Cada día es más difícil conversar. Ni pensar en expresar ideas diferentes. Los síntomas son evidentes y nos debiesen llamar a reflexionar. Con facilidad tendemos a descalificar al otro, no por sus acciones u omisiones, sino por la forma de pensar o el lenguaje que usa. No nos respetamos.

¿Es importante si uno compra en una cadena de supermercado o va al almacén de la esquina? ¿Es relevante cómo se le dice al completo, o si le llamamos salchicha o vienesa? Es caer en una lógica de lo absurdo y nos aleja del sentido común.

No hay tolerancia. Nos estamos dividiendo en buenos y malos, sin que nos permitamos siquiera ver los puntos en común y cómo nos podemos encontrar. Como los caballos, andamos con orejeras que nos cierran a otras opciones. El simplismo y radicalismo no nos permiten entender la realidad.

Además, la cultura de la funa y la cancelación se ha instalado en las redes sociales con agresividad y virulencia. Para peor, muchas veces esto se hace desde el anonimato y la cobardía. Preferimos la caricatura, rehuir el diálogo e imponer nuestras condiciones al resto. A esto se suma la perdida de respeto por la autoridad.

¿Cómo hacemos para reconocernos como habitantes de este mismo país y que compartimos una misma historia? ¿Cómo respondemos a los millones de chilenas y chilenos que sí tienen sus esperanzas puestas en una nueva Constitución? ¿Qué augura este escenario para la Convención Constitucional? Más que en contenidos constitucionales, estamos hablando de qué autoridades del Estado, plenamente legitimas, pueden ir o no la sesión inaugural para no molestar o incomodar a otros.

Una gran parte de los que votan hoy no vivieron en dictadura. ¿Queremos políticos que sigan apelando a esta fractura de nuestra sociedad? Porque tenemos enormes desafíos como sociedad hacia adelante y siempre estamos llegando tarde con las respuestas. Pedimos comida por delivery y llega tarde y fría.

No estamos discutiendo en profundidad del sistema de gobierno que nos queremos dar y cuáles son los derechos sociales que el Estado debe proveer. En estas décadas hemos avanzado en derechos y libertades progresivamente, y nuestros representantes muchas veces se quedan en recalcar sus diferencias. Creen que ahí sacan más beneficio personal.

Ni hablar de los temas de futuro o largo plazo. Eso no existe porque nos falta perspectiva. El problema es que solo cuando perdamos completamente la libertad nos daremos cuenta.

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