Como en cada año electoral, el verano -y este en especial- no es de descanso. No hay tiempo que perder, y tanto el gobierno como la derecha -es de suponer- no quieren repetir el fracaso del 2013, cuando Sebastián Piñera entregó la presidencia a la oposición. La historia no es un tribunal, pero si se registra que en las dos oportunidades fue incapaz de traspasar el mando a su coalición, agregará más factores críticos a los legados históricos de sus mandatos.

Para esta carrera presidencial 2021, la derecha tiene varios candidatos. ¿Quiere decir eso que tiene suficientes liderazgos que ofrecer a la ciudadanía? No está claro. Salvo algunas excepciones, que cuentan con capital propio y camino recorrido, rostros nuevos -al igual que como ocurre en todos los sectores- han sido elegidos entre cuatro paredes sin que ninguno de ellos logre aglutinar y, mucho menos, entusiasmar al “sector”. Afortunadamente la democracia cuenta con primarias que dan cierta legitimidad a la representatividad que dicen tener; aunque no por eso no deja de ser interesante estar en la papeleta de la primera vuelta y esperar el verdadero veredicto ciudadano, aunque el riesgo es alto.

La reciente irrupción en el “camino a La Moneda” de Ignacio Briones vino a confirmar un patrón histórico: a la derecha le gustan los ex ministros de Hacienda. Efectivamente, no es el primer “jefe de la billetera fiscal” que se muestra interesado o que “está disponible”. Desde 1938 han sido varios los que se han manifestado disponibles para competir: Gustavo Ross, ex ministro de Arturo Alessandri y conocido como el “mago de las finanzas”, fue derrotado por Pedro Aguirre Cerda; en 1958 Jorge Alessandri, ex ministro de Gabriel González Videla, asumió el liderazgo del sector hasta 1970; y en 1989, el ex ministro del gobierno militar, Hernán Büchi, se convirtió en “el hombre”.

A la derecha le gusta el perfil tecnócrata, economista, vinculado a las empresas, partidario del orden y con un discurso social. Los seis aspirantes actuales -Lavín, Matthei, Briones, Sichel, Desbordes y Kast- lo cumplen.

También se deja seducir por las “caras nuevas” y de fuera del sector, que más bien dan cuenta de las múltiples almas que conviven y que obligan a llegar a un acuerdo electoral. Y si tiene alguna cosa “cool” -como usar zapatos amarrillos, andar en moto u otro- mucho mejor… “muestra cercanía” y que es “distinto”.

Sin embargo, hasta la elección de 1993 primaba además un discurso apolítico e independiente. Joaquín Lavín acabó con ese “independentismo” que se traducía en una falta de militancia partidaria. Su candidatura en 1999 lo hizo con carnet de la UDI y todos lo apoyaron en lo que fue -quizás- la última concentración masiva de cierre de campaña que ha tenido la derecha. El discurso apolítico lo mantuvo como parte de un ethos pragmático de un sector que no es ideológico y que por años ha clamado que la díada “derecha/izquierda” está superada.

El historiador francés Jacques Le Goff decía: “La memoria, donde crece la historia, que a su vez alimenta, intenta preservar el pasado sólo para que le sea útil al presente y a los tiempos venideros”. En este 2021, ya se escribe un capítulo de lo que será, la historia del camino a La Moneda.

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