La designación del exministro Alberto Espina como abogado del Consejo de Defensa del Estado es otra señal más de la profunda desorientación de La Moneda. Si antes de la crisis un nombramiento así ya era cuestionable -recordemos cómo reaccionó la derecha cuando Michelle Bachelet puso ahí a Javiera Blanco–, hacerlo ahora es casi una provocación, incomprensible considerando la debilidad del Ejecutivo.

Sin embargo, los incontables errores de Sebastián Piñera cada vez sorprenden menos. Con el paso de los meses, su figura se ha ido volviendo intrascendente, como si hubiera sido absorbida por el parlamentarismo de facto del senador Quintana, o por su propia dificultad para anticiparse a cualquier asunto más o menos relevante. Muy lejos quedan esos días alegres en que el Presidente presentaba un primer gabinete “sin complejos”, convencido de que el 54% obtenido en la segunda vuelta era una ratificación del modelo y una prueba certera de que el malestar era un cuento de algunos intelectuales o del círculo bacheletista.

Hoy, en cambio, lo que diga o haga el Presidente no parece tener mayor relevancia, salvo que sirva de alimento para aquella oposición que, ebria de pasiones antidemocráticas, espera cualquier mal movimiento para dejar caer sus acusaciones constitucionales. Los sectores radicales saben que golpear fuerte al gobierno en estas circunstancias se vuelve una tarea cada vez más sencilla: la debilidad de Sebastián Piñera desordena a su propia coalición e incluso provoca el descuelgue de los parlamentarios oficialistas. Además, cuentan con el entusiasmo de la izquierda moderada que, tentada con la posibilidad de recuperar el poder en el corto plazo, lleva varios meses coqueteando con las ideas revolucionarias de sus “nietecitos”, como si hubiera olvidado todo el esfuerzo –y la sangre– que implicó recuperar la democracia.

De mantenerse las cosas tal como están, la derecha tendrá muchas dificultades en la elección de convencionales (y en todas las que vengan el próximo año). Los problemas del Ejecutivo pueden provocar que incluso el tercio se vuelva difícil de conseguir, pues la oposición hará todo lo que esté a su alcance para que el oficialismo pague con sus votos cada uno de los errores que cometa Sebastián Piñera de aquí a abril.

Urge, entonces, que el Presidente despierte de su letargo, que intente retomar la brújula y el control de la agenda. En suma, que no renuncie a gobernar, o que al menos abandone la práctica de cometer errores no forzados que cualquiera en su sano juicio evitaría (basta salir del segundo piso para recibir un feedback sensato ante ideas tan delirantes como nombrar a Espina en el Consejo de Defensa del Estado). Esto no significa hacer más entrevistas, cadenas nacionales y apariciones en televisión, sino que definir prioridades, aunar visiones, mostrar un norte, e incluir en su administración perspectivas que difieran de las de sus asesores más cercanos. Al parecer, Sebastián Piñera no ha notado que con la desorientación e intrascendencia actuales arriesga a llevarse consigo no solo el mal recuerdo de un gobierno que no cumplió ninguna de las expectativas, sino también la proyección de su sector para las próximas décadas. Si sigue así pasará a la historia como el Presidente que vio caer a su coalición, a la Constitución y a la propia presidencia. Vaya legado.

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