“El historiador no es el que habla del pasado. Utiliza lo que sabe de él, para comprender lo que está sucediendo hoy”. La frase corresponde al historiador y cineasta francés recientemente fallecido Marc Ferro (1924-2021). Especialista en historia europea de comienzos del siglo XX y autor de varios libros, participó junto a otros célebres historiadores franceses en la revista Annales y enseñó en la prestigiosa École des hautes études en sciences sociales (EHESS) de París. Seguidor de la escuela historiográfica iniciada por Marc Bloch y Lucien Febvre, su tesis fue dirigida por Pierre Renouvin y fue discípulo de Fernand Braudel, quien –como señaló recientemente el historiador y presidente de EHESS Christophe Prochasson- lo puso en contacto con una “historia conflictiva, más abierta al mundo, más sensible a las dimensiones económicas y sociales” (Hommage à Marc Ferro, libre et fidéle, Liberation www.liberation.fr, 22 de abril 2021).

Autor de libros sobre la I Guerra Mundial, biógrafo del zar Nicolás II y del mariscal Pétain, escribió “El resentimiento en la historia”, dejando clara muestra no solo de su creatividad, sino de un espíritu libre, sin ataduras a las modas academicistas que atormentan el quehacer historiográfico.

Al ser un hombre de ideas conectado al debate público, su fallecimiento me hizo reflexionar sobre el papel de los académicos en las discusiones que nos afectan. Parafraseando a Febvre, ¿cuándo y cuánto han de salir de sus torres, para sumergirse en el mar embravecido? ¿Han de entrar en la plaza pública –no en el café de moda- para en ocasiones tener que confrontar la imaginación de políticos y hacedores de políticas públicas, que a esta altura más parecen magos de las “ciencias más oscuras”?

En el prólogo de su libro “Cómo se cuenta la historia a los niños del mundo entero”, Ferro afirma que “la imagen que tenemos de otros pueblos, y hasta la de nosotros mismos, está asociada a la Historia tal como se nos contó cuando éramos niños”, dejando “huella en nosotros para toda la existencia”.

Hoy, cuando las humanidades, y concretamente la historia, han sido arrinconadas y eliminadas de los planes de educación básica y media, ¿no será bueno transmitir y confrontar esas representaciones, pero “de cara” y “con” el gran público? Especialmente cuando comprobamos -¡oh sorpresa!- que la sociedad en general e incluso las empresas en particular cada vez demandan más las habilidades que nos desarrollan este tipo de conocimientos.

En los homenajes que se hicieron en memoria de Ferro hubo consenso en que pasó su vida contando, narrando, descifrando y divulgando el conocimiento histórico. Uno de sus caminos fue el cine, creación a la que –a pesar de la opinión purista de algunos- echó mano siendo de los primeros en valorar y usar las imágenes audiovisuales como información; incluso aceptó incluso el cine de ficción como fuente, pues lo consideró “una contrahistoria de la historia oficial”.

Los 96 años de vida de Ferro y sus trabajos, así como la aceleración histórica de la que hemos sido testigos tanto por el estallido social en Chile como por la pandemia, debieran hacernos mirar el quehacer académico con otros ojos. Ayudarnos a pensar en la necesidad de volver a escribir una historia más libre de ataduras academicistas publicadas en revistas indexadas que no sólo –por sus estructuras científicas- le quitan la pasión al relato histórico, sino que la alejan de ese público general. Algunos lo llamarán un intento de rebeldía ante el academicismo indexador preocupado de los factores impacto. Más bien interesa recordar a ese otro francés, Lucien Febvre, quien afirmó que para hacer verdadera historia, debía hacerse “no encerrados en las bibliotecas y con veinte especialistas, sino ante el público, (y) en público” (Combates por la historia, p. 124).

Tiempos como los actuales demandan una mayor presencia pública de sus intelectuales, no para gobernar ni mucho menos dictar las pautas que se deban seguir, sino simplemente para contribuir a entendernos. Un simple, pero importante paso para nuestra sociedad.

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