La empresa tecnológica china Aisino consiguió algo hasta ahora impensado: poner a Chile ante los rigores de la nueva Guerra Fría. No es fácil hacer entender a los países periféricos que los sucesos confrontacionales a nivel global impregnan literalmente todo y que es muy difícil permanecer al margen de ellos.

Poco se sabe -y quizás nunca se sepa en su totalidad- cuáles fueron los entretelones de la decisión inicial de adjudicarle a esa empresa de Pekín la elaboración de los pasaportes y cédulas de identidad. Las explicaciones pueden ser variadas. Quizás mucho de esa visión naïve, que ve la realidad internacional como un jardín de rosas sin espinas. O bien algún deseo irrefrenable de querer jugar en las grandes ligas sin darse cuenta de la falta de espaldas. También pudo haber existido una pizca de socarronería latina y creer posible el juego a través de laberintos poco visibles. Inútil hurgar en aquello.  

Sin embargo, se pueden extraer algunas lecciones. Especialmente ad portas de un período presidencial nuevo y desafiante.

La primera de todas es la existencia de temas económicos y políticos imposibles de abordar sin un pensamiento estratégico. Todos los países centrales (y algunos que aspiran) poseen lineamientos básicos para tratar de visualizar cuándo y cómo intervenir ante casos que vayan más allá de la simple lógica de mercado. Aisino fue, en tal sentido, una clara señal de alerta.

El caso sirvió para constatar que Chile no vive en Júpiter y que nuestro planeta no es una dicha de bondades. Los seres humanos nos hemos dotado de organizaciones políticas, llamadas Estados, con envergaduras diversas y con intereses muy distintos. La historia de las relaciones internacionales habla de una cierta dificultad para asimilar tal axioma. Unos necesitan los rigores bélicos; otros requieren tiempo y una que otra brusquedad en el camino. 

En el caso de las elites domésticas, éstas muestran históricamente una tendencia refractaria a comprender con rapidez cuán incidentes son los asuntos globales. Ello, pese a haber vivido experiencias políticas fuertemente insertas en aquella división política y militar de dimensiones monumentales en el siglo 20 y de haber corrido tanta tinta sobre el tema. Es curioso que hasta hoy se escuchen opiniones interesadas en fundamentar, por ejemplo, que la Guerra Fría poco o nada tuvo que ver con el desenlace del gobierno de Salvador Allende. 

Nadie duda por cierto que los protagonistas de ambos lados fueron chilenos, pero es obvio que los intereses de las grandes potencias estuvieron fuertemente presentes durante la Unidad Popular y en septiembre de 1973. Se lo reconoció personalmente Brezhnev a Allende en el Kremlin, cuando se manifestó reacio a financiar otra Cuba, según sus propias palabras. En tanto, la intervención estadounidense está archi-documentada. Aún hoy resuenan las palabras de Kissinger acerca de la imposibilidad de permanecer impávido ante giros revolucionarios en ciertos países provocados por la irresponsabilidad de su propia gente. Tanya Harmer le ha dedicado profunda atención académica a este tema y los libros de memorias de Luis Corvalán son bastante explícitos. 

Visto así, el caso Aisino entrega material suficiente para constatar que estamos asistiendo a una nueva división global. Su característica central esta vez es la disputa tecnológica con fuerte énfasis en la seguridad de los datos. 

Por eso, junto a los urgentes temas de la violencia en la Araucanía y el narcotráfico, tenemos esa demanda apremiante de definir sectores estratégicos, donde la relación con las superpotencias sea examinada con lupa. El caso Aisino invita a pensar en la urgencia de una legislación especial sobre las inversiones extranjeras en estos sectores. Ejemplos para la inspiración hay a raudales en los países centrales y en las potencias intermedias. 

Puesto en simple. No se trata de hacer pasaportes más baratos, más bonitos o acordes a ciertos estándares de seguridad física. Este es un asunto inserto en un área sensible, donde las consecuencias de entregar información esencial de los chilenos a una empresa con intereses insondables, podrían ser gravísimas. 

De hecho, las pocas cosas que se saben, son preocupantes. Sirgiu Gatlan, uno de los especialistas en virus informáticos más reconocidos a nivel mundial, informó, por ejemplo, hace pocos meses sobre la existencia de un malware (GoldenHelper), perteneciente a una familia de sofisticados troyanos y usado frecuentemente por empresas chinas para la vigilancia electrónica de socios comerciales extranjeros. Gatlan estima que en general es difícil de detectar y que en su desarrollo habría intervenido Nou Nou Tech, una subsidiaria de Aisino. Se trata de detalles suficientemente motivadores como para entender que no todos los participantes de licitaciones son inocuos.

A mayor abundamiento, las primeras señales críticas sobre este caso se escucharon allá por 2017, cuando el gobierno estadounidense transmitió sus dudas acerca de la incompatibilidad de ese excepcional mecanismo de visa waiver (que favorece a todos los chilenos) con adjudicar a una empresa de Pekín la elaboración de cédulas de identidad y pasaportes. Pese a la advertencia, las tendencias refractarias se hicieron presente y la licitación siguió su curso. La preocupación estadounidense retornó hace algunos meses, cuando aparecieron documentos chilenos abandonados entre las prendas personales de haitianos (residentes en Chile) que procuraban asilo en EEUU. Más de algún perspicaz debe haber recordado las palabras de Kissinger cuando hablaba de irresponsabilidad. 

Luego, hay un tema de contexto. Desde hace ya un buen tiempo viene soplando un vientecillo frío por la espalda de las inversiones chinas en Chile. En 2019, Mike Pompeo se encargó personalmente de transmitirle a las autoridades chilenas -aquí en Santiago- sobre las consecuencias nefastas que puede tener el acercamiento chileno-chino en cuestiones tecnológicas centrales (huelga subrayar que la advertencia no se extiende a celulares para uso personal). Luego, cuando la State Grid adquirió una empresa de distribución eléctrica, o la SRCC compró un tramo de la autopista central, se hicieron audibles voces críticas, aunque la opinión pública las digirió rápidamente. Lógico. La falta de una legislación pertinente ha sugerido hasta ahora la inutilidad de entablar cualquier conversación seria sobre sectores estratégicos de la economía nacional. 

El desenlace del caso Aisino invita a pensar que por fin están puestas sobre la balanza la ingenuidad y socarronería, por un lado, y las consecuencias internacionales, por otro. ¿Se puede navegar en aguas turbulentas? Si. ¿Se puede sacar provecho de ciertos intersticios? Si. ¿Es posible vivir a espaldas de los intereses de las grandes potencias? Si. Todo es posible. El problema son los costos.

Para el próximo presidente queda abierto el desafío de preocuparse de este asunto con idoneidad y prudencia. Toda aventura tiene límites tanto en el conocimiento científico como en las realidades estratégicas. Lo otro es auto-condenarnos al subdesarrollo. 

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