Una de las determinaciones más controversiales de Donald Trump fue colocar fecha de término a la presencia estadounidense en Afganistán. La razón estaba ya subyacente en varios análisis militares en cuanto a que la intervención en ese país estaba constreñida en los últimos años a la custodia de la gran carretera que conecta el país y las zonas urbanas, pues en el resto dominaba la insurgencia talibán. Cada noche -me contaba un militar estadounidense que estuvo destacado allí hace algunos años- cuando las fuerzas internacionales se replegaban, llegaban los talibanes a las casas de los vecinos para reiterarles que algún día ellos volverían.

No es que los pensadores y conductores militares y estratégicos no hubieran querido adaptarse: evolucionaron desde la Revolución en Asuntos Militares, concebida para enfrentamientos convencionales sofisticados entre potencias, al concepto de Transformación de la Fuerza para asumir de forma estructural el desafío de la lucha asimétrica. Con ello se enfatizaron las operaciones de inteligencia, operaciones especiales y la coordinación entre interarmas y fuerzas. Sin embargo, a pesar de estos planteamientos renovados no pudieron quebrar la voluntad de lucha, el conocimiento del terreno de los talibanes, y la debilidad de los pro aliados en Afganistán.

En los últimos años mermó la voluntad de luchar o algunas unidades de la coalición pasaron a posiciones más protegidas, donde no eran molestados ni debían intervenir. De hecho, la reducción de efectivos estadounidenses se compensó con contratistas y aparentemente eso disminuyó la magnitud del esfuerzo militar de Washington.

Por otro lado, los intentos por construir agencias estatales en Afganistán -como policía y ejército nacional- no fueron efectivos. En el caso de la primera, la realidad indicó que era mejor transferir las funciones policiales a las tribus. En cuanto al ejército, este dependía en modo decisivo del aporte logístico, de inteligencia y operacionales de contratistas y efectivos estadounidenses, sin poder desplegarse y ejercer su poder más allá del límite urbano o en partes acotadas de la carretera de la cual dependían.

Siendo totalmente cierto que las victorias de la invasión a Afganistán fueron reales, que cayó el régimen (1996-2001) y que la zona norte, históricamente excluida del balance de poder en Kabul, fue determinante para la derrota en 2001. Pero en 2021 esos factores han declinado. El espejismo de una victoria en Afganistán estaba relacionado con que la medida del éxito estaba en los resultados de las operaciones, y no en el factor tiempo. Indiferentes ante las bajas propias, los talibanes se reorganizaron bajo el patrocinio de Pakistán y de su servicio secreto, tal como había sido antes, y resistieron el cerco internacional.

De ese modo, Afganistán fue el fruto del espejismo de instalar un estado democrático a la occidental. La retirada de Estados Unidos, si bien no es una derrota militar literal, sí muestra el fracaso y derrota política de la intervención, pues tras 20 años fueron incapaces de consolidar un legado. Las negociaciones bajo cuerda entre los talibanes y las fuerzas internacionales, incluidos los estadounidenses, sobre la promesa de una salida sin ataques talibanes, cristalizaron en los acuerdos de Doha de febrero de 2020, que fue letra muerta en cuanto se inició la salida de militares estadounidenses en mayo de 2021. Los 15 países firmantes del documento, más la delegación de la Unión Europea y la representación de la OTAN, reclamaron en julio el cese de las operaciones militares que contravenían una solución política, que reafirmaba cínicamente el líder talibán Hibatullah Akhundzada. Bajo este marco los talibanes siguieron desde julio a ritmo creciente su ofensiva, tomando varias capitales provinciales y cercando la capital Kabul. En agosto consiguieron rendir Kunduz sin tener resistencia de los militares gubernamentales. Ante esto, el gobierno del Presidente Ashraf Ghani cambió su jefe de Estado Mayor, mientras trataba de mantener Mazar-i-Sharif. El 12 de agosto el presidente del Alto Consejo para la Reconciliación Nacional, Abdullah Abdullah propuso un gobierno integrado a cambio de cesar los ataques de las ciudades.

Preludio de la derrota, el ejército nacional se disuelve sin combatir, volviendo a fojas cero el panorama geopolítico. Desde luego, ya inicia una migración masiva de civiles que no quieren vivir bajo la opresión talibán con previsibles consecuencias humanitarias Pero también plantea dudas respecto de su eventual impacto en Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán, estados de mayoría musulmana, pero regímenes autoritarios pos soviéticos que ahora están reforzando sus fronteras. Con los talibanes en las fronteras, Rusia, la articuladora de la política regional en ese espacio, deberá cautelar y frenar un eventual activismo de los talibanes sobre estos regímenes.

Consecuencia colateral será el fortalecimiento de los separatistas en Cachemira frente a India. Si bien la derrota del gobierno afgano hace retroceder la aguja del reloj 20 años, y hay una masa de la población que ha vivido con otros modelos de vida y que migrará (actualmente se cifra en 395.000 por estas operaciones), geopolíticamente hablando, la mayor repercusión será en la estabilidad regional del ex Asia soviética, pues Afganistán fue la mayor derrota del sovietismo frente al fundamentalismo islámico en esta zona. Para Estados Unidos en cambio, la derrota no implica modificaciones, ya que geopolíticamente llevó la “guerra contra el terrorismo” de George W. Bush fuera de sus fronteras, y ahí seguirá como un eco lejano de un proyecto político mayor –transformar a Afganistán- que fracasó: otra cosa son los afganos y moderados que confiaron en éste.

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