El 18 de octubre de 2019, Santiago registraba 19 estaciones de metro vandalizadas, varios cientos de comercios saqueados y una policía superada. Cuatro meses después, el Covid entraba al país, lo que aceleraba el desplome de la economía. El Presidente, el Congreso y los partidos, muy desprestigiados. Chile parecía hundirse en una triple crisis: sanitaria, económica y política.

Han transcurrido 22 meses y el país pregunta si se ve una salida a la crisis: si hay lugar para la esperanza. Al intentar una respuesta, hay que evitar dos extremos. Uno, el optimismo fácil que lleva a la negación de la gravedad de los problemas; el otro, su opuesto, un pesimismo que en su sombría certeza de estar ante una situación irremediable conduce a la política como histeria.

Ante la crisis sanitaria, el país perdió varios combates (el de la trazabilidad, por citar uno) o se comprometió en luchas absurdas (las cuarentenas estratégicas), pero se encamina a ganar “la madre de todas las batallas”, que es la vacunación. Reconocer lo anterior no significa descartar rebrotes ni excluir una nueva variante del virus. En la economía, el seguimiento que “The Economist” hace de 42 economías del mundo indica que, en este año, Chile será la quinta que más crezca, después de India, China, Perú y Colombia. Es cierto que ello ocurre con un enorme aumento del déficit fiscal; acción que es difícil calificar como irracional cuando 18 de esas 42 economías tienen déficits superiores al nuestro, incluidos EE.UU., Reino Unido, Japón, la zona Euro. Sin duda que nosotros -y el mundo- vamos a tener que enfrentar la acumulación de deudas que dejará la pandemia y es verdad, también, que hemos llegado a un nivel de gasto y endeudamiento que obliga a calificar como irresponsable un cuarto retiro de fondos previsionales. Pero aún considerando la gravedad de esta amenaza, estamos lejos del pesimismo que ocasionaba ver la caída en picada de la economía.

Aunque la crisis política sea más difícil de evaluar, hay asuntos que marcan tendencia. Menciono dos: los procesos electorales y la Convención Constituyente. En cuanto a los primeros, lo que se estimó como una desafortunada “orgía de elecciones”, ha terminado siendo un gran bien. Ha permitido canalizar la solución de la crisis a través de las instituciones, abriendo un nivel de participación pocas veces visto, donde el pueblo, mediante el sufragio, ha ido legitimando los mecanismos y entregando señales sobre sus preferencias políticas. El acuerdo del 15N, acusado por los ultrones de uno y otro lado como traición y arreglo cupular, fue validado por un 80 por ciento del electorado. El rechazo a los partidos -como parecieron mostrarlo las elecciones de gobernadores y concejales- no es a su existencia, sino a su clientelismo y a que se transformaron en máquinas electorales capturadas por “los de siempre”. Las elecciones, una tras otra, muestran una clara demanda de renovación en la clase política y una exigencia de cambios profundos, pero no una adhesión a posiciones extremas. Fue el mensaje del electorado a la derecha, a la que no obstante entregarle la primera fuerza en la Constituyente, la privó del tercio, advirtiéndole que, a menos que quiera ser irrelevante, debe salir de la trinchera. Fue, también, el significado de la derrota de Jadue. En la descomposición de la Lista del Pueblo es posible creer que la motiva el rechazo de algunos de sus miembros a una política intolerante y que hace imposible el diálogo.

Al juzgar la Convención es innegable que ha habido actitudes y declaraciones que exceden sus atribuciones. Errores auto infligidos, como el relacionado con el concepto de república o como la reacción ante Arancibia, con una respuesta destemplada que ha terminado favoreciendo al autor de lo que muchos -no obstante defender su derecho- consideramos una provocación. También la ha afectado la ineficacia del gobierno y la rudeza de éste al desatar una guerrilla comunicacional sobre asuntos menores. Pero hay que reconocer que teniendo la Constituyente, en su interior, el espectro político más amplio que hayamos conocido jamás (por ejemplo, comparativamente en el actual Senado no hay comunistas, ni radicales, ni LdP, sólo un FA y ningún escaño de pueblos originarios) ha sido capaz de constituirse, elegir su mesa, integrando a todos, constituir comisiones, adoptar algunas decisiones relevantes por el 90 y más por ciento de sus miembros. Esto es una capacidad de alcanzar compromisos. El ninguneo de la formación académica de sus miembros es injusto cuando el 83 por ciento de ellos tiene título universitario o técnico profesional. La idea de que la Convención está bajo la hegemonía de un bloque único que lidera el PC y la LdP es falsa. A su vez, la impresión que recojo de constituyentes de distintas orientaciones políticas es que al interior de la Convención se percibe un creciente espíritu de diálogo del que son parte miembros del FA, el PS, Independientes no Neutrales, Independientes, de la LdP, de la derecha. Por supuesto estas manifestaciones no aseguran el éxito de la Constituyente, pero abren esperanzas.

Más allá de señales -buenas y malas- que se irán sucediendo, la mayor fuerza de la Convención debiera venir de la conciencia de todos a quienes nos preocupan los asuntos públicos de que de las alternativas disponibles, no obstante sus riesgos, no hay otra mejor. Su fracaso, al que apuestan ambos extremos del espectro político, no sería de ningún modo una vuelta a un pasado idealizado (como sueñan los conservadores) ni la apertura a una revolución (como pretende la izquierda radical), sino un salto del país entero hacia una inseguridad más honda y difícil de solucionar. Habría significado una oportunidad y un tiempo perdidos.

Volviendo a la pregunta inicial ¿hay lugar para la esperanza? Sí. Avanzamos hacia salir de la triple crisis en que todavía nos encontramos. Con las prevenciones que se han hecho, las perspectivas son más claras en lo sanitario y la economía. El desafío más grave sigue siendo la política, pero a lo largo de su historia Chile ha mostrado habilidad para salir de profundas dificultades en esta área. En esta capacidad radica, en parte no menor, nuestro éxito como nación.

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