Pamela Jiles es símbolo de la infantilización de la ciudadanía, y representa un modo irresponsable de hacer política, marcado por un extremo personalismo, la caricaturización (y muchas veces, descalificación) de sus adversarios y sin apoyos políticos que puedan sustentarla. Con ella ha terminado de instalarse el populismo que siempre fue una amenaza latente.

La política de los retiros que ha impulsado, realizada sin restricciones y no buscando los mecanismos para recuperar los fondos, está haciendo un daño profundo a las pensiones de las personas y desmantelando el sistema sin una alternativa viable a la vista. Como consecuencia, ha dejado una vez más de lado las discusiones de fondo y las razones de las menguadas pensiones: bajo nivel de ingresos, informalidad laboral, lagunas previsionales y diferencias entre hombres y mujeres. Y por si fuera poco, esto ha contribuido a que la reforma de pensiones se mantenga sin acuerdo en el Congreso.

Es cierto que la crisis que estamos viviendo no tiene parangón en la historia y ha significado abrir el debate sobre focalización y universalidad de las ayudas estatales, así como flexibilizar y ampliar nuestros criterios respecto a, por ejemplo, a aumentar la deuda pública. Pero ello es muy distinto a proponer medidas efectistas para ganar popularidad.

¿Qué tipo de liderazgo se necesita entonces para el futuro? Primero, hay que recordar que la elección presidencial se realizará en medio del trabajo Constitucional y con las tensiones propias que ello generará. Se requerirá un liderazgo firme y dialogante a la vez, con capacidad para llegar acuerdos.

De hecho, el próximo gobierno será el que deba llamar al plebiscito para ratificar o no la nueva Constitución, y si la ciudadanía lo decide de esa forma, tendrá que implementar los cambios y encabezar las reformas legales que se tengan que hacer para dar coherencia y validez al texto constitucional. Por todo lo anterior, no hay dudas de que la futura administración será una especie de gobierno de transición entre dos ciclos políticos, a lo que además hay que sumarle la carga fiscal que heredará producto de la crisis social y económica.

En definitiva, y sobre todo en este escenario, el fenómeno jiles no es algo bueno para una democracia sana, y es responsabilidad de la centroizquierda razonable y moderada de ponerle límites. Aunque tampoco es primera vez que surge. Opciones disruptivas han aparecido antes representadas por Marco Enríquez-Ominami y Franco Parisi. Son señales que la gente ha mandado y no hemos sabido leer, pero aún estamos a tiempo de evitar un mal peor. El tablero presidencial sigue abierto.

Esta columna va especialmente dedicada a mis dos abuelas que fallecieron por COVID. Mujeres fuertes y acogedoras, que vivieron y construyeron un mejor Chile desde el trabajo y el hogar, sin parafernalia ni bufonadas.

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