Es un hecho del todo inédito. A poco más de siete meses de la elección presidencial no sabemos aún quién tiene las mejores posibilidades de ser electo cómo el primer presidente que sucederá a la dupla -Michelle Bachelet y Sebastián Piñera- que ha gobernado el país durante 16 años. Considérese que en la trayectoria de vida de un joven de veinte años éste habrá visto solo a dos personas dirigiendo los destinos del país desde La Moneda. Por lo tanto, quien sea elegido al fin de este año para asumir la más alta magistratura en marzo de 2022 será toda una novedad para muchos, y quizás lo sea en otras dimensiones relevantes a las que será importante prestar atención.

¿Será un político experimentado o un joven debutando en estas lides? ¿Será un hombre o la segunda mujer en ocupar el sillón de O´Higgins? ¿Será el primer alcalde en elevarse al más alto cargo al que puede aspirar un chileno? Y la pregunta más acuciante: ¿Será alguien que continuará la saga de presidentes elegidos desde 1990, políticos destacados salidos de partidos tradicionales (dos de la DC, dos del PS y uno de RN), o un independiente con rasgos populistas? No queda mucho tiempo para el acto electoral del 21 de noviembre y, sin embargo, no lo sabemos aún.

A estas alturas, en las siete elecciones anteriores ya se conocían los dos nombres en carrera que tenían las mejores posibilidades de ser finalmente el elegido. También ya sabíamos que las candidaturas populistas no tenían posibilidades de prosperar. Pero en esta ocasión una sólida mayoría no tiene todavía una preferencia declarada. Como afirmaba Pedro Güell en una entrevista reciente, “las encuestas muestran que nadie está bien posicionado [y que] la sociedad no se siente interpretada por los liderazgos en vitrina”.

Lo que está en juego esta vez no es tanto la opción entre la continuidad de la centro-derecha o el regreso de la centro-izquierda, cómo la posibilidad de una candidatura abiertamente populista que, ahora sí, pudiera ser competitiva. Que no sea posible descartar del todo esa posibilidad es a no dudarlo la principal novedad de esta elección presidencial. Lo que sí se puede pronosticar con razonable certeza es que una candidatura populista, para hacerse competitiva, sólo podría hacerlo desde la izquierda del espectro político, donde el discurso en contra de la élite y de las instituciones que han dado forma al Chile de los últimos 30 años tiene fuerte arraigo. Es el único dato “duro” del que podemos estar seguros en medio de la inédita incertidumbre que rodea una elección presidencial que podría ser crucial para el devenir del país en los próximos años.

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