«Al bien hacer jamás le falta premio«. Miguel de Cervantes

Era agosto de 2001 y la ex ministra de Educación, Mariana Aylwin, anunciaba que el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales recaía en el abogado de la Universidad de Chile y miembro de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile, Francisco Orrego Vicuña, mi padre. Creado en 1992 -y para orgullo familiar-, se trataba de la quinta edición del premio y para justificarlo la ex ministra destacaba que el jurado basó su determinación en «su destacadísima actuación internacional, especialmente en defensa de los intereses de Chile, así como su capacidad pedagógica en el campo del derecho internacional, de la política y las relaciones internacionales«.

A diferencia de ediciones anteriores, donde la postulación y otorgamiento de premios nacionales en general ha sido un tema poco abordado por los medios, la tónica de la edición de este año, en particular, el de Humanidades y Ciencias Sociales, ha sido diferente y novedosa. La profusa información circulada por la prensa escrita, digital y audiovisual da cuenta de una carrera reñida (visto el calibre de los postulantes), ha permitido que la ciudadanía pueda estar informada sobre los contendores y se sabrá a qué personaje ilustre le haremos justicia al premiarlo. De paso, permite al jurado instruirse no sólo por el expediente de rigor, sino por las entrevistas y reseñas espontáneas que han salido al paso. Esta publicidad no es un tema menor, atendida la importancia del máximo galardón intelectual de nuestro país.

En ese contexto, aprovechando la información que tenemos sobre los postulantes y la experiencia que me relatara mi padre, vale la pena conocer el trasfondo del Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales. Este se otorga “al humanista, científico o académico, que se haya distinguido por su aporte en el ámbito de las Ciencias Humanas” (lo dice el reglamento respectivo). Esto supone que el postulante haya dedicado su vida a las Humanidades, tanto en el aprendizaje, escritura y enseñanza, con base -no puede ser de otra manera- en el servicio público. Esto se traduce en un aporte fundamental a la cultura general de nuestro país, sólo realizable con una transversalidad tal que sea capaz de apuntar no sólo a un grupo de especialistas de alguna disciplina, sino a un público general, esto es, a la gente, al ciudadano chileno (valor agregado si es que el postulante humanista tiene alcance internacional).

Lo anterior, por cierto, requiere un talante polifacético o multidisciplinario por parte del aspirante -esas son, claro está, las Humanidades- para poder llegar a diversas áreas del conocimiento. De esta fórmula se sigue que, para ser un verdadero aporte al país -es la esencia del Premio Nacional-, no hay que limitarse al mundo de las ideas, sino que hay que abocarse a la realidad (otro valor agregado: haber ser sido o ser actor de lo que el postulante pregona). A estas alturas, el galardón no debe entenderse como un reconocimiento en el ocaso de una trayectoria pues algo que debe preguntarse el honorable jurado es qué y cómo puede aportar al país el eventual galardonado. Se requiere una vigencia calificada que pueda aportar en los años venideros con publicación, clases y otros, y el pleno reconocimiento de sus pares. Por último, considerando el complejo momento que vivimos, el premiado debe ser férreo y consecuente defensor de la democracia, condición sine qua non para ser un humanista en todo el sentido de la palabra.

Aunque no haya sido un requisito explícito, recuerdo que la pertenencia de mi padre a la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile fue un elemento determinante en el otorgamiento del Premio Nacional el año 2001. Bajo su techo -y al amparo de una imponente biblioteca-, confluyen los humanistas más destacados del país. Al igual que Orrego Vicuña, provienen de la referida Academia los premios nacionales Juan de Dios Vial L. y Agustín Squella N. En el caso de mi padre, se incorporó a la Academia a sus jóvenes 41 años y perteneció a ella hasta su partida en 2018. Tal como lo expresó el ex Presidente de la Academia, José Luis Cea, en el día de su funeral, nos quedamos con el recuerdo de que “su vocación de servicio público lo hizo obrar siempre con patriotismo”.

Con esa base, ahora sólo cabe esperar al jurado que, por estos días, está deliberando su decisión para la edición de este año. Mientras tanto, visito con orgullo la Casa Central de la Universidad de Chile, donde frente al monumento de Andrés Bello, figura una lista con los nombres de los académicos que han recibido el premio nacional, inscritos en letras de oro, entre ellos, Orrego Vicuña. ¿Quién se sumará este año?

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