Las izquierdas latinoamericanas se han sentido incómodas con la Organización de Estados Americanos (OEA) desde que se expulsó al régimen de Fidel Castro en un ya lejano 1962, en el marco de la Conferencia de Punta del Este. Desde entonces, no han perdido oportunidad para prodigarle epítetos como “ministerio de colonias” o, sencillamente, “basura”. Sin embargo, la experiencia demuestra que dicha visceralidad responde a humores anti-estadounidenses y a cuestiones más bien mundanas y cíclicas. Por eso no debe extrañar que en estos días la región entera se encuentre en la antecámara de un nuevo intento por socavar la OEA, impulsada esta vez por México. Por varias razones, no es un asunto menor para Chile.

Difícilmente el país puede permanecer impávido ante una ofensiva apoyada también por los K en Argentina, por el evismo boliviano, por los Maduro y los Ortega, por el régimen cubano y por el flamante exguerrillero peruano devenido en canciller, Héctor Béjar. No deja de ser excepcional el desafío de tener a los tres vecinos unidos simultáneamente en el esfuerzo activo por socavar la OEA.

Desde la esfera nacional, esta circunstancia sería más llevadera si se viviesen tiempos sosegados, pero confluyen varios elementos que complejizan este desafío. El ambiente doméstico está convulso y la elección presidencial a fin de año se ve incierta. La selva política latinoamericana sigue siendo a ojos chilenos tan abstrusa como la africana o la asiática y, a mayor abundamiento, no se observa mucho interés en Chile por ubicarse junto a Bolsonaro (único país latinoamericano con peso específico).

Ese es el contexto que rodea los dos episodios anti-OEA que se avecinan. El primero en agosto y el otro en septiembre.

El 13 de este mes, por ejemplo, se iniciará en la capital mexicana un azaroso, y probablemente muy tedioso, proceso de negociación entre Maduro y Guaidó, ante el cual será imposible mantener silencio. Menos aún, distancia. No sólo por las simpatías de nuestro país con las fuerzas democráticas venezolanas, sino por el deseo de Mexico y Noruega, en tanto organizadores, de excluir a la OEA.

Enseguida, en septiembre, Mexico organizará una cumbre presidencial CELAC. Ocurre que, luego de tres años de abandono de la región, y de priorización de la relación con Donald Trump, México busca retomar el liderazgo regional. Chile tampoco podrá permanecer indiferente, dado el verdadero jacobinismo verbal que rodea el resurgimiento de CELAC. López Obrador sostuvo expressis verbi que la OEA ha entrado en una fase de agotamiento y corresponde pensar en un esquema multilateral nuevo, con CELAC en el centro. Eso es lo que se discutirá en septiembre.

¿Qué esconde esta operación mexicana?

La respuesta se encuentra en sus agitadas aguas pre-electorales, donde una de las principales cartas de sucesión presidencial es el actual canciller, Marcelo Ebrard, hombre con vastas redes por las izquierdas de todos los pelajes a lo largo y ancho del continente, incluido Chile, ciertamente. Para recuperar popularidad, el lopezbradorismo llegó a la convicción que, tocando la fibra de la Patria Grande, se dejará en el olvido esa condescendencia exagerada y degradante observada con Trump, y se recobrará el apoyo de sus viejos amigos latinoamericanos.

México está promoviendo su acercamiento a América Latina basado en cuatro ejes: a) apoyo humanitario visible a Cuba, mediante el envío de alimentos y medicinas, b) trabajo diplomático subterráneo para bajar los decibeles críticos en Nicaragua, c) coordinación con Noruega y otros países para sentar en la mesa negociaciones en Venezuela y atemperar los ánimos en ese avíspero chavista, d) revitalización de CELAC en desmedro de OEA. ¿Participará Chile de éste, the best show in town?

No resulta fácil aventurar una respuesta. La indiferencia, o los costos de oponerse, pueden tener consecuencias impensadas. Y es que se necesitan nervios de acero y una lupa genuinamente realista para entender que este nuevo y ampuloso deseo de darle un certificado de defunción al principal organismo interamericano está condenado al fracaso. La crisis cubana no se va a solucionar con el envío de dos o más buques con ayuda (los Castro gustan subvenciones estables y de largo plazo), las iras de los Ortega/Murillo no se aplacarán y, es menester recordar, todos los intentos por acercar posiciones en Venezuela han fracasado con estrépito. Además, CELAC parece un organismo zombie, incapaz de haber organizado una cumbre presidencial en los últimos años ni servir de real espacio de interlocución.

Exhibe, además, una gran falencia geopolítica, al no estar en su seno ni Brasil, ni EE.UU., ni Canadá, los tres países más extensos territorialmente. Dos de ellos los más poblados. La aparición de la Argentina K como sostén, lista para asumir la presidencia de CELAC en 2022, objetivamente no cambia la balanza.

Suena de perogrullo subrayar que ni aún si, por arte de magia, hubiese una contribución masiva de recursos financieros de parte de todos los países latinoamericanos se podría financiar un verdadero sustituto de la OEA. Ello sin contar la imposibilidad total de competirle a Washington en el magnetismo y glamour necesarios para sentirse parte de la política internacional.

En síntesis, se avecina un nuevo ciclo anti-OEA, marcado por el jacobinismo verbal, pero tan evanescente como los anteriores. Por fortuna, se seguirá contando con este organismo tan útil para la observación de procesos electorales y la supervisión democrática. Pese a ello, los tropiezos ocurren en el momento más inesperado.

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