La nueva normalidad instalada en Dinamarca e Israel y el anuncio de Ursula von der Layen de que se concrete en la Unión Europea un pase verde para viajar libremente a otros países, comienza abrir una ventana de esperanza de que en algún momento nuestras vidas recuperen la añorada libertad.

El coronapass danés ha permitido que bares, restaurantes y museos abran sus puertas. Desde el 21 de abril, cafeterías, estadios deportivos y tatuadores atienden a quienes presenten un PCR negativo de máximo 72 horas de antigüedad, o la inmunización completa de la vacuna, mediante el certificado digital.

En Chile, con más de 7 millones de vacunados con ambas dosis, un grupo de diputados y diputadas ingresó a la Cámara un proyecto de resolución donde solicitan la implementación de un pasaporte verde digital que certifique a quienes han sido vacunados con las dos dosis. Proyecto que fue aprobado el pasado miércoles 5 de mayo por una amplia mayoría, desatando la polémica en twitter donde se volvió trending topic el hashtag #NoalPasaporteVerde por las opiniones a favor o en contra de esta “nueva imposición”.

El pasaporte Covid abre la gran oportunidad de modernizar al Estado digitalmente. Durante décadas nuestro SII ha liderado este proceso, ofreciendo trámites a una velocidad consistente y persistente. Hoy nadie requiere de un contador para una declaración de impuestos simple o visitar una oficina para iniciar actividades.

Utilizar la revisitada comisaría virtual como el punto de unión de otras interacciones que hoy ya se encuentran alojadas en esa plataforma, es la coyuntura que podría encausarse en un “Estado Virtual”, con participación de un comité rector, gobierno corporativo independiente y cuyo foco sea el ciudadano para lograr que sus tiempos de espera, la calidad del servicio y su privacidad se respeten.

Desde Comisaría Virtual se han realizado millones de trámites durante este año y medio de pandemia: permisos colectivos, salvoconductos para asistir a adultos mayores y autorizaciones de visitas a menores de edad. Incluye el código QR ya absolutamente institucionalizado (incluso en campañas políticas) como mecanismo de verificación por la fuerza policial. De estas crisis de la humanidad surgen coyunturas, en este caso hábitos generados, que son una gran oportunidad de transformar la interacción del Estado con los ciudadanos.

En la medida que las personas sientan que su información está resguardada, anonimizada y se usa para proveerle mejores prestaciones del Estado, ¿por qué no dar ese paso? Lo malo pasa por este “análisis parálisis” al cual nos sometemos permanentemente y del cual ya advertía Franklin D. Roosevelt en su toma de posesión en medio de la Gran Depresión: “A lo único que hay que temer es al miedo”.

La idea de tener una plataforma pública, central, que una el servicio A con el servicio B y luego con el servicio C, no es inventar la rueda, pero por algún motivo -incomprensible en mi opinión-, no queremos dar ese salto.

Este Gobierno y los próximos deberían dar pasos consolidados en estructurar una plataforma que se ha usado y ha mostrado gran adherencia, a pesar de su nula orientación al usuario (si hago un trámite semanal, es absurdo subir cada vez el Rut o el de mis hijos menores de edad y mi dirección). Hasta ahora la plataforma sólo permite mis desplazamientos. Pero que ocurriría si luego ¿es capaz de adelantar Cirugías Auge por disponibilidad de quirófanos, o informar a un ciudadano que tiene derecho a postular a un crédito?

El pasaporte Covid o verde debería ser la excusa para impulsar una gran transformación digital en el país. Excusa necesaria, imperiosa, pero que abre la puerta a un Estado más cercano y potencia la industria de este siglo, la de los datos y la optimización. Yo sí apuesto por el hashtag #SialPasaporteVerde.

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