El año 2003 falleció en Chile la última persona que hablaba yámana (o yagán), hecho que alertó a quienes defienden lenguas en peligro de extinción. Un estudio de la Universidad de Cambridge, de hace algunos años, indica que en Chile quedan seis en tal condición y pronostica una pronta desaparición del 25% de las actuales lenguas en el mundo. Poco uso diario, especialmente entre los jóvenes e incompatibilidad con los avances tecnológicos, son las causas principales. La UNESCO, e informes de otras universidades de todo el mundo, reportan conclusiones muy parecidas.

En el otro extremo, se aprecia la tenaz y exitosa lucha de ciertas lenguas por sobrevivir. Incluso algunas se reponen por completo, pese a circunstancias excepcionalmente adversas. Por eso, en 1978, se valoró esta lucha al serle concedido el Premio Nobel de Literatura a Isaac Bashevis Singer, por su obra escrita en yiddish, la lengua de los judíos azkenazi, situada al borde de la extinción al no ser aceptada ni siquiera por todas las comunidades (el reconocido filósofo judío, Moisés Mendelsohn la consideraba menos prestigiosa que el hebreo).

La alerta sobre lo ocurrido con el yagán, así como la beligerancia lingüística, que asoma muy virulenta en la Convención Constitucional, indican la necesidad de ubicar en el contexto internacional un desafío ineludible que tiene nuestro país y que sintetiza la pregunta de cuán plurilingüístico es en realidad Chile. Ahí podemos avanzar en escudriñar sobre una serie de otros temas que parecieran complicar la identidad nacional. ¿Tenemos una identidad plurilingüística?. Y si no la tenemos, ¿la desearíamos? ¿Tiene sentido antagonizar sobre estas materias? ¿No estará escondiendo el antagonismo un simple deseo de construir un plurilingüismo restringido a lo simbólico dadas las complejidades?

Para abordar posibles respuestas conviene aclarar que se está frente a una cuestión imbricada con pulsiones políticas y que, consecuentemente, terminará siendo resuelto en ese ámbito. En tal sentido, parece pertinente recordar que muchos pensadores relevantes (Ranciere, Havel, Sloterdijk) conciben la existencia de la política en función del desacuerdo entre las personas al ser éste constitutivo de la vida humana. De ahí la imperiosa necesidad de su existencia. Ellos recalcan que sólo por medio de la política se pueden consensuar cuestiones mínimas, que hagan llevaderos los acuerdos. Este aserto otorga plena validez a las siguientes tres consideraciones.

La primera apunta a las causas de la sobrevivencia de cada lengua. La experiencia demuestra que el ciclo formado por génesis, desarrollo, esplendor y extinción de las lenguas, a través del cual se forja como elemento identitario, depende en estos tiempos de su aplicabilidad en las disciplinas científicas, en la tecnología y en el comercio. La razón es obvia. La ciencia exige, ante todo, precisión terminológica, capacidad de abstracción y conceptualización rigurosa. No digamos en el derecho constitucional. Aunque duela reconocerlo, no todas las lenguas poseen tales capacidades y, por lo mismo, no consiguen mantener el ritmo de avance civilizatorio.

Sobre este punto baste recordar a Ortega y Gasset, quien tuvo serias dudas sobre las posibilidades del castellano para reflexionar adecuadamente en filosofía. Consideraba que, en ese ámbito, el alemán era irreemplazable. Bastante significativo a este respecto es lo que ocurre con el exitoso programa televisivo alemán “Auf ein Wort” (transmitido por Deutsche Welle), donde se discurre durante una hora en torno a un concepto, pero la DW lo emite sólo en alemán. Un ejercicio de esa densidad intelectual no parece fácil de implementar en cualquier lengua.

Una segunda consideración, tiene que ver con las interacciones. Mucho se habla, escribe y argumenta sobre el fatal destino de las lenguas aborígenes latinoamericanas en desmedro del castellano y el portugués, remitiéndose al resultado de lo ocurrido en el campo de batalla. Se trata de un razonamiento sin validez universal. El asunto de las interacciones es algo más vasto. Las lenguas llevadas por los colonialistas a África, Asia e islas del Pacífico fueron adoptadas como una suerte de lingua franca (uso frecuente) por parte de múltiples etnias locales, pero no desplazaron, por ejemplo, al árabe en Argelia, Siria o Jordania, pese a la violencia bélica. Incluso el castellano hablado en México es producto de innumerables interacciones, que partieron con la caída de Tenochtitlan (sin contar que la mayoría de los hombres de Cortés provenían de diversos espacios lingüísticos de la península y que además habían pasado la mayor parte de su vida en el Caribe). Si el argumento de las armas fuese el determinante, y tuviese validez universal, los afganos tendrían hace tiempo el inglés como idioma oficial y sus habitantes serían excepcionales políglotas.

Una tercera consideración apunta a condicionantes sociales. Que una lengua derive en residuo pétreo incardina también, y de manera muy fuerte, con la actitud de las generaciones más jóvenes y su relación con la lengua heredada de sus padres y antepasados. Guste o no guste, son ellos los llamados a tomar el relevo de una lengua. A mayor abundamiento, a medida que el mundo se seculariza, y se profundiza la libertad individual, los más jóvenes van adquiriendo elementos identitarios más movedizos. Ello es particularmente relevante en estos tiempos de planetarización dominado por redes sociales.

En consecuencia, mantener una lengua viva y activa no se hace por decretos ni por  gestos locuaces. Sorprende constatar que en Chile se esté generalizando en ciertos espacios públicos la idea de ver resultados mágicos mediante la omnipresencia administrativa, olvidando que el uso de una lengua común tiene que ver básicamente con la proyección que se forje una determinada comunidad hacia el futuro. La idea de creer que dos o tres frases generalistas fraguan una identidad responde más bien a deseos de tipo prometeico, propio de quienes perciben la política como una religión o un sucedáneo de ésta. Es decir, se sienten parte de una cruzada, convencidos de que, en un acto magnánimo, la autoridad puede transformarse en Dios mismo, llevando el fuego esclarecedor a hablantes de lenguas supuestas marginadas.

La lengua para ser efectivamente un elemento identitario requiere de una voluntad genuina de la comunidad que lo habla. Un ejemplo muy esclarecedor proviene de la serie de Netflix Unorthodox o de las obras del multifacético grupo musical The Klezmatics. Ambos muestran cómo ciertas lenguas, insertas de veras en el alma de naciones vitales -como el caso del yiddish-, son capaces de sortear obstáculos y logran sobrevivir.

Por lo mismo, el espíritu confrontacional en estas materias de nada sirve. Y aunque ningún camino conduce a una paz celestial ni produce una pax romana entre ellas, el siglo 21 está llamado a incentivar la interacción libre. Sin perder de vista, claro está, que el contexto secularizado y tecnologizado es determinante.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta