En un tiempo tan atípico y convulsionado quizá se nos ha olvidado que durante años el país vislumbró el desarrollo en el horizonte próximo. Alcanzar el nivel de un país desarrollado, en un plazo que parecía acortarse a ojos vista, no hace mucho fue en un relato que resonó en nuestros oídos y, sobre todo, se convirtió en una realidad posible para los chilenos. Nuestro ingreso a la OCDE en 2010 fue una señal inequívoca que avanzábamos con paso seguro en esa dirección. La meta no estaba situada en ese plazo lejano donde las aspiraciones nacionales nunca terminan de realizarse. No. Llegar al pleno desarrollo se había vuelto una posibilidad en el mediano plazo, una que podía experimentarse en el curso de una generación, la misma que no descansaba en sus esfuerzos para verla convertida en realidad. Pero también estaba la conciencia que no era un destino inevitable y que la rueda de la fortuna no estaba clavada en esta larga faja de tierra. Que Chile no era inmune a la trampa de los países de ingreso medio. Por el contrario, se trataba de una ambiciosa aspiración, toda una excepcionalidad, en un hemisferio sur donde apenas un par de naciones, Australia y Nueva Zelanda, han alcanzado el pleno desarrollo -y en el continente sudamericano ninguna-.

En eso estábamos cuando, intempestivamente, sobrevino el estallido social del 18 de octubre cual ataque por sorpresa aunque el movimiento estudiantil había dado señales que algo no estaba bien entre nosotrosDe pronto, lo que parecía un avance inexorable hacia el desarrollo se detuvo bruscamente al borde de un abismo que no estaba en los mapas del sistema político. El ominoso título de Aníbal Pinto “Chile: un caso de desarrollo frustrado” salió del olvido y volvió a la actualidad después de sesenta años, en momentos que el país se incendiaba de punta a cabo. Para colmo una peste como ninguna que haya conocido la era moderna, ha venido a poner la meta en esa insalvable lejanía que es propia del subdesarrollo. Para la generación que la divisó desde la distancia más próxima en toda nuestra historia, sentirla de nuevo fuera de nuestro alcance es, comprensiblemente, una frustración inconsolable.

¿Aspirará una nueva generación y su élite a reponerla como un objetivo nacional? ¿Ambicionará el sueño de convertirnos en un país desarrollado como lo hicieron sus predecesores? La respuesta no es obvia. Desde luego, implicaría poner al crecimiento económico en el centro de las políticas públicas en los años venideros, lo que no conversa bien con las ideas que vienen cuajando en la nueva élite que va asumiendo posiciones de liderazgo. No es que sólo se proponga la monumental tarea de reemplazar el modelo neoliberal lo que sea que eso significa por un estado de derechos sociales, sino que carece de la voluntad y la vocación política para renovar el impulso a la modernización capitalista que el país requiere con urgencia.

Resulta llamativo que no haya reparado, o no lo quiera hacer, en lo que resulta toda una obviedad: que la construcción de un estado de derechos demandará cuantiosísimos recursos para cuya disponibilidad no se podrá prescindir del crecimiento, mucho menos cuando la pandemia ha consumido buena parte de los ahorros que trabajosamente acumulamos en las últimas décadas. El riesgo político de emprender iniciativas de tal envergadura financiera en un contexto de una economía debilitada es demasiado elevado. Una cosa es segura: el tiempo que viene será una de los más demandantes en materia de crecimiento, cualesquiera que sean las obligaciones que imponga al Estado la nueva Constitución en materia de derechos sociales. Hará bien la nueva élite en tomar nota de las altísimas exigencias que en esta materia enfrentará el país en los próximos años y décadas. El destino que aguarda a los chilenos, sobre todo a los más pobres y a los grupos medios que buscan mejorar sus niveles de bienestar, dependerá casi por completo que estas sean salvadas con éxito. ¿Estarán los nuevos liderazgos disponibles para retomar la senda que conduce al desarrollo, un estrecho pasillo por el que ya pasaron unos pocas naciones mientras que la mayoría mira todavía desde lejos? Menuda tarea para quienes se aprestan a tomar las riendas de un país inquieto, impaciente y anhelante.

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