En el libro “Contra el fanatismo” –que debería ser lectura obligatoria para aprendices de fanáticos (los otros no tienen remedio)– el escritor israelí Amos Oz, fallecido hace tres años, aseveraba: “¿Cómo curar a un fanático? Perseguir a un puñado de fanáticos por las montañas de Afganistán es una cosa. Luchar contra el fanatismo es otra muy distinta”. Su mirada apuntaba no a la fisicidad del fanatismo, sino a la instalación subjetiva y cultural que crece en los entornos propicios, en las escuelas religiosas, cursos de adoctrinamiento político/ideológico, o lugares donde otros se apoderan de la autonomía personal inoculando a pequeñas dosis la Verdad, la única, sacra Verdad.

Miles de ejemplos, antiguos y modernos, ilustran los raptus permanentes que mueven a fanáticos en su vida cotidiana. El mismo Amos Oz agregaba algo más: “El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera”. Inquietante afirmación, si es cierto que el fanatismo lo llevamos como un virus larvado, pronto a despertar si un Charles Manson lo sacude. Pensamos, con cierto candor, que los diques de la cultura moderna, pluralista y tolerante pueden contener el crecimiento, el impulso y la acción del fanatismo. No siempre, como observamos a veces en el entorno y en la lejanía.

Por ello es necesario estar alerta frente a los episodios de intolerancia –el primer componente del fanatismo–que se manifiestaron luego del estallido social. Las funas como culminación de mal entendidos procesos críticos, de retroalimentación de facciones que se dan mutuamente los bocadillos de la descalificación, comienzan ya a ser parte normal de las batallas políticas El combustible ya no está en las sobremesas y conversaciones en el bar, reside en la incontinencia textual de las redes, ese tambor que multiplica rencores y frustraciones, y utiliza las palabras como piedras.

Y claro, si tú posees la Verdad, los demás están en error, sus argumentos no deben ser escuchados y sus razones ahogadas de antemano. Los detentores de la Verdad juzgan y prejuzgan, absuelven y mayormente condenan.

Entre tolerancia e intolerancia puede haber crecientes grados de arbitrariedad política, algunos perniciosos para la salud de la democracia, vaciándola de contenido, aun manteniendo sus formas exteriores (elecciones) como sucede con los elegidos que luego se abren a la intolerancia hacia los no elegidos, o hacia otros elegidos que consideran indignos del mandato que ellos sí merecen.

De la dureza política al odio desmesurado e insultante hay un espacio que cuidar.

El otro gran ingrediente del fanatismo es el odio, en su acepción destructiva, es decir como sentimiento de hostilidad que lleva a la voluntad de aniquilar el objeto de  ese odio. En el caso de la política, el adversario o simplemente la figura en la que cae la culpabilidad de todos los males, las desgracias personales (aquí nos cruzamos con el resentimiento) y los males colectivos. Aun no siendo de derechas ni habiendo votado por Sebastián Piñera, se debe convenir que ha llegado a ser el arquetipo del odio político, sin detenerse a pensar en su investidura ni en la estabilidad republicana. Basta ver las redes, los miles de rayados callejeros llamando a colgarlo y los desmadres de algunos exponentes de la oposición, para constatarlo. Acciones de odio las han sufrido un Juan Antonio Kast, pero también un Gabriel Boric; la intolerancia no se ahorra blancos propicios.

Entendámonos, no  hablamos de virginidad de las palabras en la batalla política; cierto que hay momentos que requieren de la expresión dura, enfática y sin rodeos para expresar el emplazamiento o la denuncia del adversario. O la ironía inteligente, siempre bienvenida en la llanura de lo políticamente correcto. Recordemos el ya histórico dedo –y enojo– de Ricardo Lagos al encarar al dictador, sin alguna injuria personal. Bajo este aspecto, es necesario llamar la atención sobre el hecho de que el enfrentamiento político se hace cada vez más personalizado, ad hominem, apuntando incluso a los defectos físicos y pasando de las razones y argumentos al juego de pulso entre adversarios, con recíproco intercambio de descalificaciones, sarcasmos e insinuaciones.

El tema de la violencia y odio político es ya bastante grave, y merece que se profundice sobre sus causas y remedios.

Nadie habla de enfrentamientos siempre versallescos o simplemente planos y acomodaticios, pero de la dureza política al odio desmesurado e insultante hay un espacio que cuidar, una línea cuya transgresión debe ser condenada públicamente, no solo en los salones de la política o en los pasillos de los medios de comunicación.

La discusión inútil sobre los límites de la libertad de expresión y los discursos de odio impide a menudo ver claramente la relación entre el éxito de algunos políticos populistas (de aquellos que arremeten furiosamente primero y luego proponen salidas inviables) y el espacio que se les asegura en el debate público, justamente porque sus palabras de aborrecimiento encantan a las audiencias, más que los discursos constructivos.

El tema de la violencia y odio político es ya bastante grave, y merece que se profundice sobre sus causas y remedios. La cosa no debiera llamar a sorpresa. En la época de la “caída de las ideologías” y de los “30 años” condenados sin apelación, en pleno clima de efervescencia avivada por el estallido social, algunos nos hemos preguntado qué cosa habría llenado el vacío que se estaba creando. Era fácil prever lo que vendría: sin una nueva y bien definida idea y práctica de la política, ni de redescubrimiento de la ética pública, todo se reduciría cada vez más a la aparición de personalidades que habrían tratado de hacer caudal propio del supuesto derrumbe de la vieja política y sus instituciones. Y para ello, el combate sin exclusión de golpes es necesario frente a las figuras adversarias. Denostar e incitar al odio de ese adversario es, al parecer, la mejor del instrumental del “nuevo político” (o política). No gustamos dar nombres, pero no es necesario, basta solo rebobinar este año de confrontaciones y elecciones políticas en el país para que salten fuera las identidades de expertos odiadores.

Difícil dar recetas buenistas para oponer un frente al odio político, al cóctel de resentimiento, poca información y escasas lecturas que invade el debate público o privado. Son fenómenos que no se destierran por decretos o leyes. Pero algo se puede hacer a partir de acciones individuales, como borrar los vituperios de las redes personales, o levantarse, abandonar la reunión odiosa y salir a pasear al perro o a beber una cerveza.

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