Hace un año era la estrella indiscutible del progresismo en los Estados Unidos y un potencial candidato a la Casa Blanca. El ahora exgobernador de Nueva York se paseaba por la televisión y las redes sociales como un héroe que le exigía a Donald Trump abandonar su actitud deshumanizada frente a la pandemia. Con talento para comunicar, Andrew Cuomo transmitía su decisión de proteger a los habitantes de la ciudad más golpeada por las muertes y el colapso en los hospitales; hasta se ganó un Emmy por sus conferencias de prensa cada mañana para reportar los datos más importantes de la crisis.

Todo terminó el martes de esta semana con su renuncia, tras ser imputado por una implacable Letitia Janes, la fiscal general de Nueva York, de acosar a 11 mujeres que trabajaron para él. Los testimonios son fuertes y las denunciantes creíbles y consistentes en sus declaraciones, con evidencias de un patrón reiterado y de un entorno cómplice, que lo protegía de eventuales acusaciones amenazando a las afectadas.

Aún es temprano para saber si es una paradoja o el sumun de la hipocresía que Cuomo impulsara a principios de 2019 una reforma muy sonada en Estados Unidos y en el mundo, endureciendo las leyes estatales de acoso sexual laboral. El exgobernador sellaba la reforma declarando que “mientras el gobierno federal (o sea, Trump) ignora de forma vergonzosa las voces de las supervivientes de casos de abuso sexual, Nueva York lidera la lucha para empoderarlas y combatir el flagelo del acoso y el abuso sexual”.

La caída de Cuomo es una advertencia para todos los hombres y, muy especialmente, para quienes están en posiciones de poder.

Tiene algo de patético que Cuomo haya justificado las acusaciones en su contra por cambios culturales o generacionales. Es cierto que el estándar hoy es mayor, pero ¡vamos! Mi generación y las anteriores teníamos claro cuando una palabra, una mirada, un roce o una invitación, eran más que muestras de afecto o reconocimiento; otra cosa era la impunidad social que protegía esa conducta, en un mundo que no solo toleraba sino que incluso la celebraba (acosador y donjuán no es lo mismo, pero hasta hace poco no era bien visto levantar la voz para hacer la diferencia). Lo que las nuevas generaciones trajeron no fue exageración o hipersensibilidad, sino un BASTA fuerte y claro.

La caída de Cuomo es una advertencia para todos los hombres y, muy especialmente, para quienes están en posiciones de poder. En efecto, el estándar de hoy no admite matices para distinguir entre conducta inapropiada y acoso, ni tecnicismos legales para atenuar responsabilidades. Primero, porque cuando un jefe tiene gestos inapropiados con alguna de sus colaboradoras, siempre quedará la duda si la señal de vuelta o su silencio fueron voluntarios o por el temor de perder su trabajo (en la mayoría de los casos que se han ventilado en los últimos años la segunda opción ha sido casi irrefutable). Y, luego, porque una denuncia de acoso sexual contra un notable nunca será un asunto meramente legal sino ético y, sobre todo, de opinión pública.

Por el peso que ha adquirido para el juicio ciudadano una historia de discriminación, basada en la consideración de las mujeres como seres inferiores física e intelectualmente, cuyos derechos y voluntad importaban poco o nada, ningún líder, por admirado que haya sido, saldrá bien librado de una acusación de acoso sexual.

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