta azul y vote en conciencia y bien informado.  El destino de Chile está en nuestros votos.

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