Admitiremos que este alegato (de eso se trata) pueda tener en contra el interés de parte debido a la propia edad, pero intentaremos dar argumentos que alejen la sospecha del antiguo rencor de la gente mayor hacia la juventud ya ida. Afrontaremos esa suspicacia y nos referiremos a lo que Carlos Peña recientemente llamó la “nueva beatería”, el juvenilismo o la exaltación acrítica de los jóvenes activistas de hoy, de sus movimientos y acciones, más allá de cualquier objeción o evaluación razonada de sus dichos, de su quehacer y de sus causas.

Desde hace años venimos observando –directamente o de reojo– la condescendencia o la abierta adhesión a cuanto emane de jóvenes activistas de las más diversas causas, especialmente aquellas del movimiento estudiantil. Desde las marchas “pingüinas” de la primera década del siglo hasta las temporadas de ocupaciones de liceos y evasiones del metro, las acciones de los jóvenes han suscitado una simpatía alérgica a preguntarse si hay o no razones en ellas, si son justas, posibles o pertinentes. Extiéndase las misma actitud hacia otros jóvenes, aquellos que no estudian ni trabajan, protagonistas muchos de ellos de las primeras líneas de la revuelta social. El apogeo político ha sido el reciente fenómeno Boric y la efervescencia que suscitó su juventud, como un desafío emocionante a los maduros(as) políticos que miran a La Moneda.

La juventud es alabada casi en su totalidad, como si esa condición fisiológica sea un privilegio que justifique toda acción y toda opción. Cualquiera que se atreva a criticar a los jóvenes, a hablar de su inexperiencia o levedad, es liquidado como retrógrado, como viejo devorado por el resentimiento. Se generaliza así una actitud adulatoria, dañina incluso para los propios jóvenes que, empujados a la sobrevaloración de sus cualidades personales, no logran a veces separar la alabanza falsa de lo que puede ser un valioso juicio o consejo para su propio actuar. Se llega al punto de negar los hechos que podrían oscurecer el mito del joven depositario de todas las virtudes y únicos capaces de cambiar las cosas, sin importar adónde llevan esos cambios y si hay condiciones para liderar grandes transformaciones.

El mito del juvenilismo no es nuevo; ya en épocas pasadas se alabó “lo nuevo” en detrimento de “lo viejo”. Recordemos los años finales del siglo XIX y el triunfo de la ciencia y la técnica que abrieron horizontes impensados a la humanidad, pero que produjo algo inédito hasta ese entonces: la contradicción jóvenes-viejos, antagonismo que ha tenido miles de matices desde entonces, y que por lo menos en Occidente es un dato permanente en las familias y en la sociedad, a veces con efectos políticamente negativos, como el del fascismo mussoliniano que agitó la exacerbación de la fuerza de la juventud en su acción e ideología. Sanos, viriles y audaces fue la imagen de esos jóvenes “camisas negras”.

La otra cara de la moneda, el menosprecio de los viejos políticos, la observamos a diario en el entorno, en los medios y sobre todo en las redes. Vuelan los epítetos contra las pasadas figuras de la reciente historia política del país: dinosaurios, piezas de museo, “ya pasó su tiempo”, “no volverán”, se alzan como supremo argumento para mirar con esperanza a los jóvenes que desde la calle, desde el Parlamento o desde el fragor electoral traen la buena nueva que anuncia el otro Chile. Ha sido un indeseado efecto del funesto eslogan de los 30 pesos y los 30 años. Los años posdictadura (y de la Concertación) han sido degradados a paraíso de injusticias y desigualdades, sin importar las cifras ni la propia realidad que circunda a gran parte de las familias chilenas, afloradas a un bienestar impensado para toda generación anterior. Subrayemos “toda generación anterior”.

No queremos repetir aquí los lugares comunes que forman los textos de elogio a la vejez, ni menos convocar la veneración de los viejos en tiempos pasados o en lejanas civilizaciones. Solo llamar al respeto por la experiencia y conocimientos que en momentos de crisis es imperiosamente necesaria. Por cierto, en la tercera edad hay dirigentes políticos que es mejor olvidar, tunantes de malas prácticas ya suficientemente denunciados. Pero no se puede dar un olímpico golpe de taco a todas esa generación de viejos cuya inteligencia –y coraje– permitió terminar la pesadilla de la dictadura y construir el Chile moderno y democrático que ha de perfeccionarse aún. Son muchos cuadros dirigentes públicos que todavía forman parte, pues su edad lo permite, de un capital valioso para el futuro inmediato. ¿A razón de qué confinarlos en el desván del olvido (y peor aún, del oprobio) y en la inutilidad política, cuando el país necesitara de todo talento para superar el mal momento que vivimos?

Ciertamente, toda sociedad, y todo grupo social, requiere el recambio en sus líderes, en quienes están llamados a dirigir y actuar las políticas públicas. Es una ley natural que permite la sobrevivencia comunitaria ante el inevitable envejecimiento de monarcas, caudillos y presidentes. Es un recambio obligatorio –aunque indeseable para quienes detentan el adictivo poder– pero que, por el bien común, debería efectuarse reuniendo las virtudes de la experiencia de vida de quienes se van alejando de la vida pública y el ímpetu renovador de quienes comienzan a ocuparse de ella. El “viejo político” porta consigo la paciencia que atenúa el muchas veces infértil “todo o nada” que enarbolan jóvenes que viven la irrealidad de las ilusiones; y también la indulgencia como actitud que posibilita el diálogo y finalmente el acuerdo, tan necesario para un pueblo que completará dos años de padecimientos sociales y naturales.

Los jóvenes que hoy asumen liderazgos que se proyectan al futuro, tienen la oportunidad, desechando improductivas arrogancias, de conjugar sus propias virtudes con el poder de la experiencia, todavía presente en tantos hombres y mujeres mayores que han aportado a todo lo bueno que tiene nuestro país. No la dejen pasar, que los viejos se irán.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta