La primaria de hace un par de semanas le devolvió el alma al cuerpo a una derecha alicaída y debilitada. Con Jadue fuera del juego, una alta participación ciudadana y un candidato capaz de ganar la presidencial, muchos por fin respiraron. Pese al golpe que significó la elección para la política tradicional, la derecha parece vivir su propio veranito de San Juan: por unas semanas se han acallado las estériles recriminaciones cruzadas en su interior y va surgiendo una tímida esperanza.

Sebastián Sichel es, para muchos, un candidato como caído del cielo: una cara nueva, una historia perfecta y el mejor contrincante para alguien como Boric. Todo indica que tiene posibilidades de ganar una elección. Ahora bien, para que un sector que está en el suelo se recupere y vuelva a ser relevante no es suficiente con llegar a La Moneda (basta pensar en el escenario político actual y en lo que significaría en el futuro gobernar con una Convención Constituyente en contra, quince gobernadores opositores y un Parlamento cuya composición está por verse). La derecha corre el riesgo de engolosinarse con su candidato, enfocarse solo en ganar la elección y mantener en lo posible el statu quo dentro de los “aires nuevos”, con una mirada cortoplacista y estática que puede volver a pasarle la cuenta.

Además de trabajar seriamente por la parlamentaria ‒de la que depende parte importante de la estabilidad de un eventual gobierno‒ hace falta superar la tentación de enfrentar lo que viene con las mismas herramientas conceptuales que hasta ahora. Es cierto que la autocomplacencia es menor que tras la victoria de Piñera en 2017 (en que la pregunta parecía ser: “pero ¿de qué malestar hablan?”), pero aun así subsiste el riesgo de pensar que el país solo requiere una pantalla de renovación y que eso es más que suficiente para resucitar a un sector que agoniza. En contraste, las elecciones de los últimos meses miradas en su conjunto parecen confirmar un hecho que puso de manifiesto la iniciativa Tenemos que hablar de Chile: los chilenos quieren cambios profundos, pero con estabilidad, sin locuras refundacionales. Una derecha que aspire a jugar un papel significativo en el futuro del país debe comprender la doble dimensión de ese anhelo. La pluralidad de sensibilidades al interior del sector no puede ser obstáculo para reconocer la necesidad de reformas en un país cuyas instituciones no han sido diseñadas para la nueva gran clase media, por nombrar solo uno de los múltiples desafíos que han cristalizado en la crisis social y política, que es todo menos ficticia. La pura apariencia de renovación nos costaría cara.

Para que la derecha recupere su fuerza, es preciso abandonar el miedo a “comprarse diagnósticos de izquierda” (no es necesario hacerlo) y reconocer problemas reales, como la fragilidad de esa nueva clase media, el déficit de integración social, la grave deuda en educación o la crisis de la institución familiar, que no es una cuestión solamente privada sino con enormes consecuencias públicas. Estas no pueden ser cuestiones secundarias en una propuesta de desarrollo de centroderecha y tomarlas en serio es ahora también una cuestión de supervivencia. Sichel, como candidato de la coalición, tiene la posibilidad de integrar de modo serio estas preocupaciones en su agenda, contribuir a articular una auténtica renovación de cara a estos desafíos y, de paso, proyectar a su sector más allá del horizonte electoral de los próximos cuatro meses. Ojalá lo consiga.

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