Ha sido una semana compleja, de poca autocrítica y múltiples diagnósticos. Sin embargo, si queremos rearticular a la centroderecha debemos aquilatar adecuadamente los hechos. Enfrentamos una encrucijada significativa porque estamos a pocos meses de nuevas elecciones que terminarán (o no) de reconfigurar el paisaje político y la configuración de las fuerzas.

Al menos existen dos versiones que en general se presentan contrapuestas para comprender lo ocurrido. Por una parte, el sector perdió porque olvidamos nuestros principios y valores, y no los defendimos frente a la arremetida de la izquierda. Por otra, la derrota fue porque no supimos entender las demandas de los ciudadanos de un Chile que ha cambiado profundamente en estos treinta años. Cada cual lo repite como un mantra, con la esperanza que se transforme en la explicación de tan desastroso resultado. Sin embargo, como todo en la vida, existe una escala de grises entre el blanco y el negro.

Los números tampoco nos permiten sacar una conclusión inequívoca. La lista de Vamos por Chile, que agrupó desde Republicanos hasta Evópoli, sacó en la reciente elección de convencionales casi 500 mil votos menos que el Rechazo en octubre del año pasado, aunque con porcentajes similares con 21,74% en 2020 y 20,6% en 2021. Entonces, y aunque de todas formas no hubiera modificado el resultado global, ¿qué paso con esos votantes del sector? ¿No fueron a votar o no se sintieron representados por la lista unitaria y sus candidatos? Otro dato nos revela que en la elección de concejales, donde obtuvimos el mejor porcentaje, superamos el 33% de los votos.

Desde una perspectiva más amplia, sólo fue a votar un poco más del 43% del padrón electoral y también debemos preguntarnos las causas de aquello. Fue a sufragar menos gente que en el plebiscito mencionado y que en las elecciones presidenciales de 2017, considerando ambas vueltas.

Probablemente tenemos una causa evidente, la pandemia, y seguramente una más dolorosa, la percepción que mi voto no cambiará nada. Si nuestros ciudadanos tuviesen la convicción de que su situación y oportunidades mejorarían o empeorarían, sí irían a votar. De cualquier forma, no podemos perder de vista en el horizonte que tenemos voto obligatorio para el plebiscito constitucional de salida y hay que convocar a esos millones de chilenos.

Atrincherarse no servirá de nada, porque no tenemos claridad si eso ayudará o profundizará el problema. Más allá de los slogans, y las caricaturas, nos falta humildad y nos sobran diagnósticos. Por ello es vital refrescar nuestras conversaciones, generar confianza entre los partidos, líderes y ciudadanía, y construir mayorías no solo pensando en la elección presidencial, si no que fundamentalmente en el Congreso que viene. Hay muchas cosas en juego todavía.

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